Monday, February 9, 2015

La cuesta más penosa

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Editorial Tal Cual
Fernando Rodriguez

uchos venezolanos han vivido estos 15 años del chavismo como los más insufribles de sus vidas, políticamente hablando. En principio los opositores por supuesto, algo así como la mitad de la población. No es fácil desmenuzar los componentes de ese estado de ánimo. Asco moral, miedo, desesperanza, impotencia... ver derrumbarse sin cese un país, ciertamente siempre lleno de carencias, pero que había logrado igualmente no pocos logros civilizatorios.

La bufa revolución los destruyó porque toda revolución destruye para reconstruir, pero ésta, como casi todas, no reconstruyó nada. Es más, alcanzó la hazaña insólita de no sólo desperdiciar nuestra mejor oportunidad histórica para alcanzar el desarrollo nacional, unos elevadísimos y muy prolongados precios del petróleo, sino que nos llevó a la crisis más devastadora de la Venezuela contemporánea. Y revivió o acentuó nuestras peores rémoras históricas: militarismo, corrupción sin límites, destrucción institucional, liderazgo ignorante, populismo miserabilista, chovinismo... 

Muchos, jóvenes sobre todo, los más preparados y competitivos, se fueron, millón y medio, a buscar sosiego, decencia cívica y futuro. Nos convertimos en un país de asesinos, casi sin par en el mundo. Frecuentamos las más horribles cifras macroeconómicas. 

Ganamos grandes méritos para convertirnos en país forajido. Vimos cercenados nuestras libertades y derechos. Humillaron la universidad, la cultura y la ciencia, la espiritualidad nacional. Deliraron ideológicamente y pusimos mucho real de nuestro peculio para esos desatinos patológicos que llegaron hasta ser planetarios. La locura y la decadencia colectiva en síntesis. 

Pero a pesar de todo la generosidad del maná petrolero permitió que mantuviéramos ciertos niveles de vida más o menos sustentables. Los ricos igualmente ricos, los pobres tristemente pobres. Nuestras angustias mayores, esencialmente, eran del alma o de la plaza pública. Pero, de un tiempo para acá también son del cuerpo. Se suman las unas a las otras. 

Y las del cuerpo saben poco del temple de ánimo, del psicoanálisis, del discurso que promete o de la oración ansiosa. El enfermo de cáncer se muere por falta de quimioterapia. La falta de proteína destruye la salud. 

El repuesto aniquila al cacharro que nos mueve. El sol calcina a los colistas que son como una nueva especie de ciudadanos, muy degradados. La inflación crece y crece y crece y puede acabar con nuestro último centavo. Puede que haya algún momento en que disminuyan o se acaben las colas porque ya no haya nada por lo que hacer cola. 

En esas andamos. En la hora en que nuestros miedos se hacen corpóreos. El sarpullido del carajito sin pañales. La vieja que se ahoga sin su medicina. El hambre como sombra larga, cada vez más larga. El default que se asoma y el bolívar hecho caca. 

Esta vaina que estalla, no sabemos cómo, pero estalla. 

Estamos necesitados ahora, no lo ocultemos, de la resistencia máxima. De la serenidad máxima. De los pies muy bien plantados en el macadam. De la ciega y a lo mejor insensata seguridad de que no los dejaremos arrebatarnos esta tierra y lo que sembramos varios siglos en esta tierra. El sol sale cada día, no hay que olvidarlo. 

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