Viajar con Zapata era un
privilegio. Pasar un día con él era como escuchar durante un año a un gran y
ameno profesor de cultura general. Me permitía ser testigo de sublimes e inteligentes
ironías, de un raciocinio maduro y cruel sin ser mortal.
Por su agudeza e ingenio, durante
los viajes que hicimos aprendí cosas que sólo él podía enseñar. Escuchar a
Zapata escapa a la normalidad, porque Zapata no era normal. Se le puede aplicar
una máxima que él inventó: “Todo humorista tiene una enfermedad mental que le
impide ver la realidad tal cual es”.
En esos viajes, nos dábamos
cuenta –viendo tantos desmanes y locuras por todas partes– que quizás Venezuela
es el único país del mundo donde la realidad está tan distorsionada que hay que
ponerla normal, para después convertirla en hecho humorístico.
Un día, en Maracaibo, se acercó
un señor con cara de sobrado e increpó a Pedro León.
—Maestro, ¿cuál es la diferencia
entre un cómico y un humorista?, porque usted de cómico no tiene nada. Usted es
humorista, ¿verdad?
—La diferencia es sencilla, mi
estimado –contestó Zapata– un humorista es un cómico que ha fracasado.
El preguntón quedó en una pieza
ya que esperaba que Zapata le diera una respuesta pedante, diciendo que un
humorista es un intelectual que nunca hace reír sino pensar o algo así. Luego,
con saña, remató:
—Amigo, yo conozco a muchos
autollamados humoristas que comenzaron echando chistes y cuando se dieron
cuenta de que nadie se reía, se metieron a “humoristas”, es decir, se
convirtieron en alguien que trata de analizar o explicar un chiste.
En otra ocasión nuestro amigo y
genio Otrova Gomas estuvo seriamente enfermo. Otrova estaba lleno de tubos y
mangueras en un hospital. No podía ni hablar. Hasta allí llegó su mejor amigo
Pedro León, quien con cariño le susurró:
—Ajaaá… con que agonizandito,
¿no?
La cara de Otrova dibujó una
pícara sonrisa de mentada de madre.
Otra: fuimos a Valera y nos
contaron de un señor que escribía poesías horripilantes. Había tenido un ACV
que lo mantenía hospitalizado. Zapata había leído los infames poemas e hizo un
comentario ácido:
—A este señor en lugar de un ACV
debió haberle dado un ABC.
La esposa del paciente esperaba a
Pedro León en el hospital para regalarle varios poemarios escritos por su
marido. Cuando la señora vio al maestro, rompió en llanto.
—Lo peor, señor Zapata, es que
con esta enfermedad a mi esposo se le olvidaron las poesías que escribe y
declama… ¡Esto es horrible!, ¿no le parece?
El malvado de Zapata volteó hacia
mí y en voz baja dijo:
—Yo creo que este es un gran día
para la poesía.
@claudionazoa
Vía El Nacional
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