EDILIO PEÑA| EL UNIVERSAL
martes 10 de septiembre de 2013 12:00 AM
Nuestro nombre prefigura el destino. Lo podemos saber cuando, con vigilante ensoñación, lo escribimos o lo oímos pronunciado por labios ajenos o propios, asevera la creencia oculta de magos e ilusionistas. Aunque no elegimos el nombre con que nacemos o después del primer grito, cuando nos asomamos al mundo. Lo eligen otros sin consultarnos. Es una de esas arbitrariedades arrogadas por padres y orfelinatos, en que niños abandonados esperan por un nombre. Pero, una vez que la cara de la conciencia despierta ante el espejo, podemos reconocer que el nombre impuesto, no nos pertenece, porque no logra nombrar lo que somos. Entonces, desesperadamente, queremos cambiarlo, consignando en una notaría, un nombre nuevo. Mas el estigma del nombre primero, habrá de perseguirnos por siempre. Contrario es reconocer en nuestro nombre, el primer orgullo narcisista. Manera temprana de escapar a burlas y sobrenombres que nos ofenden y degradan. Las culturas antiguas daban a sus hijos el nombre de algún dios, o vinculaban el nombre elegido a la ciudad donde habían nacido para establecer una responsabilidad existencial de éstos con aquella; quizá sea el primer sentido entrañable con que florecía el amor a la patria y la genuina pertenencia del ser, para evitar así los peligros del desamparo ontológico, sobre todo cuando la psiquis no soporta la vida. Zenón de Elea, el filósofo griego, es un ejemplo. Tradición asumida por cantantes italianos que por décadas, matrimoniaron su nombre a los de su ciudad natal. Nicola Di Bari, es emblema de ese legado que el romanticismo hizo suyo.
Pedro Parayma es más que un nombre anclado a puerto o ciudad alguna. Él mismo eligió nombrarse y dio compañía al otro nombre que le dieron sus padres. Con el primero ha cultivado la poesía; con el segundo, el derecho. En esos senderos que parecen separarse, proyecta su incandescencia creadora, anonimato que no busca la algarabía pública, sí el amor de su familia. A diferencia de otros poetas, le es indiferente que lo nombren o celebren. Consciente de que un verdadero escritor construye su obra en el silencio, con nombre propio. La ley, celosa de la lógica, otorga un conocimiento descarnado de la realidad. Lo sabía otro abogado y escritor llamado Franz Kafka, quien escribía con letra menuda e incisiva, como la de Pedro Parayma. En el territorio verbal de expedientes y sentencias, Pedro Parayma ha conocido en la luz asfixiada de los tribunales, el laberinto y el absurdo. Rígido entramado que reduce el lenguaje a instrumento afilado para la defensa o la condena, en un incesante proceso. Para liberar las palabras de esa prisión sistemática y agónica Pedro Parayma, con el arrojo de su primera adolescencia, sumergió su escritura en el universo del surrealismo, en el paganismo del inconsciente, en los que fueron artífices un psiquiatra y un psicoanalista, André Bretón y Sigmund Freud. En ese ludismo fascinante, que al principio del siglo veinte atentó contra la lógica de la conciencia y el poder absoluto, Parayma afilió sus sentidos y sensibilidad, a la certeza de que la historia del alma sigue el curso que la historia de los procesos políticos y sociales no puede secuestrar. Desde entonces, Pedro Parayma ha ido construyendo con secreta delectación, su poesía singular. Singular porque no se parece a ninguna otra. Es la poesía de una máscara que nos sorprende y abisma con su magia.
La propuesta de su poesía, es conducida por la voz de un narrador feraz, que poetiza excepcionales circunstancias de aquellos personajes que emergen a través del destello poético de la brevedad. Voz que se vuelve susurro en la confidencia de un baquiano. No es usual que en la elaboración del poema, el poeta apueste a representar la épica toda de un protagonista, más cuando ésta conforma su multiplicidad expresiva. Herencia fundacional de los poetas clásicos -como Homero-, que abordaron la esencia de los seres y su universo, desde la acción y los hechos, para hacerlos héroes y semidioses como Aquiles, o un hermoso caballo blanco como Patroclo. Los poemas de Pedro Parayma concentran la extensión narrativa de algunos instantes estelares de seres comunes, innombrados y fantasmas; pero también, de algún ángel caído en desgracia. Ambos son desmembrados para encontrar en las partes de su ser, la secreta sustancia de su trascendencia. Deconstrucción poética que sustrae del horror y lo macabro, lo mórbido y perverso. En la poesía de Pedro Parayma transita la existencia del hombre urbano y rural, moderno y posmoderno. El paisaje es su prolongación, como el páramo de los Andes, o el calor de Maracaibo.
La Dirección de Cultura de la Universidad de Los Andes, en sus ediciones Actual, ha publicado una antología poética de Pedro Parayma, para aquellos lectores advertidos y casuales, en la que encontrarán una poesía magnífica y esplendorosa.
Pedro Parayma es más que un nombre anclado a puerto o ciudad alguna. Él mismo eligió nombrarse y dio compañía al otro nombre que le dieron sus padres. Con el primero ha cultivado la poesía; con el segundo, el derecho. En esos senderos que parecen separarse, proyecta su incandescencia creadora, anonimato que no busca la algarabía pública, sí el amor de su familia. A diferencia de otros poetas, le es indiferente que lo nombren o celebren. Consciente de que un verdadero escritor construye su obra en el silencio, con nombre propio. La ley, celosa de la lógica, otorga un conocimiento descarnado de la realidad. Lo sabía otro abogado y escritor llamado Franz Kafka, quien escribía con letra menuda e incisiva, como la de Pedro Parayma. En el territorio verbal de expedientes y sentencias, Pedro Parayma ha conocido en la luz asfixiada de los tribunales, el laberinto y el absurdo. Rígido entramado que reduce el lenguaje a instrumento afilado para la defensa o la condena, en un incesante proceso. Para liberar las palabras de esa prisión sistemática y agónica Pedro Parayma, con el arrojo de su primera adolescencia, sumergió su escritura en el universo del surrealismo, en el paganismo del inconsciente, en los que fueron artífices un psiquiatra y un psicoanalista, André Bretón y Sigmund Freud. En ese ludismo fascinante, que al principio del siglo veinte atentó contra la lógica de la conciencia y el poder absoluto, Parayma afilió sus sentidos y sensibilidad, a la certeza de que la historia del alma sigue el curso que la historia de los procesos políticos y sociales no puede secuestrar. Desde entonces, Pedro Parayma ha ido construyendo con secreta delectación, su poesía singular. Singular porque no se parece a ninguna otra. Es la poesía de una máscara que nos sorprende y abisma con su magia.
La propuesta de su poesía, es conducida por la voz de un narrador feraz, que poetiza excepcionales circunstancias de aquellos personajes que emergen a través del destello poético de la brevedad. Voz que se vuelve susurro en la confidencia de un baquiano. No es usual que en la elaboración del poema, el poeta apueste a representar la épica toda de un protagonista, más cuando ésta conforma su multiplicidad expresiva. Herencia fundacional de los poetas clásicos -como Homero-, que abordaron la esencia de los seres y su universo, desde la acción y los hechos, para hacerlos héroes y semidioses como Aquiles, o un hermoso caballo blanco como Patroclo. Los poemas de Pedro Parayma concentran la extensión narrativa de algunos instantes estelares de seres comunes, innombrados y fantasmas; pero también, de algún ángel caído en desgracia. Ambos son desmembrados para encontrar en las partes de su ser, la secreta sustancia de su trascendencia. Deconstrucción poética que sustrae del horror y lo macabro, lo mórbido y perverso. En la poesía de Pedro Parayma transita la existencia del hombre urbano y rural, moderno y posmoderno. El paisaje es su prolongación, como el páramo de los Andes, o el calor de Maracaibo.
La Dirección de Cultura de la Universidad de Los Andes, en sus ediciones Actual, ha publicado una antología poética de Pedro Parayma, para aquellos lectores advertidos y casuales, en la que encontrarán una poesía magnífica y esplendorosa.
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