CARLOS A. ROMERO.| EL UNIVERSAL
domingo 18 de mayo de 2014 12:00 AM
Muy pocos venezolanos creen en el diálogo. A pesar de la necesidad de propiciar un acercamiento entre el Gobierno y la oposición, no hay buenas condiciones para llevarlo adelante.
¿Por qué la mayoría no quiere el diálogo? En primer lugar por la experiencia histórica. En el año 2003, se dio un proceso de negociación que si bien detuvo la inestabilidad del país por unos años, a la larga favoreció al presidente Chávez, quien de paso no respetó los acuerdos alcanzados.
En segundo lugar, por la polarización. La sociedad venezolana ha llegado a unos picos de antagonismo muy altos. El Gobierno cree que conserva la mayoría y la oposición se divide puertas adentro, entre quienes propugnan la vía electoral y los que aspiran a un cambio de régimen por cualquier vía.
En tercer término, el Gobierno no ha dado su brazo a torcer. A pesar de los llamados al diálogo y de una cierta apertura económica, el Gobierno y el PSUV siguen montados en la misma plataforma excluyente que los ha caracterizado, utilizando el diálogo para ganar tiempo. El oficialismo considera que las peticiones de la oposición son "maximalistas". Si ellas se aceptan, se perdería el margen de maniobra.
El Gobierno desea que la violencia callejera y la protesta mediática y virtual se reduzca al mínimo, pero a su vez no da señales de reducir la represión. El sector minoritario -al menos desde el punto de vista institucional- acepta el diálogo a sabiendas que los resultados consensuales están lejos de darse, pero necesita estar ahí para no terminar asfixiado.
En realidad, el país está paralizado y no se ven unos avances concretos. Estamos ante la presencia de un caso típico del "Dilema del Prisionero". Cualquier decisión tiene sus costos, pero una tiene un menor impacto que la otra. Cabe pensar que prevalecerá la racionalidad política y que el Gobierno y la oposición mantendrán la intención del diálogo, a pesar de los malos pronósticos y de todas las dificultades observadas.
¿Por qué la mayoría no quiere el diálogo? En primer lugar por la experiencia histórica. En el año 2003, se dio un proceso de negociación que si bien detuvo la inestabilidad del país por unos años, a la larga favoreció al presidente Chávez, quien de paso no respetó los acuerdos alcanzados.
En segundo lugar, por la polarización. La sociedad venezolana ha llegado a unos picos de antagonismo muy altos. El Gobierno cree que conserva la mayoría y la oposición se divide puertas adentro, entre quienes propugnan la vía electoral y los que aspiran a un cambio de régimen por cualquier vía.
En tercer término, el Gobierno no ha dado su brazo a torcer. A pesar de los llamados al diálogo y de una cierta apertura económica, el Gobierno y el PSUV siguen montados en la misma plataforma excluyente que los ha caracterizado, utilizando el diálogo para ganar tiempo. El oficialismo considera que las peticiones de la oposición son "maximalistas". Si ellas se aceptan, se perdería el margen de maniobra.
El Gobierno desea que la violencia callejera y la protesta mediática y virtual se reduzca al mínimo, pero a su vez no da señales de reducir la represión. El sector minoritario -al menos desde el punto de vista institucional- acepta el diálogo a sabiendas que los resultados consensuales están lejos de darse, pero necesita estar ahí para no terminar asfixiado.
En realidad, el país está paralizado y no se ven unos avances concretos. Estamos ante la presencia de un caso típico del "Dilema del Prisionero". Cualquier decisión tiene sus costos, pero una tiene un menor impacto que la otra. Cabe pensar que prevalecerá la racionalidad política y que el Gobierno y la oposición mantendrán la intención del diálogo, a pesar de los malos pronósticos y de todas las dificultades observadas.
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