Una información del sábado pasado en este mismo diario nos señala
que el alza de precios fue de 108% durante los 12 meses anteriores al 31 de
mayo de este año. No son cifras oficiales, porque estas han desaparecido, pero
se citan fuentes extraoficiales, una de ellas cercana al Banco Central.
El aumento cada vez mayor de los precios indica que hemos entrado
en una espiral inflacionaria. Esto es, un aumento sostenido y acelerado del
nivel general de precios. Como ilustra la noticia reseñada, al cierre del mes
de mayo la inflación anual fue en 2012 de 22,6%, en 2013 de 35,2%, en 2014 de
60,9%, según cifras oficiales. Ahora supera el 100%. Lo que significa que vamos
de mal en peor.
El problema de la espiral inflacionaria es que es muy difícil de
contener y puede conducir a situaciones calamitosas. Tanto por su efecto de
erosión del nivel de vida de los asalariados (la mayoría de la población) como
por su incidencia negativa en las posibilidades de recuperación de la economía.
El aumento de precios tiende a alimentarse a sí mismo. El mecanismo es muy
sencillo: para compensar parcialmente la pérdida del poder adquisitivo se
aumentan los salarios, lo que a su vez impulsa un mayor aumento de los precios
que induce un nuevo aumento de salarios, y así sucesivamente.
Si este mecanismo logra atenuarse mediante políticas económicas
adecuadas puede mantenerse la inflación dentro de ciertos límites, dañinos pero
no desastrosos. Se produce lo que se llama una inflación crónica, con la que es
posible convivir de la misma manera que un lisiado se las arregla con su
incapacidad. La inflación crónica suele ubicarse en el orden de 10% a 30%
anual, con vaivenes, y puede alargarse por períodos prolongados. Los mecanismos
de autoperpetuación del alza de precios mantienen una inercia, pero no se
aceleran. Se tiene lo que se llama una inflación inercial.
Pero cuando por la aplicación o continuación de políticas
equivocadas (o por acontecimientos externos, tales como una catástrofe natural)
se produce una aceleración continuada del alza de los precios tienden a
perderse todos los equilibrios económicos y puede desembocarse en la
hiperinflación, la cual Wikipedia define de la siguiente manera:
inflación muy elevada, fuera de control, en la que los precios aumentan
rápidamente al mismo tiempo que la moneda pierde su valor real y la población
tiene una evidente reducción en su patrimonio monetario.
Esa es la situación a la cual nos estamos acercando,
particularmente si el gobierno nacional persiste en no adoptar medidas
económicas de ajuste y en su creencia de que el alza de precios puede
aminorarse mediante controles administrativos y represión policial. Una amplia
experiencia internacional en la materia enseña que la fijación artificial de
precios, el mantenimiento de un valor irreal de la moneda, los racionamientos y
los captahuellas (racionamiento del siglo XXI) son inútiles para hacer frente a
una espiral inflacionaria.
Lamentablemente, hemos llegado a un extremo en el cual cualquier
medida económica para enfrentar tal situación será muy dolorosa. Tómese, por
ejemplo, el precio de la gasolina, que parece ser el único de los remedios que
el actual gobierno alcanza a comprender. Para acercarse a un nivel razonable
habría que aumentarlo de menos de un bolívar por litro a más de 200 bolívares fuertes
por litro. Lo que sería intolerable para la población. Por no hablar de la
devaluación de la moneda.
Lo anterior no significa que las autoridades económicas puedan
mantenerse en la parálisis y la retórica como lo han hecho hasta ahora. Porque
mientras tanto la espiral inflacionaria sigue corroyendo la economía y el nivel
de vida de los venezolanos, y nos conduce hacia abismos que ya han vivido otros
países y afortunadamente la falta de espacio me impide ejemplificar.
Vía El Nacional
Que pasa Margarita
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