Antonio Ledezma
5 Octubre, 2014
El ruido sobre un inminente armisticio para arriar las banderas es intenso. Me refiero a las negociaciones que adelantan los jefes de la revolución cubana para salir de ese modelo que, tal como lo demuestran los hechos, no es viable. Al respecto ha soltado datos el editor Rafael Poleo, quien sigue la pista de los procedimientos que se realizan en Europa.
Pero no se negocia solamente el destino cubano, también se coloca sobre la mesa de transacciones el “caso Venezuela”. O sea dos en uno. La suerte de Cuba arrastrará el destino de los actuales jerarcas encabezados por Maduro, lo cual no significa que estén jefeados por él. Fíjense que no hablo del destino de Venezuela, porque ese lo definiremos los venezolanos.
El espejismo de los hermanos Castro ha sobrevivido estos últimos años a expensas del petróleo venezolano. Eso es inocultable y por lo tanto imposible de negar. Es más, ha sido tal el descaro con que se llevan a cabo los pactos comerciales, triangulación de compra-venta de bombillos, medicinas, alimentos y otros productos, que esas operaciones son la comidilla en cualquier parte del mundo donde se pase revista a la manera como se desangran las finanzas de un país.
Pero resulta que la producción petrolera ha caído, ahora sacamos menos barriles, y que su costo de producción se ha incrementado y que los precios del crudo amenazan con seguir descendiendo, por lo tanto los números no cuadran para mantener ese escurridero. Además los que pagan reclaman que se les cumpla con el envío de lo suyo, caso específico de China que por adelantado ha aflojado un dineral que representan unos cuantos buques tanqueros diarios repletos de petróleo.
Los hechos son incontrovertibles, aquí y allá. Tanto en Venezuela como en Cuba la pobreza es la promesa. Insólito eso, ¿no? El panorama social y económico es lamentable, penoso. Las cuentas están reventando y eso se vive a diario. Por más que se empeñen en negar lo que pasa en la calle y en los hogares del país, la crisis es inmensa, se traga los bolívares que se ponen a circular y la desconfianza la insufla el propio régimen apelando, una vez más, a los expedientes de las expropiaciones, invasiones, mezclados con las demencias de las intimidaciones y represión a ciegas y selectivas al mismo tiempo.
Es quimérico pretender esconder, activando la maquinaria publicitaria del régimen, lo que la gente confirma por los cuatro costados de Venezuela: que lo que gana no le sirve para nada, porque ni consigue ni puede comprar lo que escasamente se encuentra en abastos, carnicerías, farmacias, ferreterías y fruterías.
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