En: http://www.lapatilla.com/site/2014/10/05/hector-e-schamis-podemos-en-america-latina/
Héctor E. Schamis
Podemos estuvo por América Latina. En Ecuador, Pablo Iglesias
participó en el Encuentro Latinoamericano Progresista, foro organizado
por el partido del gobierno, PAIS. No solo expuso sus ideas en el evento
y ante la prensa. También se explayó con elogios para la llamada
Revolución Ciudadana, enfatizando la “notable estabilidad política”
lograda por Rafael Correa. Más aun, Iglesias expresó su deseo de
aprender de los procesos de participación masiva que se ven en América
Latina hoy, admitiendo que Podemos tiene un estilo latinoamericano. Ello
sin importarle el mote de populista que ese estilo conlleva.
El evento fue una buena radiografía latinoamericana, con algunas
implicanciones para España y, consecuentemente, para Europa en general.
El “debate” fue tierra fértil para especulaciones posteriores—las
comillas porque no fue tal debate, todos estuvieron siempre de acuerdo.
Curiosamente, la discusión estuvo centrada en examinar las diferentes
“amenazas” que sufren los (mal llamados) progresistas de la región, por
parte de la prensa, el capital financiero y el neo golpismo de una
supuesta restauración conservadora. El componente conspirativo se ve
hasta en el título de los propios paneles, idea que invita a pensar en
la existencia de una estrategia concertada. Fernández de Kirchner, por
ejemplo, denunció casi simultáneamente haber sido amenazada por el
Estado Islámico primero y luego también por el gobierno de EEUU—“si me
pasa algo, miren al norte”, dijo sin pestañear.
Hay que destacar la fusión actual entre esta suerte de neo marxismo y
las antiguas tradiciones populistas vernáculas. Históricamente, el
marxismo latinoamericano despreciaba al populismo. Lo consideraba una
forma tardía y periférica de bonapartismo, y por consiguiente funcional a
los intereses de la burguesía. A partir de los años sesenta, algunas
versiones de la teoría de la dependencia, las más dogmáticas y
economicistas, superpusieron el análisis marxista a la narrativa
populista. Al plantear que el desarrollo económico nacional—premisa
fundamental del populismo—seria inalcanzable dentro del capitalismo, la
industrialización sustitutiva y el socialismo pasaron a operar como
caras de una misma moneda. La lucha por la liberación nacional implicaba
así una lucha por la sociedad sin clases. A la luz de esa
interpretación es que debe entenderse la extrema radicalización de la
región en esos años.
Aquel relato, desarticulado por la represión de las dictaduras de los
setenta y luego por las transiciones de los ochenta, es recreado hoy
por la ola bolivariana. El problema es que la ecuación queda sin
resolver por la dificultad de caracterizar adecuadamente al populismo
latinoamericano; un problema de especificidad histórica. El populismo
original del siglo XX fue una fuerza democratizadora, a veces a pesar de
sí mismo, que por medio de la expansión de derechos produjo ciudadanía.
Es cierto que no se interesaba demasiado por los derechos civiles y
constitucionales, que de todas maneras eran por demás frágiles, pero
expandió derechos políticos y sociales masivamente.
Los “populistas” del siglo XXI, en contraste, surgidos a posteriori
de la democratización de los ochenta y el movimiento de derechos
humanos, se encontraron con un constitucionalismo liberal mucho más
robusto. Al restringir esa esfera—y, por ejemplo, restringir los
derechos de los opositores, los jueces independientes y los periodistas
críticos—el llamado “populismo” de este siglo termina siendo
profundamente autoritario, produciendo una especie de restauración
estalinista. Si ello es así, tal vez convenga usar otro concepto.
La tensión intelectual en juego es el dilema del “mayoritarismo”. La
democracia es un sistema que requiere la formación de mayorías, pero que
opera sobre normas relativamente permanentes diseñadas para proteger a
las minorías. Es esencial al constitucionalismo liberal que las personas
tienen derechos fundamentales, y esos derechos están protegidos sólo si
el uso del poder público está restringido a priori, o sea, dividido y
limitado. Si el populismo original desconfiaba de estos principios, la
izquierda bolivariana los combate deliberadamente. Es aquí donde Podemos
entra en este esquema político e intelectual, de hecho, por
compartirlo. Para ambos, bolivarianos y Podemos, el estado liberal es
una argucia de los ricos, el capital financiero y la derecha. No es más
que una ideología a desenmascarar.
Intelectualmente, la recreación perpetua y la exaltación romántica
del momento plebiscitario original del populismo—siguiendo la noción de
democracia radical de Laclau—emparenta a Podemos con los bolivarianos.
También emparenta a ambos con Madison, pero en sentido negativo:
expresan aquella noción de tiranía de la mayoría que tanto lo
atormentaba. Con Laclau como umbral teórico básico, el hecho fundamental
de cualquier sistema político mínimamente complejo—que las mayorías son
por definición transitorias—permanece oculto. Ese dato solo se puede
descubrir con la constitución liberal en la mano, herramienta que
reserva derechos y garantías para proteger a las minorías, como quiera
que esas minorías se definan, étnicas, religiosas, lingüísticas, o
simplemente políticas.
Más aun, en nuestras sociedades crecientemente heterogéneas y
diversas en lo económico, normativo y cultural, también es minoría un
grupo que, independientemente de su número, sea perjudicado por una
asignación desigual de recursos materiales—por ejemplo, los pobres o la
fuerza laboral femenina—o por una distribución asimétrica del
reconocimiento social—por ejemplo, los homosexuales y los
discapacitados. Sin liberalismo, esas identidades se disuelven en un
supuesto todo mayoritario, y los derechos de esos grupos terminan
inevitablemente sin reconocimiento. Con Laclau como dogma, Milosevic
podría haber hecho exactamente lo que hizo, la expresión de la pura
voluntad de la mayoría en un excelso ritual plebiscitario.
No deja de ser irónico que un politólogo español devenido en político
llegue a América Latina para legitimar el propio vocablo “populismo” y,
más aun, para sugerir que adoptará algunos de esos rasgos. Habrá que
ver que hace con el término una vez de regreso por Europa, donde ser
populista quiere decir ser bastante xenófobo, racista y algo nostálgico
del fascismo. Y de regreso también, que dirá Podemos cuando los
periodistas—libres e independientes—le pregunten por los arrestos de
opositores, la perpetuación en el poder y la persecución de periodistas
críticos, entre otros hábitos de sus nuevos aliados internacionales.
O tal vez la etiqueta de populismo le convenga a Podemos para navegar
las turbulentas aguas de la política de hoy, marcada por una derecha
cada vez más xenófoba y anti-europea, y una sociedad cada vez más
insatisfecha en un contexto de deterioro de los partidos políticos como
agentes de representación, especialmente los partidos de izquierda.
Podemos convertido en partido “atrapa todo” es una posibilidad que no se
puede descartar a priori. Sería un saco con perros y gatos igualmente
desdichados, pero a rio revuelto, para seguir con la metáfora zoológica,
Podemos podría ser el pescador beneficiado.
No sería la primera vez que el anti-liberalismo se cruza de calle—de
derecha a izquierda o de izquierda a derecha, de ida y de vuelta—sin
siquiera ruborizarse. La palabra podemos es la conjugación de la primera
persona del plural del verbo poder.
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