Si a encuestas, foros, análisis y comentarios nos atenemos, el
país es un desastre en ámbitos muy diferentes. Casi cualquier arista de la vida
nacional luce maltrecha. Es así hasta el punto en que las deficiencias, muchas
veces muy graves, de, digamos hace veinte años, se han desdibujado de la
memoria para reaparecer en el recuerdo como casi inexistentes. Pero ¿qué
importa el recuerdo de lo que el país fue cuando la situación actual es
apreciada por gran parte de la población como intolerable por su inmensa
distancia de lo deseable? La nación se ha convertido en un gran pichaque de
conflictos, insultos, intolerancia, amenazas, arbitrariedades, abusos,
mentiras, incompetencia, inflación, escasez, injusticia y crímenes.
En tan grande y diversa cantidad de males no es de extrañar que emerjan
dos reacciones extremas: la de perderse en la vastedad del enredo o la de
tratar de atender una sola de sus aristas. La primera reacción conduce a una
lista inmensa de problemas por atender, lista en la cual todo parece importante
y tal vez lo es. La segunda, centra la atención en un solo aspecto del cual se
esperan los mayores resultados.
Es bueno aprender la lección de este y otros países. Es bien sabido que
las prioridades son clave porque cuando se trata de atender todos los problemas
no se atiende ninguno. Es más, la escasez de recursos que sufrimos y que
empeorará exige decidir con seriedad aquello muy importante que debe ser
atendido tan pronto como sea posible y bien. Lo cual implica decidir qué es
aquello muy importante que, con mucho dolor, deberá ser postergado porque hay
cosas más importantes aún y los recursos no alcanzan.
Al buscar una sola solución la preferencia tiende a ser con frecuencia
una fórmula económica, preferiblemente una que “ajuste” algunas variables muy
concretas –tasa de cambio, por ejemplo– y esperar el efecto mágico en el resto
de la economía. ¿Quién puede negar la importancia de lo económico? Nadie, sería
una insensatez. El peligro, sin embargo, es hacerse la ilusión de que el
problema económico se refiere nada más a lo económico, cuando, en realidad, la
economía requiere para su buen funcionamiento que operen factores de índole política
o social que los economistas no pueden manipular. Mencionemos dos: la confianza
en un futuro en el cual se respeten las reglas, y la existencia de un sistema
de justicia confiable para gran parte de la población, no solo para los
poderosos o los ricos.
Por lo señalado, son insoslayables dos preguntas: ¿puede el régimen
hacer un ejercicio serio de formulación de prioridades en función de las
necesidades del país, o más bien se le hace inevitable establecerlas ante todo
en función de su supervivencia política? ¿Tiene el régimen la disposición de
respetar las reglas del intercambio económico para crear estabilidad y de
asegurar el buen funcionamiento del sistema judicial libre de influencias
indeseables de quienes detentan el poder?
No existen señales de ningún tipo que permitan responder positivamente
esas preguntas. La interferencia en las actividades empresariales continúan al
igual que las amenazas, emitidas desde el más alto nivel de gobierno; de igual
modo, la manera como está planteada la selección de nuevos magistrados para el
Tribunal Supremo no es en absoluto esperanzador.
La
complejidad del problema del país es tal que cualquier persona sensata sabe que
se requiere la mayor seriedad de un gobierno para enfrentarla con una amplia
convocatoria a los sectores más diversos del talento y la buena voluntad, en
muy distintos ámbitos. Por ser así, es también insoslayable la pregunta: ¿es
posible atender eficazmente la enredada crisis del país con el equipo de
gobierno actual? Ya muchos venezolanos han respondido que no. Lo cual añade una
complicación aún mayor.
Vía El Nacional
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