Fernando Mires
Problema de las ciencias sociales es que
para no pocos de sus exponentes lo científico es todo aquello que
carece de representación personal. Así no es raro leer que “lo social” o
“lo político” sigue el curso de leyes objetivas. Los seres actuantes
brillan por su ausencia. El cientismo social, sobre todo en sus formas
positivistas y marxistas, ha terminado por arrasar con cualquiera escena
en donde los actores emerjan como gestores de su propia trama. Por lo
general siguen un libreto acordado por alguna “ciencia”.
La llamada sociedad ha sido transformada
por los científicos sociales en una “cosa” que se explica por su propia
naturaleza. Incluso muchos piensan que para modificar una realidad
social basta simplemente con cambiar de modelo (económico, social). Como
si la sociedad fuera una zapatería. Bastaría solo calzar el modelo más
adecuado.
A guisa de ejemplo, si nos tomamos el
trabajo de analizar algunos de los cientos de libros y artículos
escritos sobre populismo (podría ser fascismo, comunismo o cualquier
ismo) encontraremos múltiples tipologías y, por supuesto, modelos. Rara
vez el fenómeno es analizado a partir de la persona populista. Pero si
partimos de una premisa elemental, la de que no ha habido nunca un
movimiento populista sin caudillo populista, dicha omisión no puede ser
más absurda. Sin caudillo populista no hay, efectivamente, populismo. El populismo es en primera y última instancia, caudillismo.
Para precisar: Cuando escribo caudillo
no estoy hablando de un simple dirigente. El caudillo es un personaje
épico, es decir, un ser rodeado de una leyenda con profundas raíces
hundidas en la imaginación popular.
No se trata de alguien carismático en
sentido weberiano, esto es, de alguien dotado de poderes que provienen
de una remota tradición. Basta solo que su épica sea reconocida por la
historia oficial de una nación. ¿Ejemplos?: Lenin, 1917, regresando a
Rusia desde Alemania en un tren blindado; Mao, 1935, encabezando una
“larga marcha” de campesinos; Fidel Castro, 1956, desembarcando del
Granma con sus apóstoles mal armados; Lula, 1975, el sindicalista
organizando al proletariado automotriz de Sao Paulo; Walesa, 1980, el
electricista saltando las alambradas de los astilleros de Gdansk. Esos
son personajes épicos. La épica ha sido en no pocas ocasiones la base de
la política caudillista.
La política, sobre todo la fundacional,
no puede prescindir de momentos populistas y el populismo no puede
prescindir del caudillismo épico. Así nos explicamos por qué el
populismo matriz de la historia latinoamericana, el peronismo, surgió de
la épica de un matrimonio feliz. A un lado Juan Domingo, el oficial
encarcelado en la isla Martín García por militares oligarcas (1945) y
después liberado gracias al pueblo redentor reunido en la Plaza de Mayo.
Al otro, Evita, la linda copitenera que desde el gobierno se transformó
en la “virgen de los pobres”.
El ejemplo peronista ha sido emulado por
los populistas del siglo XXl. Evo, si se hubiera presentado como lo que
era, un simple dirigente cocalero, no habría ganado jamás una elección.
Pero al hacerlo en representación de la indianidad boliviana se
transformó en un político invencible. Daniel Ortega, uno de los
gobernantes más corruptos del continente, vive todavía de la renta de su
pasado guerrillero. Hugo Chávez también construyó con talento su épica.
El sangriento intento de golpe de 1992 con el cual inició su
vertiginosa carrera es celebrado por sus huestes como el inicio de la
gesta que pondría punto final a la Cuarta República.
A la inversa, el mismo ejemplo
venezolano muestra con claridad el destino de la épica cuando esta es
montada sobre la base de un personaje carente de épica. Me refiero al
caso del gobernante Nicolás Maduro, a diferencias de Chávez, un
anti-épico radical.
Maduro no ha logrado construir una
épica. En términos de Maquiavelo, su presidencia es hija de la fortuna y
no de la virtud. Nunca ha librado una batalla, jamás ha realizado un
gesto heroico. Incluso su intento de aparecer como el “primer presidente
obrero” fracasó, entre otras cosas porque jamás dirigió -quizás nunca
participó- en una huelga. Fue un subalterno, un hombre de partido, un
segundón. Un caudillo no lo fue ni lo será. Problema grave para el
chavismo. Pues si el populismo solo puede funcionar gracias a la
existencia de un caudillo épico, el destino del chavismo bajo Maduro
será fatal.
En un leve lapso, el de Maduro, el
chavismo ha sufrido una profunda mutación. Ya no es un movimiento social
y el gobierno populista ha pasado a ser un gobierno militar pretoriano,
uno más de los tantos que han arruinado la democracia en América
Latina.
La gesta épica, por el contrario, la
están construyendo líderes de la oposición. Leopoldo López y su mujer,
Lilian Tintori, son reconocidos en el exterior como combatientes por la
libertad. María Corina Machado, enfrentando a viles represores, ha
llegado a ser una notable y bella figura épica. Y Henrique Capriles,
quien ha realizado campañas electorales épicas, hoy solidariza con los
pobres en una actividad febril hecha desde la “Venezuela profunda”, una
que desde la Plaza Altamira no se puede ver.
Por supuesto, la épica no basta para la
gestación de un gran movimiento social. Perón o Chávez tuvieron éxito
porque conectaron su épica personal con las demandas de los más pobres
dándoles a ellos un sentido simbólico de poder. Eso quiere decir: la
épica de los líderes de la oposición venezolana solo tendrá éxito si
logran el apoyo de gran parte de ese pueblo que ayer siguió a Chávez y
luego enfilan todos unidos hacia la próxima batalla: la conquista de la
Asamblea Nacional. Si eso no ocurre, esos líderes serán personas heroicas, pero no históricas.
La diferencia no es leve: la historia
oficial de todos los países está plagada de héroes derrotados. En la
historia política, en cambio, la heroicidad por si sola no cuenta. No
todos los héroes hacen historia.
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