La frase
que sirve de título a este artículo es recurrente en distintos ámbitos del país
desde hace más de diez años. Sin embargo, hoy en día la seguimos escuchando
incluso con más fuerza. Entonces algo es obvio: ese “esto” testarudo siempre ha
aguantado un día más.
Las
mediciones indican que la mayoría de la población evalúa de manera negativa el
trabajo de la actual administración. Los estudios también indican que la
mayoría de las personas desean que esta administración sea sustituida por otra.
Entonces: ¿por qué aquella frase con aspiraciones premonitorias no se ha
cumplido?
Por un
lado tenemos que los venezolanos piensan -de manera abrumadora- que ese cambio
que desean debe darse de una forma pacífica y constitucional. Es decir,
aquellos que procuran el cambio a pescozones y manotazos son minoría, y
difícilmente encontrarán el apoyo necesario para avanzar por esos caminos.
Por otro
lado, la idea de una inminente explosión social se aviva en la mente de algunos
ante el recuerdo de lo ocurrido en 1989. La cuestión es que las condiciones
presentes en aquel momento difieren de las actuales. Para entonces, el
combustible que provocó el estallido tenía como ingrediente principal la sensación
generalizada de desesperanza y desencanto creada por la altísima expectativa
que la elección de Pérez había generado. Por un lado no había circo -el
expresidente Pérez concentró esfuerzos en el tema económico, sin poner en
marcha dispositivos que distrajeran a las clases populares y generaran calma
manteniendo en alto sus expectativas y esperanzas- y además se percibía
que el pan no sería el prometido.
En
contraste, el actual gobierno en su accionar populista ha repartido esperanzas
y montado circos de manera eficiente. Al mismo tiempo, en el plano económico ha
concentrado esfuerzos en “correr la arruga”, dosificando -en tiempo y forma-
todo lo relacionado con la implementación de medidas que puedan generar impacto
en la sensación de bienestar de la clase popular. La premisa es “no ahorcar”,
al menos “por ahora”; ya mañana se verá. Así, el oficialismo ha evitado que
aquella masa popular que ya no lo mira de buena gana se enfurezca, saliéndose
de sus cabales y uniéndose a los ya muy molestos opositores.
En el
plano electoral, “esto” también ha aguantado un día más: la oposición no ha
logrado consolidar una mayoría contundente que acuda a votar por su causa.
Incluso en los actuales momentos, cuando la mayoría de la población se
encuentra molesta con la actual administración, a la oposición le costaría
concentrar una cantidad de votos que contrarreste cualquier ventajismo oficial.
El motivo, en principio, es obvio: entre aquellos que en los últimos años han
abandonado las filas oficialistas (conscientes o no de ello) y que hoy pueden
considerarse “neutrales”, abunda el sentimiento de que la oposición política
está lejos del ideal al que ellos aspiran. Más aun, muchos de ellos, al verse
presionados en tomar una decisión, terminarían actuando -muy a su pesar, vale
decir- siguiendo la premisa de que “más vale malo conocido que bueno por
conocer”.
Entonces,
ese “no aguanta un día más” realmente puede aguantar muchos otros. La oposición
logrará una mayoría sólida cuando deje de concentrar su mensaje en aquellos opositores
“convencidos” y lo redireccione a la masa descontenta, es decir, a esa masa que
debe sumar. Para ello la oposición debe dejar de ser “más de lo mismo”, más de
eso de lo que esa masa está cansada. Los desencantados necesitan ver en sus
políticos actitudes constructivas con sello sincero. A ellos los ahuyenta la
pelea por pelear, les ahuyenta percibir que una crítica tiene el único objetivo
de atacar lo que otro dijo, simplemente porque lo dijo otro. Ellos levantan un
muro donde escuchan quejas sin ofrecer soluciones. Hace tiempo que estas
personas añoran encontrar en los políticos actitudes en las que no perciban
agendas ocultas, actitudes detrás de las que solo identifiquen un eje
motivador: la procura del bien colectivo sobre el interés personal.
Esto
obliga el acercamiento al electorado sin hacerle sentir que él solo representa
una pieza a conquistar. Obliga a coquetear de manera sincera con lo que ese
electorado interpreta como positivo en la “revolución”, manteniendo la
distancia necesaria que las diferencias de criterios marcan de manera natural.
Las cosas
en materia económica se recrudecen a un ritmo acelerado. Esto agudiza el
deslave en las filas oficialistas y aumenta las oportunidades de la oposición.
¿Las aprovecharán?
@felixseijasr
Vía El Nacional
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