Los ciudadanos observadores
"Me dan miedo estas reformas rápidas, globales, fundacionales, que se proponen con tanta alegría".
Jorge Edwards
La Segunda
El Mercurio
Diciembre 7, 2015
http://opinion.lasegunda.com/redaccion/2015/12/los-ciudadanos-observadores/
Me pregunto cuáles serán las funciones de este curioso Consejo Ciudadano de Observadores del proceso constituyente. ¿Observar, hacer observaciones, aconsejar, proponer? En el Chile del pasado, estos consejos se formaban y al poco tiempo sólo asistían a las reuniones dos o tres de sus miembros, o un miembro y un secretario. Así se redactó la Constitución de 1833. A las sesiones de la comisión redactora del Código Civil, para citar otro ejemplo, asistía siempre Andrés Bello y a veces, durante su decenio, el Presidente Manuel Montt. Ahora se sabe que Montt seguía el ejemplo de Napoleón Bonaparte, que se presentaba con relativa frecuencia a las reuniones de redacción del código francés.
Salta a la vista que en este consejo no figura un Andrés Bello, ni un Manuel Montt, ni un Napoleón Bonaparte. Por otro lado, me sorprende que no haya un hombre de letras (Patricio Fernández fue nombrado como director de The Clinic), un gran artista, un pintor, un músico, un arquitecto. ¿Y el Instituto de Chile, y la Academia Chilena de la Lengua? Si la Presidenta Bachelet se hubiera propuesto consagrar la decadencia de nuestra cultura, no habría podido hacerlo mejor. El abogado Arturo Fermandois sostiene que se comienza con una conclusión anticipada, la de que Chile necesita una Constitución nueva. Los países que tienen estados de derecho serios suelen ser los que han tenido menos constituciones a lo largo de su historia. El problema de la nuestra actual es que se hizo en dictadura, con una votación plebiscitaria que no tuvo suficientes garantías. Voté en ese plebiscito en compañía de mi amigo el historiador Leopoldo Castedo, en contra del proyecto oficial, y nos quedamos más tarde al recuento de los votos. Es posible que el Chile de esos días votara a favor, así como era claro que votaría en contra en el plebiscito de 1988. La Constitución de 1980 se sometió a diversas modificaciones bajo los gobiernos de la Concertación. Uno se podría preguntar, entonces, si estas reformas le dieron una especie de legitimidad retrospectiva al texto original. Queda pendiente, en cualquier caso, un complicado aspecto simbólico: que la Constitución que nos rige ahora sea, en términos populares, la "Constitución de Pinochet", pese a todas sus modificaciones.
El problema que se plantea hoy, para observadores y constituyentes de todos los pelajes, es el de hacer un proyecto constitucional francamente mejor, más eficiente, reflejo de una cultura y una democracia más modernas y completas. Y esto no se puede hacer con prisa, con ansiedad, buscando efectos políticos de corto plazo. Es probable que el gobierno actual no tenga tiempo para completar esta delicada tarea. De lo contrario, la prisa conspiraría contra los resultados, como podría ocurrir en otras de las grandes reformas que se plantean.
La Constitución de 1833 instaló un invento extraordinario en la vida política hispanoamericana: el sistema de los quinquenios y los decenios, que permitía la reelección por una sola vez y que impedía la perpetuación en el poder y la dictadura. El sistema funcionó hasta finales del siglo XIX y sirvió para definir lo que algunos pensadores argentinos, Alberdi entre ellos, llamaron la diferencia o la excepción chilena. Creo que la Constitución de 1925 introdujo temas nuevos, como la descentralización y la función social de la propiedad. No sé si fueron tan importantes como para justificar una Constitución nueva. La de ahora tendría que justificarse a fondo, proteger los derechos de las mayorías y los de las minorías (como todo texto constitucional serio), y volver a colocar a Chile como modelo de estado de derecho en el mundo contemporáneo. Si no se propone objetivos ambiciosos, es mejor seguir maquillando un poco lo que ya tenemos.
El Consejo Ciudadano que se nos presenta con algo de pompa tiene un lado más o menos cómico, estrafalario, de un provincianismo ululante. Habría que celebrar, en cualquier caso, que los consejeros convocados al Salón Montt-Varas de La Moneda hayan tenido el gesto formal de ponerse corbata. Hacer una Constitución nueva no es ninguna broma. Habría que examinar, por ejemplo, el tema de los períodos presidenciales de sólo cuatro años y sin reelección inmediata. O el de las nuevas tecnologías en relación con la libertad de expresión y la protección de la privacidad. Son asuntos complejos, de una vigencia extraordinaria. A lo mejor, habría que reponer el mecanismo de la aprobación parlamentaria de los embajadores. Y estudiar maneras de poner límites a nuestra absurda y proliferante burocracia. Por ejemplo, firmo un contrato de edición y autorizo al editor a publicar una obra mía. Pues bien, un funcionario de la Dibam exige que presente un certificado que autoriza al editor. Y como lo debo mandar desde Madrid, la edición del libro se retrasa en una semana. Es decir, Chile, con pocos libros, con niveles paupérrimos de lectura, pone más trabas a la edición que Francia, España, México. Somos ingenuos, absurdos, aficionados al papeleo.
A mí, para decirlo con franqueza, y quizá por motivos generacionales, me dan miedo estas reformas rápidas, globales, fundacionales, que se proponen con tanta alegría en Chile. En algún sentido avanzamos; en otro, perdemos nuestra antigua sabiduría y retrocedemos. Seamos más razonables, más prudentes. No propongamos instituciones innecesarias; no exijamos documentos inútiles.
Jorge Edwards Valdés (Santiago de Chile, 1931). Abogado y Pedagogo (U de Chile). Postgrado en Ciencias Políticas (U. de Princeton). Diplomático de carrera ente 1957 y 1973, ocupa diferentes puestos: primer secretario en París (1962-1967), consejero en Lima (1970), encargado de Negocios en La Habana (1970-1971), donde fue declarado persona non grata, por sus discrepancias con el autoritarismo de Castro.
De allí su obra Persona non grata (1973). Ministro consejero en París (1971-1973). Tras el golpe de estado de Chile, en 1973 sale del Servicio Exterior y se marcha a Barcelona, donde trabaja como Director Editorial de Difusora Internacional y colabora como asesor en la Editorial Seix Barral. Funda, y posteriormente preside, el Comité de Defensa de la Libertad de Expresión, formado por escritores y periodistas. Entre 1994 y 1997 es embajador ante la Unesco en París, siendo miembro del Consejo Ejecutivo de la Unesco y Presidente del Comité de Convenciones y Recomendaciones (1995-1997), que se ocupa de los derechos humanos. Como escritor es autor de numerosas novelas, cuentos y ensayos. Destacan, entre otras obras, El peso de la noche, La mujer imaginaria, El origen del mundo, Gente de la ciudad, Las máscaras, Adios, poeta... Algunos de sus libros han sido traducidos a diversos idiomas. Colabora en diversos diarios europeos y latinoamericanos, como Le Monde, El País, Corriere della Sera, La Nación o Clarín, de Buenos Aires. Es miembro del consejo de redacción de las revistas Vuelta y Letras Libres de México y ha dictado cursos sobre temas latinoamericanos en diversas universidades norteamericanas (Chicago, Georgetown) y europeas (Universidad Complutense de Madrid, Universidad Pompeu Fabra de Barcelona). Desde 2012 hasta marzo de 2014 fue Embajador de Chile en Francia y en la UNESCO.
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