Veinticuatro
meses después, en medio de una crisis sin precedentes, el propio
chavismo discute la salida de Maduro y Leopoldo López paga una condena
de 14 años, después de pasar por uno de los juicios más delirantes y
perversos que conozca la historia del país.
La
sentencia tiene casi 300 páginas y su argumento principal es el
lenguaje. López fue sancionado por su uso del “arte de la palabra”. Es
una condena basada en la interpretación de los signos como poderes
fácticos. López está legalmente preso gracias a un ejercicio particular
de lectura. Así, el Gobierno se convierte en traductor oficial de
cualquier narrativa. Más allá de lo que digan los otros, el poder
decreta qué quisieron decir realmente. Para el sistema de justicia
venezolano, el discurso político de la oposición es un crimen. López es
semiológicamente culpable.
Esta
semana, la Asamblea con mayoría opositora aprobó una Ley de Amnistía y
de Reconciliación Nacional. La propuesta supone que muchos detenidos
—entre ellos López— recuperen su libertad. En medio del debate, Diosdado
Cabello reiteró la versión del oficialismo: “Aquí no va a haber ni ley
de amnesia, ni amnistía, aquí lo que habrá es patria. Esa ley no va a
ser ejecutada, no va a haber libertad para los asesinos”. Sigue el mismo
guión que mediáticamente insiste en culpar a la oposición de todas las
muertes. Las investigaciones, sin embargo, no arrojan ese mismo
resultado. La mayoría de los 42 homicidios, ocurridos en el contexto de
las manifestaciones, continúan sin resolverse.
Dos
años después, el país es otro. La polarización está siendo devorada por
la crisis económica. Y la política más eficaz de Maduro parece haber
sido la represión.
Porque
Leopoldo López no es el único. Su caso es el más visible. Tiene además
una musculatura internacional sorprendente. Su esposa aparece en La
Moncloa con Rajoy o en el acto de juramentación de Mauricio Macri.
Organizaciones mundiales y congresos de otros países abogan a su favor.
Pero junto a él hay muchos venezolanos detenidos y sometidos a procesos
judiciales viciados. Hay todo un país agazapado, con temor. El Gobierno
aprovechó las manifestaciones del 2014 para ejercer la represión,
reforzar la autoridad militar y legitimar distintas formas de violencia
oficial. El triunfo electoral de la oposición, en diciembre pasado,
lleva al límite este enfrentamiento entre la experiencia civil y el
modelo militar.
Mientras
el país espera que Maduro anuncie finalmente algunas medidas económicas
contra la crisis, el pasado 11 de febrero, a través de un decreto
presidencial, se creó una “empresa militar” para actuar “sin limitación
alguna” en cualquier actividad lícita relacionada con el petróleo, el
gas y la minería. Todo es parte de lo mismo. Maduro solo ha sido una
fachada civil para consolidar al poder militar. Se trata de la
culminación del proyecto que inició Chávez: la refundación de
caudillismo, la reinvención del autoritarismo latinoamericano.
* Alberto Barrera Tyszka es escritor venezolano, ganador del Premio Tusquets 2015.
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