Gustavo Coronel
Para escribir esta nota me he apoyado en la obra de Joanne Ciulla: “Ethics, the Heart of Leadership”, 2004
Una
cosa es el liderazgo y otra cosa es el ejercicio del poder político.
Nicolás Maduro ejerce el poder político pero carece de liderazgo. Luis
Ugalde es un líder pero carece de poder político. Más aún, un
gobernante puede cambiar la fisonomía de una nación pero no sería un
líder a menos que cambie esa fisonomía para el bien de la Nación, no
para su deterioro.
Un
gobernante puede ser eficiente en la consecución de sus objetivos. Pero
si esos objetivos son de engrandecimiento personal, de satisfacción
de deseos de poder eterno, ese gobernante no es un líder sino, a lo
sumo, un buen operador político. Esa es la historia del difunto, a quien
sus herederos políticos llaman el Comandante Eterno, tratando de vivir
políticamente llevando su ataúd a cuestas. Hugo
Chávez fue un mandatario que ejerció el poder con eficiencia para
lograr sus fines pero esos fines estaban lejos de ser los que necesitaba
su país. Por ello, dejó al país en la ruina. Fue un operador político
eficaz, no un líder en el verdadero sentido moral
de la palabra.
James
McGregor Burns, a quien hemos citado en el pasado, decía que un líder
debe actuar en todo momento en un plano de valores de mayor nivel
que sus seguidores, a fin de elevar la calidad de la conciencia
colectiva. Un líder que trate de liderar en base a consensos, arreglos y
negociaciones, tratando de lograr beneficios personales a costa de sus
seguidores, ese no es un verdadero líder.
Por
ello McGregor Burns ha desarrollado la teoría del verdadero liderazgo
como un liderazgo transformador. Este tipo de líder no diluye sus
valores y sus principios para complacer a la galería sino, de ser
necesario, promueve el conflicto a fin de elevar la conciencia
ciudadana. En Venezuela han surgido en el siglo XXI dos ejemplos de ese
tipo de liderazgo: María Corina Machado y Leopoldo López,
ambos dispuestos a transitar el camino más largo en aras de sus
principios.
Ese
liderazgo transformador requiere de dos ingredientes esenciales: uno es
el uso moral del poder y el otro es la congruencia entre la vida
pública y la vida privada. El operador político ordinario generalmente
exhibe un desdoblamiento entre su vida privada y su vida pública. Chávez
fue un líder que careció de esos dos ingredientes. Su ejercicio del
poder fue inmoral y su fachada pública era muy
diferente a su vida privada, caracterizada por el machismo y la
codicia. Usaba relojes de $50.000 pero decía que ser rico es malo, decía
que donaría su sueldo a los niños de la calle pero llegaba a los
hoteles más costosos del planeta con una legión de guardaespaldas,
familiares, cocineros y correveidiles pagados por el pueblo. Se burló
de sus seguidores y, para hacerlo, se entregó en brazos de los cubanos,
quienes lo manejaron a su antojo y luego lo desecharon, cuando les
pareció oportuno.
Lo
que diferencia un operador político eficiente como Chávez del verdadero
líder es el uso que se le da al poder. Si el uso del poder es para
enaltecer, inspirar, unir, educar y mejorar a su pueblo, ese es un
verdadero líder. Si el uso del poder es para el endiosamiento, el culto a
la personalidad, el vivir a costa de la nación y enriquecer a su
familia y amigotes, estamos ante un fraude.
El
problema del verdadero liderazgo se complica cuando el falso líder
tiene carisma. Se habla mucho del liderazgo carismático pero el carisma
que le permite a una persona persuadir al pueblo a seguirlo puede ser
el peor atributo del verdadero liderazgo. Si ese carisma no se usa para
enrumbar a sus seguidores por el buen camino no es posible hablar de
verdadero liderazgo, el cual siempre debe tener
un substrato ético y moral. Ese fue el caso de Hugo Chávez, un operador
político de gran carisma, quien utilizó ese carisma para engañar a sus
seguidores y tratar de convertirse en gobernante eterno, propósito
frustrado por el destino. Si el destino no se
hubiera atravesado probablemente lo tendríamos todavía mandando,
consultando la hora en Rolexes, Patek Phillipes, Omegas y Vaucheron
Constantines.
Llegará
el día en el cual el líder venezolano será un seguidor de su pueblo, un
líder de servicio. Estamos todavía lejos de ello. Cuando tenía
unos seis años vi una película que nunca he logrado olvidar: “Gunga
Din”, basada en el poema de Ruydard Kipling, quien - a su vez – se basó
en un hecho real. Es la historia del humilde ayudante que llevaba agua a
los soldados ingleses en India y que se convirtió
en el factor fundamental de la victoria, por su iniciativa y heroísmo.
El humilde seguidor se convirtió en el líder. La autora Joanne Ciulla
cita otro ejemplo de este tipo de liderazgo en la obra de Herman Hesse:
“Viaje hacia el Este”. El carga maletas de
la expedición, Leo, es quien organiza al grupo, lo mantiene unido con
sus canciones pero desaparece un día, lo cual causa la disgregación del
grupo. El carga maletas era el verdadero líder.
En
Venezuela hemos confundido por muchos años la figura del operador
político con la figura del líder. De allí que con excepciones notables
como Betancourt y algunos destellos de Leoni, Caldera I y CAP, lo que
hemos tenido en el poder a partir de 1958 son operadores políticos
bastante mediocres, una mediocridad que llegó a su apogeo con Chávez y
Maduro.
En
Venezuela tenemos una masa de, digamos, unos diez millones de
ciudadanos y casi-ciudadanos, quienes hoy esperan al líder verdadero
para
llevar al país al sitio que le corresponde en el concierto civilizado
de las naciones. Hay otros veinte millones de venezolanos quienes forman
un gentío, el cual tendrá que ser convertido en ciudadanos, por la
acción didáctica e inspiradora de los verdaderos
líderes. Sin embargo ello requerirá de dos cosas: la presencia de
verdaderos líderes en el poder y tiempo.
Este será un proyecto que tomará dos generaciones.
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