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Kenneth Rogoff
Project Syndicate
Febrero 5, 2017
https://www.project-syndicate.org/commentary/trump-trade-war-china-by-kennethrogoff-
2017-02/Spanish
A medida que el presidente estadounidense Donald Trump procede a
desestabilizar el orden económico mundial de posguerra, buena parte
del mundo contiene la respiración colectivamente. Los comentaristas
buscan palabras para describir su ataque a las normas convencionales
de liderazgo y tolerancia en una democracia liberal moderna. Los
medios de comunicación, frente a un presidente que a veces puede
estar muy mal informado y, sin embargo, realmente cree lo que está
diciendo, dudan en etiquetar como mentiras sus declaraciones falsas.
Algunos podrían argumentar que más allá del caos y las bravatas, el
desordenado abandono de la globalización por parte del gobierno de
Trump tiene una lógica económica. Desde ese punto de vista, se ha
engañado a Estados Unidos para permitir el ascenso de China, y un día
los estadounidenses lo lamentarán. Los economistas tendemos a ver la
renuncia del liderazgo mundial de Estados Unidos como un error
histórico.
Es importante reconocer que las raíces del movimiento
antiglobalización en los Estados Unidos se remontan mucho más allá
que los obreros marginados y desfavorecidos. Por ejemplo, algunos
economistas se opusieron a la Asociación Transpacífico (un acuerdo
comercial de 12 países que habría cubierto el 40% de la economía
mundial) sobre la cuestionable base de que habría perjudicado a los
trabajadores estadounidenses. De hecho, el TPP habría abierto Japón
mucho más de lo que habría afectado a los EE.UU. Rechazarlo no hace
más que abrir la puerta a la dominación económica china en todo el
Pacífico.
Los populistas estadounidenses, tal vez inspirados en los escritos de
Thomas Piketty, no parecen impresionados por el hecho de que la
globalización haya sacado a cientos de millones de personas de la
pobreza absoluta en China y la India, haciéndoles alcanzar la clase
media. La visión liberal del ascenso de Asia es que hace del mundo un
lugar más justo y justo, donde el destino económico de una persona no
depende tanto del lugar donde haya nacido.
Pero una visión más cínica permea la lógica populista: que, debido a su
excesiva adhesión al globalismo, Estados Unidos ha sembrado las
semillas de su propia destrucción política y económica. El “trumpismo”
aprovecha esta sensación de finitud nacional; aquí hay alguien que
piensa que puede hacer algo al respecto. El objetivo no es solo
"devolver a casa" los empleos estadounidenses, sino crear un sistema
que amplíe el dominio de Estados Unidos.
"Debemos centrarnos en los nuestros" es el mantra de Trump y otros
populistas. Desafortunadamente, con esta actitud es difícil ver cómo
Estados Unidos puede mantener el orden mundial que tanto lo ha
beneficiado durante tantas décadas. Porque no nos equivoquemos:
Estados Unidos ha sido el gran ganador. Ningún otro país de gran
tamaño se le acerca en riqueza, y la clase media estadounidense sigue
estando muy bien si se mide por los estándares globales.
Sí, el candidato presidencial demócrata Bernie Sanders tenía razón al
decir que Dinamarca es un gran lugar para vivir y hace muchas cosas
bien. Sin embargo, podría haber mencionado que es un país
relativamente homogéneo de 5,6 millones de personas con una muy
baja tolerancia a la inmigración.
Para bien o para mal, la globalización comenzó ya hace mucho tiempo,
y la idea de que uno puede hacerla retroceder es totalmente ingenua.
Ya no es posible lo que hubiera podido hacerse de manera diferente
antes de que el presidente Richard Nixon visitara China en 1972. El
destino de China y su papel en el mundo está ahora en manos de los
chinos y sus líderes. Si la administración Trump piensa que puede
reiniciar el reloj mediante una guerra comercial con el gigante asiático,
es tan probable que acelere el desarrollo económico y militar de China
como que lo ralentice.
Hasta el momento, la administración Trump sólo ha echado bravatas
con respecto a China, concentrando su retórica contra el comercio con
México. A pesar de que el Tratado de Libre Comercio de América del
Norte, del que Trump abjura, probablemente solo tuvo efectos
modestos sobre el comercio y el empleo de Estados Unidos, ha tratado
de humillar a los mexicanos insistiendo en que paguen por su muro
fronterizo, como si México fuera una colonia estadounidense.
Estados Unidos comete una gran insensatez al intentar desestabilizar a
sus vecinos latinoamericanos. En el corto plazo, las instituciones
mexicanas deberían demostrar bastante solidez; pero en el largo plazo,
el “trumpismo”, al azuzar el sentimiento antiestadounidense, afectará
negativamente a gobernantes que de otra manera habrían tenido una
actitud comprensiva hacia los intereses de EE. UU.
Si la administración Trump intenta tácticas así de crudas con China, se
llevará una ingrata sorpresa. China cuenta con armas financieras en la
forma de billones de dólares de deuda estadounidense. Si se
interrumpe el comercio con China, podría haber grandes aumentos en
los precios de las tiendas de bajo coste (por ejemplo, Wal-Mart y
Target) de las que dependen muchos estadounidenses.
Además, enormes áreas de Asia, desde Taiwán hasta la India, son
vulnerables a la agresión china. Por el momento, el ejército chino es
relativamente débil y probablemente perdería una guerra convencional
con Estados Unidos, pero esta situación está evolucionando
rápidamente y China pronto tendrá sus propios portaaviones y otras
capacidades militares más avanzadas.
Estados Unidos no puede "ganar" una guerra comercial con China, y
toda victoria que logre será pírrica. Tiene que negociar duro con ella
para proteger a sus amigos en Asia y lidiar con la situación de Corea del
Norte. La mejor manera de lograr los buenos tratos que Trump dice
buscar es apuntar a una política comercial más abierta con China, no a
una guerra comercial destructiva.
Traducido del inglés por David Meléndez Tormen
Kenneth Saul Rogoff (Rochester, NY. 1953). Economista
Summa Cum Laude (Yale U.) PHD en Economía (MIT).
Profesor de Economía (Harvard U.). Fue Economista en Jefe
del Fondo Monetario Internacional y fue miembro del
Consejo de Directores del Sistema de la Reserva Federal.
Miembro de la Academia Americana de Artes y Ciencias.
Kenneth Rogoff fue un joven prodigio del ajedrez,
alcanzando el grado de gran maestro nacional a los 14 años
(subcampeón USA 1965). En 1984, se convirtió en maestro
internacional y, cuatro años más tarde, Gran Maestro
Internacional, habiendo logrado tablas con varios campeones
del mundo.
En 1975, el profesor Kenneth Rogoff se licenció en
Economía, Cum Laude, por la Universidad de Yale. Cinco
años más tarde, obtuvo el doctorado en el MIT.
Sus discusiones académicas, entre otros con Joseph Stiglitz,
han resultado importantes para la globalización o la
arquitectura económica y financiera multilateral. Desde
1999, es catedrático de Economía en Harvard e investigador
asociado del National Bureau for Economic Research
(EE.UU.) desde 1985. Entró en el departamento de Finanzas
de la Reserva Federal en 1979 siendo nombrado, en 1987,
jefe de la sección de Comercio y Estudios Financieros.
Simultáneamente, trabajó en el departamento de
Investigación del FMI (1982-83). Trabajó como Eonomista
jefe del FMI.
Comenzó su labor docente en la Universidad de Wisconsin
(1985), trasladándose a Berkeley (1989) como responsable
de la cartera de Economía. En 1992, se incorporó a Princeton
como catedrático de Economía y Relaciones Internacionales
(siendo, de 1995 a 1999, catedrático Charles and Mary
Robinson de Relaciones Internacionales). Es miembro de la
Academia Americana de Artes y Ciencias, de la Academia
Nacional de Ciencias, de la Sociedad Econométrica. Es autor
de Foundation on International Macroeconomics.
Su última obra titulada This time is diferent: eight centuries
of financial folly, en colaboración con Carmen Reinhardt
(compañera del FMI), que posteriormente ha sido muy
criticada y refutada por inconsistencia de los datos de apoyo.
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