Enrique Viloria Vera
Allí donde hay amor, hay
vida; el odio conduce a la destrucción. Mahatma Gandhi
Qué
poca suerte tenemos de veras los súbditos de la malhadada Venezuela
Bolivariana. Una revolución inhumana y un hablachento socialismo del siglo XXI
han conducido al país de vuelta al pasado y no al tan ansiado futuro de
progreso y felicidad que todos deseamos, como si lo han logrado otros países
del planeta. Los venezolanos vivimos de nuevo en el siglo XIX.
Otra
vez las montoneras, los caudillos militares, los peculadores de oficio, la
ineficiencia e indolencia gubernamental, el manirrotismo y el dispendio del
roñoso cogollo revolucionario, se unen a la reaparición de las mortíferas
enfermedades endémicas de los dos siglos pasados, que el abnegado Dr. Arnoldo
Gabaldón y su equipo de insignes médicos, paramédicos y fumigadores, habían
logrado erradicar de los campos y ciudades venezolanas.
Volvemos
a ser una Venezuela enferma de malaria, dengue, paludismo, difteria,
tuberculosis, tifus, de malnutrición o desnutrición, y por si fuera poco el
desconsuelo, ahora el gobierno revolucionario anuncia que los chipos, los
redúvidos, regresaron a casas, edificios y ranchos para hacer de las suyas, y
que sus habitantes vuelvan a ser chagásicos, a disfrutar de una muerte
anunciada.
A
todas nuestras penurias – que nos son pocas ni menudas – se añade la devastadora
peste roja – rojita, el Mal de Chávez,
que no sólo afecta el cuerpo de los venezolanos, sino también el alma, el espíritu,
el ánimo y la voluntad del país, instaurando el odio, la exclusión, la división
tanto en las familias como en todos los sectores de la sociedad.
Este mal - requeté maligno -, es peor que la
exterminadora peste negra que diezmó a Europa durante la Edad Media; sin
embargo, no lo trasmiten ratas, piojos, mosquitos, bacilos, insectos,
microbios, parásitos, gérmenes o virus, es de raigambre totalmente ideológica,
inspirada desde una vecina isla caribeña por marxismos, comunismos y
socialismos probados y ruinosamente fracasados.
Se difunde vía cadenas oficiales, afiches, vallas,
programas radiales o televisivos, folletos, ojitos por doquier y se ha firmemente aclimatado en el país durante las dos últimas
décadas de infortunio nacional. Se ha intentado – con relativo éxito –
contagiarlo a otros países del continente americano y hasta a la misma Madre
Patria, apoyado por subsidios, sobornos, coimas, contratos leoninos, petróleo
regalado, asfalto o casas donadas, aviones legados, compras amañadas de
armamento, comida y medicinas, en fin, por todas las modalidades que las mentes
torcidas del cogollo bolivariano han puesto en práctica para preservarse en el
poder y seguir destruyendo el otrora país
para querer
Los
infelices súbditos bolivarianos han hecho suya la frase de John Katzenbach:
Tememos que nos maten. Pero es mucho peor que
nos destruyan.
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