Saturday, March 11, 2017

Eddy Reyes Torres: El desencanto de la “revolución bonita”

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Eddy Reyes Torres
A estas alturas no es ocio preguntarse qué queda de la “revolución bonita”. Fueron muchas las esperanzas que un sector importante del país puso en ella. Ese hecho es incentivo suficiente para detenernos a examinar lo que ha ocurrido desde su estado embrionario hasta llegar a la situación en que ahora nos encontramos. Dada, sin embargo, la cantidad de hechos y acciones que sería necesario abordar, lo que es imposible en el espacio que nos permite esta columna, nos centraremos en uno de ellos, el cual, en mi opinión, resalta el rumbo que se proyectó y el resultado logrado.
El evento al que me refiero antecede la acción cuartelaria del 4 de febrero de 1992 que fracasó completamente. El hecho ocurrió cuando sus dirigentes principales emularon el juramento que el joven Simón Bolívar hizo en el Monte Sacro, una colina de Roma, la tarde del 15 de agosto de 1805. En la memorable ocasión y ante su maestro Simón Rodríguez, el Libertador dijo: “¡Juro delante de usted; juro por el Dios de mis padres; juro por ellos; juro por mi honor, y juro por la patria, que no daré descanso a mi brazo, ni reposo a mi alma, hasta que haya roto las cadenas que nos oprimen por voluntad del poder español!”.
La actuación de los inspirados por Bolívar se llevó a cabo a finales de 1983. Entonces cuatro oficiales desconocidos de nuestras Fuerzas Armadas (Jesús Urdaneta Hernández, Felipe Acosta Carlez, Raúl Isaías Baduel y Hugo Chávez Frías) hacen un juramento al cobijo de la sombra del samán de Güere: rescatar los valores de la patria, dignificar la carrera militar y luchar contra la corrupción (Blanco Muñoz, Agustín, Habla Jesús Urdaneta Hernández: el comandante irreductible, Fundación Cátedra Pío Tamayo, Caracas, 2003, p. 56).
Aunque escueta en su esencia, la verdad es que la promesa en cuestión abarcó un cúmulo de temas. Para empezar, los valores engloban un amplio número de patrones de conducta a nivel individual y social que definen al final la identidad nacional de un país, de manera que al mencionarlos de forma genérica, estamos refiriéndonos a asuntos culturales, morales, políticos y sociales, entre muchos otros; pero en específico también aludimos, por vía de ejemplo, a: honestidad, respeto, tolerancia, igualdad, libertad, folklore, idioma, justicia, salud y comida. Luego, si examinamos lo que la revolución ha hecho con nuestros valores específicos, veremos con claridad la magnitud de su fracaso.
Para empezar, no ha habido en nuestro país un régimen más deshonesto que el revolucionario actual, cuyos líderes y servidores están dispuestos a hacer pingues negocios al intervenir en la “solución” de los muchos males que nos afligen. Si comparamos sus dos gobiernos con los peores que les precedieron, notaremos la gran diferencia que hay entre el “alpargatudo” robagallina y el delincuente de cuello blanco con descomunales cuentas en dólares, inmuebles, yates y aviones en el exterior. Personajes que antes del proceso eran pobres de solemnidad, devinieron en portentos que visten, calzan y se alimentan de manera exquisita, en un país con millones de desarrapados y muertos de hambre.
En cuanto al respeto y la tolerancia, Chávez y Maduro se llevan la medalla de oro de las olimpiadas respectivas. Ellos son los revolucionarios “patriotas”, mientras que los opositores encarnan a los “apátridas y escuálidos”.
En materia de libertad y justicia, ahí están los numerosos presos políticos, muchos de los cuales fueron condenados con juicios amañados, violando sus derechos humanos más elementales, como lo evidencian los casos emblemáticos de Leopoldo López y el ex aliado de Chávez, el general Baduel.
Respecto al idioma y su maltrato, qué no decir. Los líderes más altos de la revolución se solazan con su mal hablar y vulgaridades de todo calibre, siendo motivo de risa y aplauso entre sus seguidores que, el Día de San Valentín de 2000, el timonel máximo le anunciara a su esposa por cadena nacional de radio y televisión que esa noche, de regreso a la residencia presidencial, “le daría lo suyo”, una alusión de mal gusto a la intimidad sexual de la pareja. Heidegger lo anticipó: “El hombre actúa como si fuera el creador y el dueño del lenguaje, cuando es este su señor”.
Finalmente, en lo tocante a la salud y la alimentación, la situación es de oscura tragedia. Nuestros enfermos se están muriendo por no conseguir las medicinas que necesitan y cada vez es mayor el número de personas que buscan cualquier cosa que comer en los contenedores de basura. La encuesta Condiciones de Vida en Venezuela, realizada por tres universidades (Central de Venezuela, Católica Andrés Bello y Simón Bolívar) puso de manifiesto que entre 2014 y 2016 los hogares pobres en el país pasaron de 48% a 81,8%. No hay más que imaginar cómo eso impacta la calidad de vida de la mayoría de los venezolanos.
Lo que ahora queda de la revolución bonita es un amasijo de desencantos y penurias que hay que poner de lado, en el más oscuro desván de los olvidos. El motivo para ello lo encontramos en la Epístola a los Filipenses de San Pablo, en la cual se señala el camino por seguir: “Por lo demás, hermanos, todo cuanto hay de verdadero, de honesto, de justo, de puro, de amable, de honorable, todo cuanto sea virtud y cosa digna de elogio, todo eso ténganlo en cuenta (capítulo 4, versículo 8)”. Es pues esto lo que realmente importa.

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