Eddy Reyes Torres
Un líder que no prometa el cielo y la victoria sabe que su futuro político es limitado. Aun cuando esté consciente de las peores dificultades, tiene necesariamente que entusiasmar a sus seguidores dando rienda suelta a los mismos extremos.
Esa es una realidad que se repite a lo largo de la historia. El ejemplo más altisonante es el de Simón Bolívar con ocasión del terremoto de Caracas del 26 de marzo de 1812. Ante la prédica de sacerdotes realistas, que afirmaban que el sismo había sido un castigo divino por los hechos que culminaron con el establecimiento de la primera república, el joven Bolívar, encaramado sobre los mismos escombros, dijo: “Si la naturaleza se opone, lucharemos contra ella y haremos que nos obedezca”.
Winston Churchill, con más madurez y experiencia, se expresó con realismo y templanza cuando le correspondió el turno en el verano fatídico de 1940. Al momento de asumir el cargo de primer ministro de Gran Bretaña, y ante la inminencia de un ataque aéreo por parte de Alemania, Churchill ofreció a sus colegas de la Cámara de los Comunes y al pueblo británico lo único que podía en aquel crítico momento: “Sangre, esfuerzo, lágrimas y sudor”. En esa ocasión alcanzó otra tonalidad mayor al manifestar: “Me preguntan: ¿cuál es nuestra aspiración? Puedo responder con una palabra: victoria, victoria a toda costa, victoria a pesar de todo el terror; victoria por largo y duro que pueda ser su camino, porque sin victoria no hay supervivencia”.
Si proyectamos ahora la película de lo que sucedió después de que la Mesa de la Unidad Democrática se acreditó un triunfo contundente en las pasadas elecciones legislativas, observamos que, en cuenta del talante antidemocrático y ya abiertamente dictatorial del régimen de Nicolás Maduro, ni de cerca hubo las dramáticas declaraciones que el momento exigía. Esa, creo yo, fue una falla que ahora pagamos con creces.
La fiesta que después se armó con la gran marcha opositora a finales del año pasado, dio por sentado que lo que seguía era “coser y cantar”. Nadie contó con la astucia de un gobierno podrido desde sus mismas entrañas, que está dispuesto a todo por mantenerse en el poder hasta 2019 y más allá, si el férreo control que tiene sobre el país se lo permite.
De allí que no sea recomendable poner ahora todos los huevos en la canasta de las elecciones de gobernadores, luego de haberse vivido las experiencias de Antonio Ledezma en la Alcaldía de Caracas (a quien Chávez le redujo substancialmente sus competencias mediante la creación, por decreto, de la figura de la Autoridad Única del Distrito Capital) y, en menor medida, de Henrique Capriles en la Gobernación del Estado Miranda (al que le fue creada una estructura paralela a través de Corpomiranda y la figura del Protector de Miranda, ambas bajo la égida de Elías Jaua).
La lucha se nos plantea dura, razón por la cual es imprescindible contar con una hoja de ruta nítida. En adición a eso, los mensajes al pueblo opositor deben ser categóricos y contundentes, alentándolo siempre a no darse por vencido. Es cierto que las armas la tienen ellos, pero de nuestro lado está la razón democrática, el indeclinable espíritu de lucha, la disposición al sacrificio que nos caracteriza y el creciente apoyo internacional.
¿Cuándo saldremos de esta pesadilla? Nadie puede decirlo. Lo real y verdadero es que hasta los videntes más connotados, dentro y fuera del país, han fallado en sus alocadas predicciones. Sin embargo, ninguno pone en duda que el oscuro anochecer de la revolución se acerca a pasos inaudibles.
Lo anterior exige a quienes quieren ver salir el Sol otra vez, actuar con ecuanimidad al juzgar a la MUD, el único motor que, guste o no, se tiene ahora en funcionamiento para enfrentar a la tiranía. Al menos por el momento, con ella tendremos que amanecer en el campo democrático que queremos cultivar.
Mi recomendación entonces a los críticos más severos de la Mesa –todos esos con “una cabeza revuelta con ideas” (la expresión entrecomillada la tomo de un maravilloso texto de mi amigo José Pulido) que hasta ahora no han podido organizar un movimiento o plataforma de lucha que asuma el liderazgo que nos conduzca a la victoria final–, es que, sin dividir a la masa opositora, se pongan sus uniformes y bajen al campo de juego a lidiar directamente con la bestia de las veinte mil mañas.
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