Juan Vicente Gómez
Mi rutina para redactar estas crónicas casi siempre parte de cierto recuento semanal sobre los acontecimientos que voy vivenciando, generalmente los tópicos problemáticos de la situación país, inflación, delincuencia, deterioro de los servicios públicos, corrupción, basura política, etc.
Este lunes un grupo de malandros me puso de nuevo el tema “de bombita” ya que saquearon el kínder donde acuden mis chamos y tuve que traerlos de vuelta a casa mientras la policía iniciaba el parapeto de rigor, perdón, la investigación, eso que nuestro escepticismo ya prejuzga como inutilidad anticipando otro delito impune.
Para el martes ya había padecido nuevos cortes de suministro eléctrico en la zona donde vivo, también fallaba internet y seguía sin agua, motivos suficientes para acudir a un Punto de Gestión Centralizada donde sólo se resolvería un mal chiste, el de desentrañar el significado de la palabra “centralizado” en Venezuela: me mandaron, por separado, a las oficinas de Hidrocapital, Cantv y Corpoelec. Traté primero lo de la luz, me dijeron que “no había línea”, asumí que seguiría perdiendo el tiempo con las otras dos piedras y las guardé para sacarlas por esta vía.
Aún malhumorado, recibí la prensa del miércoles con titulares sobre el Día de la Mujer, una celebración que todavía no comprendo demasiado pero que me llevó de retruque a un tema fascinante, el de la carrera espacial, a propósito del cumpleaños de la primera cosmonauta que voló sobre la órbita terrestre. Por meras casualidades de calendario, este 8 de marzo Valentina Tereshkova cumplía 80 años y por allí sí me provocaba ahondar un poco más.
En 1963, durante el apogeo de la guerra fría, los soviéticos estaban a la cabeza de la conquista espacial y el 16 de junio de ese año “subieron” a la primera mujer a la órbita terrestre en una misión de casi tres días, mucho más larga que la de Yuri Gagarin en abril del 61 (1 hora 48 minutos) o la de John Gleen en febrero del 62 (4 horas 56´). Tereshkova realizó 48 giros sobre la tierra en 70 horas y 57 minutos a bordo de la cápsula Vostok 6, aportando investigaciones mucho más exhaustivas que las de sus predecesores.
La industria cinematográfica estadounidense apenas ahora está ayudando a comprender el rol fundamental que también tuvieron las mujeres de la NASA en la cruzada espacial con sus “Talentos ocultos”, científicas que enfrentaron paralelamente barreras sexistas y raciales. Ellas abonaron el camino para acortar todo tipo de diferencias y dejaron abierta una ventana para retos posteriores: Sally Ride fue la primera astronauta que orbitó la tierra en 1983, Katthy Sullivan sería la primera americana en realizar una caminata espacial, etc.
Puestos a conmemorar, encontré otras historias interesantes de “primerizas” respaldadas por la NASA en sus misiones, Mae Jemison, afroamericana; Liu Yang, China; Chiaki Mukai, Japón; o la malograda Kalpana Chawla, nacida en India y única mujer entre los siete tripulantes del transbordador Columbia cuando se desintegró reingresando a la atmósfera en febrero de 2003.
Quizás todas ellas merezcan una película o documentales por separado como ya existe sobre la vida de Christa Mc Auliffe, la maestra que falleció al explotar el Challenger en enero de 1986 y que “eclipsó” al resto de tripulantes donde por cierto también había otra mujer, la ingeniera de vuelo Judith Resnik, y cinco hombres.
Aterrizando para culminar agradezcamos entonces, no sólo en un día concreto, la importancia de la mujer, esa fuerza inconmensurable de cuyo vientre provenimos todos y que luego sigue aportando, socialmente y en cualquier ámbito posible, una extensa medida de la raza y las capacidades humanas.
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