Alejandro Oliveros
Los dos poetas más difundidos de la lírica moderna venezolana, nacieron en la ciudad oriental de Cumaná. El mayor de ellos, Ramos Sucre en 1890, y Blanco en 1906. Miembros de distinguidas familias de la región oriental, sus casas natales no se distancian más de una pocas cuadras. El destino, sin embargo, quiso que no se conocieran, a pesar de las simetrías que enlazan la existencia de ambos vates: inclinación por las humanidades, estudios de derecho en la Universidad de Caracas y poetas. Además, vinculados con la carrera diplomática; uno, Ramos Sucre, como funcionario de la Cancillería; y Blanco, como ministro, un par de décadas más tarde, de la misma Cancillería. También para ellos los dioses escogieron una muerte desterrada. La del primero en Ginebra; en lo que no se ha podido refutar que haya sido un suicidio, acosado por el “vampiro de la melancolía”. Y el segundo, en un improbable accidente de tránsito durante su exilio mexicano. Hasta aquí las simetrías, porque nada más divergente que las poéticas que distinguieron sus obras.
A Ramos Sucre se le estima, con razón, como el primer poeta moderno de Venezuela; poemas en prosa, impersonales, herméticos, cultos, exigentes, de una exquisita sintaxis y la insistencia en la imagen como instrumento básico de expresión. Escribió poco y nunca para muchos, su estilo es el de Cellini y su exquisita orfebrería. Andrés Eloy Blanco, por su parte, apenas si se propuso, durante un tiempo breve, ser un poeta de la modernidad. Le pareció mejor acogerse a una crepuscular estética postromántica, expresada con una dicción convencional y metros tradicionales. Incapaz de disociar el poeta del político, se propuso y lo logró, sin dudas, ser un poeta popular, al alcance de los grandes públicos y el reconocimiento inmediato. No parece haberse identificado nunca con los intentos que adelantaban, no sin fatigas, los mejores de sus contemporáneos por adaptar las nuevas formas expresivas que desde hacía décadas se habían difundido en Europa o los Estados Unidos.
Nacieron en Cumaná, pues, dos poetas de expresiones antípodas, a pesar de las simetrías que pudieron haberlos acercado. Blanco probablemente sea el poeta más leído por los venezolanos durante el siglo XX, aunque no estoy seguro de que lo siga siendo en el XXI. Mientras que Ramos Sucre sigue siendo un raro, cuya lectura se limita a las universidades y a los poetas que lo reconocen como fundador de la moderna lírica venezolana.
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