“¿Nos sentamos afuera?”, me preguntó Mario Vargas Llosa, haciendo un gesto hacia las ventanas de piso a techo de la biblioteca en esa brillante tarde de septiembre. Vargas Llosa, el único peruano que ha ganado el premio Nobel, vive ahora en una mansión de ocho habitaciones en la periferia de Madrid, en un vecindario conocido como Puerta de Hierro. Cuando llegué, un mayordomo con saco blanco me condujo a través del recibidor de dos pisos, sobre brillantes baldosas blancas y negras, hacia una biblioteca con filas de estantes de madera oscura. Había un cenicero de cristal junto a bandejas de plata con chocolates y cigarrillos. Esta imponente casona parecía la residencia adecuada para el último gigante vivo de una época de oro de la literatura latinoamericana, un hombre que bien puede ser el novelista más importante de nuestros tiempos en términos políticos… pero la casa no es propiedad de Vargas Llosa. Sobre la chimenea de la biblioteca cuelga un retrato de su dueña, Isabel Preysler, enfundada en un vestido rojo.
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