De las inmensas fortunas derivadas de las compras de plantas eléctricas, seguros y reaseguros de PDVSA, transporte de cargamentos de petróleo y gasolina, negociados con bonos de la deuda pública, manejos de depósitos bancarios, intermediación para la compra de armamentos o alimentos, al país no le ha quedado ni un galpón con maquinarias y un guachimán.
Por Pedro Benítez @PedroBenitezF.-
Durante la mayor parte de estos tres lustros, Venezuela navegó sobre un enorme ingreso petrolero, el mayor y más largo de toda la historia de la economía moderna. No fue el primero, pero si el más extendido en el tiempo.
¿Qué le ha quedado al país? No solo comparando realizaciones materiales de la obra de un gobierno contra otro, escuelas, hospitales, autopistas, tendido eléctrico, agua potable, etc. Hay que preguntarse: ¿Qué le ha quedado a la sociedad?
Se nos dice como justificación oficial que estamos viviendo (otra vez) la crisis del modelo rentista venezolano. Que nuestros problemas económicos son originados por una clase capitalista de empresarios acostumbrados a parasitar del ingreso petrolero vía el Estado. Que no invierten. Que no creen en el país. Un profundo problema cultural que no ha podido ser desarraigado. Etc, etc.
Obviemos por un momento el dato de que hoy Venezuela es más dependiente del ingreso petrolero que en la década de los 90, cuando, por ejemplo, alrededor de un 30% de las exportaciones del país eran productos y servicios distintos al petróleo, una serie de rubros fruto de la emprendimiento privado. Y en muchos otros que hoy día importamos entonces éramos autosuficientes.
Admitamos por un instante la excusa oficial y oficiosa. ¿La elite que económica que ha surgido estos últimos quince años es igual a la predominó en la Venezuela petrolera del siglo XX?
Comparemos:
¿Dónde está el Eugenio Mendoza de la era chavista?
¿Cuántos “hombres de negocios” beneficiados por la mano visible del Estado en estos últimos años han creado empresas comparables con Venepal, Vencemos, Protinal, Sherwin-Wiliams o Venceramica?
De las inmensas fortunas derivadas de las compras de plantas eléctricas, seguros y reaseguros de PDVSA, transporte de cargamentos de petróleo y gasolina, negociados con bonos de la deuda pública, manejos de depósitos bancarios y seguros de instituciones y empresas públicas o gobernaciones de estado, intermediación para la compra de armamentos o alimentos para la red de Pdval o Mercal, entre otras actividades lucrativas no sujetas nunca a licitación, al país no le ha quedado ni un galpón con maquinarias y un guachimán. O en el mejor de los casos, un pequeño canal de televisión que más bien es un desaguadero de recursos para su propietario y que nadie ve.
De algunos años para acá se puso de moda el concepto responsabilidad social del empresariado, pero del autodenominado empresariado socialista no ha nacido ninguna iniciativa para crear instituciones de asistencia como la Fundación Venezolana contra la Parálisis Infantil, el Hospital Ortopédico Infantil, la Fundación de la Vivienda Popular, el Banco de la Vivienda, o iniciativas orientadas al mecenazgo de las ciencias, las letras y las artes como Dividendo Voluntario para la Comunidad o la Universidad Metropolitana.
Todo lo contrario. A los patrocinadores de la Fundación para la Cultura Urbana les arruinaron el negocio, lo vilipendiaron públicamente, los llevaron a la cárcel para luego dejarlos en libertad por falta de pruebas sin mayores disculpas.
Entre la boliburguesía no encontraremos nada parecido a gente como Lorenzo Mendoza, Oscar Augusto Machado o Gustavo Vollmer.
De los empresarios venezolanos del siglo XX (como en otras partes del mundo) abundaron las leyendas negras. Pero el hecho objetivo es que este país contó en el siglo pasado con varias generaciones de emprendedores que aprovecharon las condiciones de la época que le tocó vivir:
En estos años no han venido inmigrantes como Hans Neuman o William H. Phelps. Y ni siquiera despuntan gerentes de la talla de Andrés Germán, Blas Lamberti o Pedro Tinoco.
Todos esos hombres vivieron y emprendieron en la Venezuela petrolera del siglo XX, donde, dicha sea toda la verdad, la renta petrolera la controlaba el Estado; pero hoy es como demasiado obvio que aquellas condiciones no eran las mismas de la Venezuela de las dos primeras décadas del siglo que corre.
La naturaleza humana es la misma en todas partes. El potencial emprendedor de un venezolano no es distinto a los de nuestros vecinos colombianos, por poner un ejemplo. Lo que cambian son las condiciones. Y desde 1999, y en particular desde 2004, luego del referéndum (cuando Chávez se sintió más seguro en el poder) empezó una campaña para destruir sistemáticamente al empresariado nacional, favoreciendo siempre a los extranjeros. Desde hace años se creó una situación en la cual la gente con vocación empresarial no invierte porque sencillamente no hay razones para hacerlo. Un ambiente que favorece no al emprendedor, al innovador, si no al vivo, el que busca resolverse con el negociado, al testaferro, al amigo del Presidente, del Ministro o al gran jefe político. Volvimos a la época de Gómez y de los Monagas.
¿Dónde están los auténticos empresarios y emprendedores venezolanos del siglo XXI? Por allí, dando vueltas por Colombia, Panamá, México, Norteamérica, Europa o Asia. Esperando que las condiciones cambien.
Mientras, sólo algunas de las empresas creadas por aquellos emprendedores del siglo pasado siguen dando la lucha diaria por sobrevivir.
Entre el empresariado venezolano del siglo XX y la boliburguesía parasitaria roja rojita no hay punto de comparación.
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