Willy Mckey
El domingo 14 de diciembre Nicolás
Maduro fue invitado al programa de televisión que conduce José Vicente
Rangel en la señal abierta. Cuando el veterano periodista y ex-ministro
le preguntó sobre el aumento de la gasolina, Maduro respondió lo
siguiente:
“En una economía
como la que estamos viviendo, donde las mafias criminales, las mafias
especulativas, los factores especulativos están disparados, del
capitalismo éste que está por ahí pululando, tomar una decisión de ésas
sería echarle más fuego a la candela. Ése es mi criterio”
El simple hecho de que desde la vocería
principal del Estado se asuma un candelero como contexto-país, sin que
la acción inmediata sea proponer oficialmente lo que se hará para salir
de las brasas, es una equivocación comunicacional rotunda. Pero algo
llama más la atención: el ligero pero significativo desliz en la manera
de enunciar el lugar común de “Echar más leña al fuego” y construir una
variación todavía más combustible.
De las ciencias que estudian el
lenguaje, la que se encarga de refranes, dichos y proverbios como “En
boca cerrada no entran moscas” o “Echarle más leña al fuego” es la
paremiología, una disciplina que extrae la esencia de esas expresiones
(que sobreviven siglos con su sentido intacto) para estudiar lo humano
por una razón poderosa: lo que se concentra en los proverbios son
verdades ontológicas, resúmenes de lo que el ser humano ha aprendido con
el tiempo.
¿Qué sucede, entonces, cuando un ser humano tuerce el camino de un proverbio?
¿Qué puede pasar para que un proverbio
no sea suficiente como resumen de lo que se quiere decir y haya que
torcerlo, escondiendo el torniquete detrás de la retórica?
¿Qué hace que alguien no tenga
suficiente con “Echar más leña al fugo” y necesite redundar con un
“Echar más fuego a la candela” para poder decir lo que quiere decir?
Tratándose de la primera vocería del
país, ¿es la candela un diagnóstico? ¿O son el fuego y la candela un
simple pleonasmo, una redundancia?
Cuando se redunda adrede, se hace para
aclarar, para evitar malentendidos, para reafirmar. Pero en este caso no
estamos ante pleonasmos simples, como “los precios de la gasolina
subirán para arriba” o “el precio del barril del petróleo está bajando
para abajo”. Además, es imposible no recordar otras temperaturas de la
retórica oficial, como aquella máxima “Candelita que se prenda,
candelita que se apaga”.
Pero, al parecer, los incendios de la economía no se apagan con la misma facilidad que los muebles en combustión.
Luego de diagnosticar la combustión como
paisaje, la primera vocería oficial asume que tomar una decisión como
aumentar la gasolina (que ya fue pedida por la clase trabajadora; que
según dice el Presidente contaría con apoyo popular; que significaría
una importante entrada de dinero; que sería un golpe al contrabando) no
sería un acierto sino “echarle más fuego a la candela”.
Los pleonasmos aparecen cuando se desea
diferenciar lo que se quiere decir de una posible lectura metafórica.
Pero para eso funciona mejor la reiteración, un recurso que mal puesto
se parece demasiado a la duda:
“Ya tenemos la
fórmula de cómo sería, digamos, su adaptación en el tiempo de los nuevos
precios de hidrocarburos y llegará el momento… llegará el momento… en
el 2015… quizás en 2015″.
Con estos insumos en las manos, la
lectura básica de cualquier semiólogo interesado por la política local
sólo deja espacio para dos interpretaciones.
La primera es que el momento político (esta candela) no es adecuado, aunque se cuente con la aparente aprobación popular.
La segunda es que ese “esquema que ya se
ha trabajado” y “justo” significa un perjuicio para esos “factores
especulativos” y sea eso lo que tenga un costo político (ese fuego). En
dos platos: que quienes se benefician con el status quo podrían tomarse a
mal que se tomaran las decisiones correctas.
Todo eso concentrado en una sola intervención: la candela como diagnóstico y el fuego como eso que pide el pueblo.
El aumento de la gasolina una vez más convertido en un fantasma.
No hay que dejar de lado que es la gasolina y no la leña la
manera accidentada en la que el primer mandatario intenta volver a la
sabiduría del proverbio cuando dice: “No tenemos apuro y no le vamos a
echar más gasolina al fuego que ya existe en la especulación la y la
inflación inducida, no controlada aún”.
La gasolina y no la leña, enunciando en negativo, tal como se usa la expresión en inglés: Not add fuel to the fire.
Y en medio de todas las referencias
inflamables, pasa desapercibida una más: esa insistencia en que no hay
urgencias, en que no hay apuro, en decirnos en voz alta que todo está
bien.
Nada más sospechoso que alguien que cree
necesario advertir que no hay apuros. La calma no se anuncia: cuando es
real, es evidente… como la candela.
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