El Presidente cree que debe abstenerse de tomar medidas para preservar la paz social, pero resulta que tampoco habrá paz social si no se toman las medidas. He allí la complejidad del caso. Maduro, al evadir un plan de ajuste que resulte creíble y que genere confianza, allana el camino de la ingobernabilidad: empuja al país hacia el terreno de la protesta.
Maduro está contra las cuerdas. El exiguo 22% de popularidad que constituye su piso político —las bayonetas, por ahora, también lo sostienen, pero son cosa aparte— le impide tomar medidas al estilo de un electroshock, que es lo que correspondería hacer en el caso de una crisis tan grave como la que sacude a Venezuela. Por eso vemos que el seguidor de Sai Baba, nuestro místico Presidente, ha preferido colocarse en las manos de la divina providencia antes que recurrir al odioso Fondo Monetario Internacional o antes que adoptar un plan integral de rescate de la economía, incluso sin la tutela del organismo transnacional, que resulte creíble y que transmita confianza a los agentes económicos y al país en general. Maduro, sencillamente, no puede convertirse en un verdugo neoliberal porque su escaso rating se vendría a pique. El Presidente carece del capital político para ponerse al frente de un programa de salvamento. No le queda más remedio entonces que seguir anclado en el pleistoceno y refugiarse en expresiones vacuas como la de la guerra económica.
Ya sabemos qué puede pasar si Maduro toma las medidas: se cae porque no tiene suficiente capital político que le sirva de aval. Maduro no es Chávez. Mucho menos Superman. Pero también habría que preguntarse: ¿Y qué pasa si no toma las medidas? ¿Puede darse el lujo de no tomarlas? ¿Qué impacto tiene el hecho de que el Gobierno entierre la cabeza como el avestruz? Eso quizás podrá garantizarle la lealtad momentánea de su núcleo duro, pero lo clave es lo siguiente: ¿Y ese núcleo duro, que es una minoría, puede asegurarle la permanencia en el poder cuando las dos terceras partes del país tienen a Maduro en la mira y se pronuncian porque salga de Miraflores antes del 2019, bien por revocatorio, bien por renuncia o bien por Asamblea Constituyente? Eso es lo clave.
Maduro se quedará cada vez más solo, a pesar de que en un alarde de populismo irresponsable haya optado por no aplicar el torniquete. ¿Qué ocurrirá con ese 78 por ciento que ya no le expide un voto de confianza y al que, vista la alocución del miércoles, no se le darán respuestas que calmen su insatisfacción? ¿Cuál puede ser la reacción de un pueblo urgido de productos básicos al que, en lugar de darle soluciones, se le dan excusas?
Maduro, sin quererlo, allana el camino de la ingobernabilidad, empuja al país por el camino de la protesta. Maduro se ha dotado de su propia guarimba. Este 2015 puede ser para él mucho más complejo en términos de manifestaciones que lo que fue el 2014, que dejó un saldo de 43 muertos producto de la refriega política. Maduro, al atrincherarse en un modelo fracasado de controles y de hostilidad hacia el sector privado, le añade condimentos al caldo de cultivo en que se ha convertido Venezuela. Maduro cree que debe abstenerse de tomar medidas para preservar la paz social, pero resulta que tampoco habrá paz social si no se toman las medidas. He allí la complejidad del caso.
Lo que se esperaba con su comparecencia ante la Asamblea Nacional era que al menos hiciera el amago de una rectificación, aunque no lo expresara explícitamente: ya sabemos que los pseudo revolucionarios chavistas son propensos a la infalibilidad. Pero que lo dijera con medidas que pusieran orden en este caos. Nada de nada: Maduro pretende curar una cardiopatía con un tratamiento homeopático. Y claro que el paciente puede sobrevivir un tiempo con pildoritas endógenas, pero, a largo plazo, ese paciente está muerto. El país no está para floripondismos ni para consignas vacías como ésa del socialismo del siglo XXI. El país no está para invocaciones mágico-religiosas.
Refugiarse en lo divino y en el paraguas del complot le saldrá muy caro al Gobierno. Maduro pudo —a punta de represión y de un amago de diálogo que enfrió la calle— apagar los fuegos del año pasado. ¿Podrá hacer lo mismo este año? No parece que las vaya a tener todas consigo. Este 2015 luce infinitamente más complejo que el 2014 en virtud del colapso del modelo chavista. Si el chavismo llevó a Venezuela a una crisis económica colosal con el petróleo a cien dólares, ¿estará en capacidad de manejar equilibradamente las finanzas con el barril a menos de 40 dólares y sin tomar, además, las medidas que debe tomar? En 2014, ingresaron al país aproximadamente 70 mil millones de dólares por petróleo; en 2015, serán 35 mil millones de dólares. Es la mitad de los ingresos y con una economía en estado de postración. ¿Maduro podrá con ese serio problema de caja sin que se le insubordine el gallinero? ¿Se resuelve ese déficit con apelaciones a la providencia? La matemática es muy importante para entender lo que viene. Porque la matemática petrolera tendrá incidencia en la sociología política: habrá más descontento; habrá más protestas.
Con su tozudez —o con el temor razonable que tiene de aplicar el torniquete—, Maduro le ha abierto el cauce a la calle. Le ha metido combustible a la protesta. Porque no se resolverá el problema de la escasez; porque no se resolverá el problema del desabastecimiento; porque no se resolverá el problema de la inflación; porque no se resolverá el problema de la inseguridad. En lugar de un presidente que se dirige a una nación, lo que vimos el miércoles en cadena fue a un cazafantasmas en pleno delirio. Y este país tampoco está para cazafantasmas. Este es un país que requiere un estadista con carácter de urgencia. Un político que sepa capear el temporal para evitar que la situación social se desborde. No parece ser Maduro, que cava su propia sepultura al atrincherarse en un modelo primitivo y derrochador que ha destruido el aparato productivo y que tiene al país al borde de la hiperinflación y del default. Los cazafantasmas no son buenos gobernantes. Siempre terminan contra las cuerdas.
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