RAMÓN
GUILLERMO AVELEDO
El
gobierno ha declarado subversivo al Diccionario de la lengua española. “Ya los
espejitos no son transables”, habría declarado la señora cancillera ante esa
reiteración de vocación imperial.
Mentar la
palabra transición es delito de traición a la patria, rebelión contra la
Constitución e incluso lesa humanidad por dictamen unánime e irreversible de
los poderes Ejecutivo, Legislativo, Judicial, Ciudadano y Electoral, del Alto
Mando Militar, el comando político de la revolución, el poder popular y el
presidente de la Asamblea Nacional. Y el Drae define transición, en su primera
acepción, como “acción o efecto de pasar de un modo de ser o estar a otro distinto”.
¿Cómo se hace? Si la lengua se opone, lucharemos contra ella y haremos que nos
obedezca.
Pero son
muchas las palabras que habrá que declarar en franca conspiración fascista y
proceder a inhabilitar. Sinónimos de transición son cambio, mudanza y transformación.
Antónimos, o sea, lo contrario, serían permanente, inmutable, eterno. Y los
gobiernos no son permanentes, eternos ni inmutables. En Venezuela, según la
Constitución, los gobiernos se eligen por un período y pueden cambiarse por
elecciones, que para eso se realizan, y los mandatos son revocables, dentro de
unas reglas, por supuesto. Aquí lo que es inconstitucional es pretender que un
gobierno es eterno e inmutable, o intentar aquello que se intentó el 4 de
febrero y el 27 de noviembre de 1992. Eso sí que no se vale.
La cosa
es política antes que jurídica y el idioma sirve para entendernos. Lo que se
resisten a comprender en los círculos aferrados al poder que heredaron, con
legitimidad basada en una proclamada filiación, es que ya ha comenzado una
transición. Es el paso de la legitimidad carismática, en la que el difunto
concentraba poder de decisión y liderazgo, a la burocrática. Por eso es que
Maduro ocupa el lugar constitucional de Chávez, pero no su lugar político,
problema real que trata de resolverse invocando la presencia del ausente o con
más o menos sórdidos arreglos que remienden pleitos palaciegos. Pero la
Constitución es la solución porque es garantía para todos y no guarimba de un
grupito. Debe ser.
Por
razones de responsabilidad política, no suscribo el documento de la transición,
pero me es evidente que ni la palabra ni la idea son pecaminosas o sediciosas.
Y nadie puede estar preso por invocarlas, sin que se cometa una grave
injusticia.
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