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La prisa, dicen, es mala consejera y la lentitud, exasperante. Hay prisas convenientes y atrasos interesados y, por tanto, sospechosos. En los hechos se ha impuesto la estrategia de que las elecciones pueden esperar. Son la guinda, aseguran, de la reconstrucción del país. Delcy las coloca en un limbo: la ancestral sabiduría del pueblo elegirá el momento correcto. Lo dice una mujer que representa un régimen y un partido que hace rato perdió la sintonía popular.
¿Avanzamos o los comunicados de la mesa de diálogo son una telenovela por capítulos sin desenlace próximo?
El Consejo de revisión de credenciales tiene buena pinta. Pero, ¿estará la clave ahí? Conatel también afloja pero no del todo. Igual que hay presos políticos, hay portales condenados. Igual que María Corina Machado no puede regresar al país, hay medios que no se pueden consultar en el territorio nacional, en el que mandan por herencia ilegítima los Rodríguez.
Un veterano periodista venezolano residenciado en Washington, que le lleva el pulso a las políticas del equipo Trump sobre Venezuela, cree que la mesa negociadora, en la que participa el oficialismo y un sector de la oposición, es una mesa contenedora. El tema propiamente político sigue sin abordarse. Las inhabilitaciones siguen tan vigentes como cuando estaba Maduro, igual que las tarjetas secuestradas a partidos opositores y Amoroso sigue de vacaciones y de presidente, por sus méritos la noche del 28 de julio de 2024.
La permanencia en el poder de una presidencia ilegítima no parece, en definitiva, el asunto número uno del país, ni el segundo ni el tercero. El “bueno” de Jorge Rodríguez ofrece un menú electoral a su conveniencia y de la hermanísima. En su mente solo está una idea: las elecciones serán cuando termine el período del “compañero Nicolás”, el olvidado preso de Brooklyn.
La oposición venezolana está en un serio brete. Con su líder sin poder regresar al país, con líneas políticas divergentes y con escasa capacidad para influir en el rumbo de los acontecimientos actuales. ¿Hasta cuándo? Estamos a las puertas del último trimestre del año sin ninguna certeza acerca de una fecha electoral, que sigue siendo potestad del poder responsable de la represión, el exilio, la pobreza y la mayor corrupción conocida en un siglo. Ese poder no tiene ningún interés en apurar los tiempos para una decisión electoral. Nada de ruptura: eso fue lo que prometió Delcy en Nueva York, no elecciones.
O apuramos o perecemos. Hay que poner otro ritmo y moverse, con un plan claro. Lo que está en juego no es poca cosa: hacer que sea el pueblo el que mande en Venezuela.