EN: https://www.elnacional.com/editoriales/2026/06/el-balon-a-punto-de-rodar/
Desde esta semana no se va a hablar de otra cosa. El jueves 11 comenzará en el estadio Azteca, con 87 mil plazas disponibles, el 23 Mundial de Fútbol: el segundo que se celebra en Estados Unidos, el tercero en México - el país que más veces ha sido sede, también la selección líder en derrotas (28), de tantos torneos a los que ha ido-, y debuta como anfitrión Canadá. Durante 50 días, el mundo será un balón. La mala noticia, aunque ya digerida, es que ni con 48 participantes, la Vinotino será parte de la fiesta planetaria.
Si en Catar 2002, el gran jugador, con el perdón de Messi, era la famila Al Thani, que gobierna el país desde 1850 y se ha convertido en un ávido inversor global en lo que va de siglo, en este 2026 lo será Donald Trump, al que la FIFA adelantó un premio de la paz hecho a su medida. Un jugador apurado, mala cosa tanto en la cancha como fuera de ella, porque necesita recuperar el fervor popular rebajado en año y medio de mandato. Además, encadenará otras dos celebraciones: el próximo domingo su 80 cumpleaños -con una salud de hierro, según su médico de cabecera-, y el 4 de julio los 250 años de la Independencia de su país, cuya salud democrática no es tan promisoria como se presenta la del mandatario.
El deporte, y sobre todo el fútbol que es el más universal de todos, siempre ha sido un bálsamo para la política. Casi siempre, en verdad, porque un juego eliminatorio entre El Salvador y Honduras en 1969 -precisamente en el estado Azteca- se suele señalar como el detonante de la llamada “guerra del fútbol”, en la que se enzarzaron las dos pequeñas y pobres naciones centroamericanas durante cuatro días y con un saldo de 3.000 muertos. El Salvador obtuvo, sin embargo, el cupo mundialista y regresó de la cita de 1970 con nueve goles en contra y ninguno a favor.
La FIFA, una organización sin fines de lucro que maneja un negocio formidable sin horas bajas que este año espera facturar cerca de 9.000 millones de dólares, ha sido hábil, aunque no sabia, en acomodarse a los vaivenes de la política. En 1934, organizó el segundo mundial -había comenzado en 1930 en Uruguay- en la Italia de Benito Mussolini, y en 1978 en la Argentina del dictador Videla, cuyas tropelías aún no han terminado de ventilarse. Y la concesión de las más recientes sedes, Catar, sin ir muy lejos, estuvieron precedidas de escándalos de las que el propio ente se auto exoneró.
De nada de eso se hablará. Los afortunados que puedan pagar las entradas de los juegos -104 en total, una cantidad nunca antes alcanzada- y las masas que los seguirán en todas partes del mundo, lo que quieren es divertirse, gritar los goles como si fueran propios y hacer sus quinielas a ver si la suerte los redime. Como en todo juego habrá unos que se frotarán las manos más que otros. Qué ruede el balón y se detengan las guerras aunque sea por 50 días.
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