EN: https://www.elnacional.com/editoriales/2026/06/la-vida-no-vale-nada/
“La vida no vale nada, si escucho un grito mortal, y no es capaz de tocar mi corazón que se apaga”. Eso cantó Pablo Milanés, quien se despidió de este mundo, sin recibir disculpas del régimen de su país por castigarlo en su juventud. La vida no vale nada en las cárceles venezolanas. Y sus gritos mortales se apagan en la indiferencia oficial.
El dato que aporta el Observatorio Venezolano de Prisiones (OVP) es escalofriante: 181 presos fallecieron en cárceles y calabozos policiales en este país en 2025. Uno cada 48 horas. Y no pasa nada: el ministro de servicios (¿?) penitenciarios sigue en su despacho mirando para el techo, la Fiscalía ordena averiguaciones que descubren el agua tibia y la Defensora del Pueblo confía en un diálogo interinstitucional en un territorio sin instituciones.
El artículo 3 de la Constitución -no hay que hurgar demasiado para encontrarlo- expresa en cuatro líneas los fines esenciales del Estado:
-“...la defensa y el desarrollo de la persona y el respeto a su dignidad, el ejercicio democrático de la voluntad popular, la construcción de una sociedad justa y amante de la paz, la promoción de la prosperidad y bienestar del pueblo y la garantía del cumplimiento de los principios, derechos y deberes reconocidos y consagrados en…”
Todo se sostiene sobre un supuesto: que efectivamente exista Estado. La mayor obra de los “revolucionarios” fue acabarlo y suplantarlo por la nada. La vida no vale nada, es su consigna.
Lo que no hace el Estado, porque desconoce que está muerto, lo suple en el ámito carcelario la OVP, que a partir de la evaluación del 85% de los centros de detención del país afirma que 151 de los prisioneros fallecidos “bajo custodia del Estado” carecieron de falta de asistencia médica oportuna para tratar afecciones cardiovasculares, respiratorias, fallas multiorgánicas y shocks hipovolémicos.
El año 2025 fue peor que 2024. El régimen sabe cómo encarcelar personas pero luego es incapaz de asumir la responsabilidad de su protección mientras cumple su pena, sin entrar en el detalle de que esa pena viene precedida de reiteradas violaciones al derecho a la defensa, sean prisioneros políticos o comunes. La medicina es la misma: indolencia y mentira. El 2025 quedará grabado como el año del dolor y la rabia.
El Observatorio de Prisiones, que dirige Humberto Prado, advirtió que los abusos en las cárceles no son hechos aislados “sino un patrón sistemático, una política de Estado”. La política del abandono, que ampara torturas y malos tratos, y que es incapaz de reaccionar ante la frecuencia mayor de suicidios en las prisiones. “La vida no vale nada -seguía Milanés- si cuatro caen por minuto, y al final por el abuso se decide la jornada”.
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