Luis García Mora
Al parecer la fuerte remesón política
que produjeron las protestas de enero a abril, y que obligatoriamente
desenmascararon al régimen, aún sacude cosas. Al menos allá en las
máximas instancias políticas mundiales, como en la Organización de
Naciones Unidas, donde se acaba de volver a desnudar vergonzosamente
este desorden criminal que no tolera la protesta.
Tanto es así que la propia dirección
política opositora, antes, durante y después de intentar desmarcase de
unos sucesos, todavía hoy (más allá del cronograma electoral) luce
desconcertada. Chocada. Ya que en ese momento se evidenció su aversión
política al hecho de involucrarse y tomar la conducción de la protesta
de calle. Repetimos: hasta hoy.
Y estamos hablando de unos sucesos que,
aunque algunos quisieran pasar la página, en su momento sacudieron
Venezuela y al mundo. Durante esos meses (casi ayer), la violenta y
salvaje represión compitió con la violencia ucraniana en la atención
internacional.
¿Es ceguera política, falta de arrojo,
exceso de prudencia? ¿Precaución de nuestra dirigencia
partidista? Quizás sea todo eso, pero aún más: desconexión con la
gigantesca burbuja nacional del desencanto.
Entrémosle a este asunto tan espinoso
que encierra la interrogante que informó en aquellos meses tal conducta:
¿Acertó o se equivocó Leopoldo López en el salto bárbaro que pegó,
recién entrado enero, tras apartar de una manera relancina la bandera
que entonces esgrimía de convocar a una Asamblea Constituyente (que
ahora él y su partido Voluntad Popular retoman), para lanzarse a la
conducción de aquel tsunami?
¿Acertó o se equivocó completamente también María Corina Machado al identificarse con aquella política hasta el cuello?
Es muy fácil para una oposición tan
conservadora como la nuestra (al igual que para un régimen tan
autoritario como éste) reducir tan vehemente expresión de descontento y
sus consecuencias sangrientas únicamente a su desenlace. Es decir: a la
victoria o a la derrota de Leopoldo y María Corina y a la puesta en
práctica de su iniciativa foquista de “La salida”. Eso se hace
desconociendo casi en su totalidad el crítico sustrato socioeconómico y
político que, puesto de manifiesto, hasta ahora no ha dejado de
aumentar, pues la magnitud de los factores que la originaron no han
dejado de desbordar cualquier actitud opositora para manejarla con
bolserías, con pinzas.
¿Fue nada más una política equivocada?
¿O fue más bien una actitud política de los partidos de la MUD, que
dejaron únicamente en manos de Leopoldo y María Corina, por criterios
mezquinos de lado y lado (que al final terminamos pagando todos), la
organización y conducción de aquella protesta tan irradiada
nacionalmente? Una protesta que (opina uno) ameritaba el compromiso de
la totalidad de esa dirección, en el liderazgo y la politización de las
calles. ¿Qué fue lo que pasó?
Sí, hoy Leopoldo López –junto al resto
de quienes están presos por manifestarse– y María Corina –ilegalmente
sacada del Parlamento–, son permanentemente agitados como la expresión
de una política fallida. Y quizás, es cierto, no sacaron del poder a
Nicolás Maduro como ofrecían enardecidos en un “foquismo”
circunstancial. ¿Pero fue sólo eso lo fundamental?
¿Sólo ellos?
¿O también la dramática ausencia de un
liderazgo de calle que, ante esa enérgica sacudida política (nacional e
internacional) desde entonces y no sabemos hasta cuándo, intenta
mantener reducida a la impotencia a los sufrientes de esta desesperada
situación nacional? Quizás hasta la irrenunciable necesidad del año
próximo, para intentar agitarla ante la desesperación del voto
parlamentario.
Son demasiados los bemoles de esa
sacudida de enero-abril que habría que someter a una reflexión muy
sincera, muy honesta, ante los desafíos que impone nuestra insostenible
situación. Y que tiene múltiples puntos de encuentro con aquella
represión de las protestas que dejaron al país ensangrentado. Da la
impresión de que hoy únicamente se recuerda en los despachos
climatizados de la ONU, por la citación obligada de este gobierno (y la
totalidad que engloba a los responsables del régimen) ante el Comité
contra la Tortura de la mayor organización internacional con que
contamos.
¿Pero por qué solamente ahí es objeto de debate esta situación?
¿Por qué no ha cobrado más fuerza nacional un debate sobre tal uso tan desproporcionado de la fuerza?
En el caso concreto de la violación de
los derechos de Leopoldo López, que ciertamente no ha dejado de
estremecer real y simbólicamente a la opinión dentro y fuera de nuestro
país, el Gobierno no pudo precisar esta semana en la ONU en qué medida
el discurso de López pudo haber dado lugar a los incendios y los delitos
de que le acusa.
Nada.
Solamente el uso del odio como sistema.
El deseo de un régimen, de un Presidente, de intentar afirmarse en el
sometiendo a la disidencia y el exterminio.
Desde entonces, aquí nadie mueve un músculo más allá de la retórica y la formulación de las “listas” para la Asamblea.
Y sí: aquí Leopoldo López hizo una apuesta.
Su propósito era (quizás, en el fondo,
aparte de construir una propuesta de calle) lanzar un desafío electoral
para liderar a la oposición. Y tal vez hasta para acabar con la MUD y
con la jefatura de Henrique Capriles Radonski y ser el jefe de la
oposición en 2015, con el rango de diputado. Algo absolutamente válido
desde el punto de vista político.
Y cayó.
Como cayó María Corina.
Pero desde entonces, amigo lector, se
abrió una gran trampa para nuestra dirigencia política. Una trampa que
aún no se ha cerrado y que late en las profundidades como una gran
interrogante republicana: ¿cómo te relacionas con un gobierno cruel y
sanguinario en busca de una salida, sin que se te voltee la calle en
contra?
Nicolás Maduro, en apenas este año, ha
metido presa a más gente física y verbalmente en pocas semanas que Hugo
Chávez en 14 años.
Y sin embargo, hasta ahora, desde la
oposición no se convocado una magna concentración ni una marcha
multitudinaria nacional. Ni siquiera para que saquen de la cárcel a los
presos.
No se ha convocado una sola concentración contra el trato cruel, contra la tortura.
¡Y no hablemos de la situación de ruina nacional! Del ahogamiento de la población ante lo que viene.
Todos los jueces se han limitado a
señalar que las pruebas para demostrar la inocencia de Leopoldo López
son improcedentes porque así lo quiere la Fiscal, cuyo organismo tiene
el poder de negar la más mínima prueba al acusado, sometiéndolo a una
total indefensión.
Y Amnistía Internacional no sólo exige
la libertad de Leopoldo López, sino que también le exige al gobierno
cumplir con el dictamen de la ONU.
Como todos: Amnistía exige un juicio justo.
Y así como el gobierno abandonó en
septiembre de 2013 el sistema interamericano de justicia, la Convención
Americana sobre Derechos Humanos y la Corte, ¿se irá ahora de la ONU?
Porque lo que si vio ante la ONU fue que
el Estado, el gobierno de Venezuela, no supo responder con
concreción ni con exactitud. Ni ante las denuncias de más de 3000
personas detenidas en la represión de las protestas y desnudadas,
amenazadas de violación, a quienes de acuerdo con las ONGs no se les
permitió el acceso a un médico, ni a un abogado ni a contactar con
sus familias, junto a otras alegaciones de tortura. Sumen a eso otras
conductas (sí: ya hoy nos olvidamos de eaqullo) como la denuncia de
“algunas mujeres que sufrieron acoso sexual, tuvieron que realizar sexo
oral, algunas fueron violadas sexualmente, muchas fueron humilladas por
ser mujeres y hubo inspecciones vaginales y anales”.
¡Por Dios!
Jamás debemos olvidar todo esto. Y menos
por razones mezquinas y político partidistas como las que mantienen
dividida a la oposición y la hacen perder la visión de totalidad.
Jamás debemos olvidar.
De acuerdo con la “economía del crimen”,
los potenciales delincuentes no consideran para delinquir la sanción
prevista en la ley sino la relación entre la pena posible y la
probabilidad de que la misma les sea efectivamente impuesta. Es decir:
si el delincuente entiende que la posibilidad de ser atrapado
(investigado, procesado o sentenciado) es baja, entonces mantendrá altos
incentivos para delinquir y continuar haciéndolo.
Y, a veces, amigo lector, ni acudiendo a la ONU se obtiene algo.
Así que, amigo Leopoldo, aguante. Porque aquí, al menos por ahora, nadie se mueve
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