Thursday, November 6, 2014

El olvido

En: http://www.eluniversal.com/opinion/141106/el-olvido

RICARDO GIL OTAIZA |  EL UNIVERSAL
jueves 6 de noviembre de 2014  12:00 AM

En el prefacio de su libro La letra e (1998) el ingenioso autor guatemalteco Augusto Monterroso escribe una frase lapidaria, contundente, que nos deja estupefactos ante la realidad: "Nuestros libros son los ríos que van a dar en la mar que es el olvido". Dura sentencia, pero que suele ser una verdad del tamaño de la sierra de Mérida. Pensamos que la obra nos trascenderá, que es nuestro pasaporte a la inmortalidad y no contamos con esa terrible variable dependiente que es el olvido. Todo lo humano va a dar tarde o temprano a ese ingrato río que todo se lo lleva para siempre. Poco antes de fallecer el gran escritor Arturo Uslar Pietri afirmó con cierto dejo de nostalgia que tal vez lo único que lo sobrevivirá de su obra sean algunos de sus cuentos. En aquella oportunidad cuando leí su declaración pensé que se trataba de una de sus consabidas hipérboles; de esas frases que soltaba al voleo para alborotar a los medios y así reírse un poco del mundo. No obstante, de un tiempo a esta parte he terminado por creer que el autor de Lanzas coloradas, Oficio de difuntos, La visita en el tiempo y tantos otros libros de gran resonancia nacional y continental (en su hora), no solo tenía razón cuando hizo tal afirmación, sino que fue bastante generoso y condescendiente en su pronóstico, porque luego de trece años de ausencia su portentosa obra ha caído en una fase de tal oscuridad (o penumbra, para ser optimistas), que sus cuentos a duras penas son recordados por académicos en busca de temas para trabajos de ascenso y tesis doctorales. Es más: si no fuese por los requerimientos escolares que aún permanecen vivos en algunas instituciones de la vieja guardia, hoy miles de niños y jóvenes estudiantes de primaria y bachillerato no sabrían decir con claridad quién fue y qué representó para Venezuela y América Latina la figura de Uslar Pietri. Lamentable, pero es así.

Un caso parecido (o quizás más emblemático, debido al tiempo que nos separa desde su muerte acaecida en 1965) es el de don Mariano Picón-Salas: figura relevante de la primera mitad del siglo XX venezolano, quien nos legó una sólida obra ensayística y una novela, Viaje al amanecer, rayana con la excelsitud. A pesar de la bienal de literatura que lleva su nombre, y del premio homónimo en narrativa, sus libros son apenas disfrutados por cenáculos, por sutiles investigadores y su nombre ha caído en una suerte de limbo que amenaza con llevarse por delante todo aquello que edificó en su no tan largo periplo vital, pero que debería representar para Mérida (su cuna), y para el país, fuente de gozo y de supremo orgullo.  Y vemos que esto no se corresponde con lo que acontece. Si bien los esfuerzos de su única hija, Delia Picón-Salas de Morles, también fallecida, al reeditar sus Obras selectas (de la mano de Americana de Reaseguros y de la Universidad Católica Andrés Bello, 2008), así como también las Prosas sin finalidad, en las que incluyó los textos no selectos de su padre, aseguran la presencia del grueso de la obra de Picón-Salas en bibliotecas nacionales y del extranjero, hoy su nombre se ha convertido en el lugar común de oradores eruditos, de lectores de ayer y de académicos de viejo cuño, pero que muy poco significa para las nuevas generaciones de venezolanos que debieran conocer en profundidad su obra para intentar comprender nuestro devenir como país, y como continente mestizo.

Podría seguir dando ejemplos de escritores y de sus obras que hoy por hoy son inencontrables y pasto del olvido: Salvador Garmendia, Denzil Romero, Juan Liscano, Oswaldo Trejo, José Ramón Medina, Stefanía Mosca, Héctor Mujica, Julio Miranda, Guillermo Meneses, José Rafael Pocaterra, Julio Garmendia, Vicente Gerbasi, Adriano González León, Francisco Herrera Luque, Pedro Berroeta, Alfonso Cuesta y Cuesta, y muchos otros. Tal vez los escritores creamos en lo más profundo de nuestro ser que nuestra obra perdurará, que le ganará la carrera a la inquina del tiempo, pero la realidad no alcanza para tanto; basta con los afanes en vida, con la falsa presunción de perennidad para darnos por satisfechos en el día  a día y en el ahora, porque no somos dueños (por desgracia) de esa abstracción (¿eufemismo?) que hemos dado por llamar "el mañana".

No comments:

Post a Comment