En los primeros tiempos del chavismo, nunca vimos al capitán exaltando la figura del tótem Fidel Castro. Ahora hasta lo visita en La Habana. Tampoco hablaba Cabello con la típica jerga revolucionaria ni apelaba a los íconos comunistas. Ahora cita al Che. ¿El viraje que ha dado el presidente de la Asamblea Nacional es táctico? Para Marea Socialista, es un portaestandarte de la derecha endógena. Para los que apostaban a que auspiciara un cambio en el modelo económico, es un militante de la izquierda anquilosada.
Por Gloria M. Bastidas.-
Diosdado Cabello militó en la ultra. Él mismo lo aclaró una vez en una entrevista que diera a Globovisión. Sí: en sus años mozos se adhirió a Bandera Roja. Pero, más allá de eso, y de que se haya enrolado después en el proyecto conspirativo de Hugo Chávez, que en principio no se proclamaba abiertamente marxista, pero que siempre lo fue, la verdadera naturaleza ideológica de Cabello ha sido siempre un gran enigma. ¿Es un comunista de raza? Muchos pensaban que no. Incluso: le calzaban la etiqueta de ser el capitoste de la llamada derecha endógena. Ciertamente, había algo que llamaba la atención: el capitán no solía usar la jerga revolucionaria. Su discurso era, si se quiere, aséptico. Libre de trazas izquierdosas. Tan sólo usaba el vocativo “camaradas”. Lo sigue usando. Pero digamos que, desde el punto de vista lingüístico, Cabello no pasaba por ser un típico revolucionario; un cuadro. Y uno no sabe si esa distancia que mediaba entre su militancia y su verbo obedecía a la necesidad de cuidarse (¿cuidarse de qué?) o porque no le nacía desde los más profundo de sus entrañas semánticas hablar como suelen hablar los revolucionarios.
Antes de seguir, conviene aclarar algo: Cabello no es un hombre de grandes elaboraciones teóricas, ni es un militar-político que se destaque por su potente discurso. Su fuerte no es dirigirse a un auditorio. Lo que no le resta inteligencia y astucia: fue el segundo de una promoción de 216 graduandos. Ha demostrado que tiene talento académico y que tiene talento para navegar en el poder. Y dentro de la élite chavista ocupa una posición clave. Lo que llamaba la atención no es que su discurso estuviera exento de sex appeal. Lo que llamaba la atención es que parecía que, cuando hablaba, escogía las palabras con pinzas o que su subconsciente le impedía hacerse portador genuino de la jerga revolucionaria. Y quizás por eso el capitán Cabello no sonaba auténtico ante los ojos de sus correligionarios. Quizá por esa incongruencia lingüística levantaba sospechas. Los verdaderos revolucionarios se conocen entre sí. Cabello sonaba como un importado. Como un extranjero en el paraíso del proyecto chavista, aunque, paradójicamente, hubiera cerrado filas alrededor de Chávez desde los días en que estaba en el Ejército.
En los primeros tiempos del chavismo, nunca (o muy pocas veces) vimos a Cabello exaltando la figura del tótem Fidel Castro. Chávez, desde luego, lo saludaba hasta en inglés. Chávez tenía esa virtud comunicacional: la de entablar diálogo fluido con los dioses. Nicolás Maduro también le rinde honores con rango de fetiche. Pero Diosdado Cabello no lo hacía. Y esto, aparte de su propensión, consciente o inconsciente, a no usar la jerga revolucionaria, también llamaba poderosamente la atención. Tampoco veíamos a Cabello hablando de Antonio Gramsci o de Mao Tse Tung. Era como si en su panteón personal el único que pudiera tener cabida fuese Chávez. El jefe de la revolución venezolana colocado en el altar mayor. ¿Esto obedecería al extremo pragmatismo de Cabello, no muy dado a la literatura política y a los íconos, o vendría dado más bien porque, en el fondo, tenía muy claro que el Muro de Berlín se derrumbó en 1989 y que las utopías, utopías son? El capitán Cabello es un enigma. ¿Es un revolucionario hasta los tuétanos? No se sabe. No se sabía.
Pero ahora hay cosas que han cambiado. Y han cambiado desde que murió Chávez. En junio de 2013, tuvimos una prueba contundente: Diosdado Cabello, el tipo que nunca o casi nunca hablaba de Fidel, estuvo de visita oficial en La Habana. Fue recibido en el aeropuerto por un Raúl Castro ataviado con una guayabera blanca (las guayaberas las usan los jefes de Estado en América Latina para recordarnos que ellos también son light; que el poder también tiene su ángulo casual), e iba acompañado del entonces zar de la economía Rafael Ramírez. La fotografía del momento los presenta (a los tres) embargados por la emoción. Raúl Castro esboza la sonrisa omnipotente de quien es dueño de un país y recibe, como anfitrión, a quien, de algún modo, controla el aparato militar y las instituciones de Venezuela (Cabello: el gran causahabiente de Chávez además de Maduro) y a quien, a la sazón, controla la chequera petrolera que también surte a la revolución cubana. Ya, allí, se nota a Diosdado Cabello en otro plano. El plano del macropoder. ¿Qué importa la ideología? Es un Diosdado Cabello que entra, por efecto de la sucesión chavista, a otra dimensión.
Y, luego de esa escena, el diario Granma nos muestra otra muy importante. La del encuentro entre Fidel Castro (ataviado con un sombrero de cogollo: la sencillez es un valor revolucionario) y el presidente de la Asamblea Nacional y jerarca del PSUV, Diosdado Cabello, enfundado éste en una camisa roja a la que solo le faltaba la hoz y el martillo. ¿Habrá pensado el capitán, en ese encuentro crucial, por qué demonios su interlocutor, Fidel Castro, abogó por la selección de Maduro como sucesor de Chávez y no por él, un hombre del 4F, un originario? ¿Le habrá pasado factura aunque fuera de manera simbólica y mental? No importa: Cabello sabe que él es el poder fáctico. Y también sabe que necesita a los cubanos porque los cubanos, que han controlado a la isla durante medio siglo, tienen la patente para preservar el poder. Y esa patente vale oro en la Venezuela post Chávez. ¿Será por eso, y porque ahora Cabello es el poder real, por lo que Fidel Castro ha entrado de pronto en el santuario del capitán?
Si Cabello no era comunista de vocación, tal vez haya tenido que convertirse en revolucionario forzado por las circunstancias. ¿O es un juego táctico y podríamos ver, en el futuro, a un Diosdado Cabello más distante de la receta cubana? Eso no es descartable porque en política nada lo es. Y en Venezuela puedan pasar muchas cosas. Pero lo que se aprecia hoy parece indicar lo contrario: un Diosdado Cabello que vira hacia la izquierda, en medio de una descomunal crisis económica que tendrá repercusiones sociales. Claro que el signo ideológico del capitán sigue suscitando dudas. No hablemos del Colectivo 5 de marzo, que lo ha sentenciado y demanda su defenestración como presidente de la Asamblea Nacional. Hablemos de la corriente chavista Marea Socialista, que sostiene que la nomenklatura ha abandonado el legado de Chávez y para la cual, en consecuencia, el capitán Cabello es una ficha de la derecha endógena. Pero, para quienes tenían cifradas sus esperanzas en que Cabello podría haber auspiciado un cambio en el modelo económico del gobierno, el capitán está sentado en el ala izquierda de la revolución.
Las cosas han cambiado no sólo porque el presidente del Parlamento ahora ha sumado a Fidel Castro a su panteón. Aunque -dato interesante- Cabello no incluye imágenes del líder de la revolución cubana en la escenografía de su programa televisivo Con el mazo dando. Las imágenes que allí se exhiben son las del propio Chávez, las de Bolívar y las de los otros héroes de la independencia de Venezuela). También han cambiado las cosas porque su jerga se hace explícitamente revolucionaria. Es como si su subconsciente le hubiera expedido licencia para hablar como un verdadero comunista. Como un revolucionario. Como si algo hubiera cambiado. Ahora vemos a un Diosdado Cabello que en la asamblea del PSUV celebrada en Falcón esta semana, por ejemplo, blande un librito rojo y lee ante los militantes una cita del Che Guevara. Lo mismo que hacía Chávez. Lo que hace a menudo Maduro. Es un Cabello que empieza a adoctrinar. Que difunde el evangelio revolucionario. Ya no es el aséptico aquel que dirigía CONATEL. Ya es menos enigma y más revolución. ¿Pero ese viraje es real o es fingido? ¿Por cuánto tiempo veremos al capitán en modo comunista y revolucionario? Eso sólo lo dirá la historia. Y la historia da sorpresas.
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