Fernando Mires
Han puesto el grito en el cielo.
En España, el recién formado Podemos apareció situado en el primer lugar de las
encuestas sin que ninguno de sus dirigentes hubiera dicho o hecho algo
significativo (el partido todavía no tiene programa). No han faltado quienes
afirman que su fundador, el joven profesor Pablo Iglesias, es el Chávez español.
Quienes creen que Podemos es la
versión española del chavismo ignoran que la principal característica del
chavismo no es ese estofado ideológico llamado "socialismo del siglo
XXl", ni tampoco su innegable carácter popular. El chavismo ese es el
punto que lo distingue de otros partidos populistas de América Latina- tuvo
desde sus comienzos un origen militarista. No es el caso de Podemos.
Podemos tiene un origen
académico, es decir, ideológico. Eso no lo hace más democrático. Pero por el
momento emerge como una articulación formada entre elites académicas y sectores
sociales sin representación política.
Podemos es todavía un movimiento
de protesta. Si será una aparición ocasional o llegó para quedarse, nadie lo
puede saber. Pero ciertos indicios permiten afirmar que la segunda posibilidad
hay que estimarla.
Desde una perspectiva histórica
"larga", Podemos cubre un espacio sin representación. Se trata de
sectores que no han podido ser absorbidos por formas y modos de producción que
requieren tecnologías ahorrativas de fuerza de trabajo. En ese sentido, así
como los socialistas y comunistas de ayer son hijos de la sociedad industrial,
Podemos podría ser un hijo de la sociedad digital.
Si analizamos el mismo fenómeno
desde una perspectiva "corta", es posible comprobar que Podemos en
cierto modo, expresión política del ex movimiento de los "indignados"
asume parte de la indignación en contra de la manifiesta y notoria corrupción
de los dos principales partidos políticos, el PP y el PSOE.
Para una gran parte de la ciudadanía,
los dos grandes partidos son percibidos como expresiones de una misma clase
política. Podemos, para sus seguidores, sería entonces una promesa destinada a
purificar a la política de la nación. La verdad, bajo determinadas condiciones,
hasta podría lograrlo. Pero no porque Podemos sea democrático, sino porque
todavía no lo es.
Es decir, Podemos puede ser una
amenaza que obligue a los partidos políticos a asumir la lucha política en la
intensidad que ella demanda. Podemos, como casi todos los partidos-protesta,
puede llegar a ser parte de la estructura política española. ¿No fueron al fin
integrados en Alemania los radicales ecologistas y después la Linke (partido
heredero de la dictadura de la RDA) al orden institucional sin que este se
resintiera en lo más mínimo?
No hay ninguna ley relativa a la
imposibilidad de que nuevos partidos sean integrados en los sistemas políticos.
El problema, claro, es la magnitud del lugar que ocuparán. Algo imposible saber
de antemano. Pues ese lugar deberá ser resultado de la lucha política. Y eso es
precisamente lo que trae consigo Podemos: la posibilidad de incentivar esa
lucha aunque sea en su contra- en un país donde la política languidece.
La integración de Podemos es
riesgosa. Pero sin riesgos no hay política. Es en cierto modo el mismo riesgo
que enfrenta Francia ante el ascenso hasta ahora, imparable- del Frente
Nacional de Marine Le Pen. Ambos, FN y Podemos, son partidos equivalentes al
periodo post-industrial. Ambos articulan la alianza entre elites intelectuales
con nuevas masas emergentes. Ambos surgen como protesta en contra de un orden
político plagado de aburrimiento y carcomido por corrupciones.
Las diferencias entre Podemos y
FN son más bien de tipo cultural que políticas. FN es un partido con dos alas.
Intenta atraer a los conservadores extremos y al mismo tiempo a sectores
plebeyos. En gran parte Marine Le Pen lo ha conseguido. Como diría Hannah
Arendt, Marine representa una alianza entre las elites y el populacho (Mob).
Sobre esa base orienta su no oscuro deseo de obtener el gobierno.
¿Lo conseguirá? Nadie duda de que
está muy cerca. Por de pronto, Marine ha convertido a esa tropa de nazis que
heredó de su padre, en un partido político moderno. Fascista, dirán muchos. De
acuerdo, pero se trata de un fascismo adaptado a las condiciones del siglo XXl.
Así, Marine se ha rodeado de ultra-conservadores, pero también de osados
populistas.
Marine Le Pen intenta restringir
el aborto y los ultramontanos cristianos la aplauden. Intenta detener la ola
migratoria, limitar la práctica de la religión musulmana, desatar una lucha de
clases en contra de los trabajadores extranjeros, y el populacho xenófobo la
aplaude. Intenta reemplazar el euro por el franco, abandonar la OTAN y la UE, y
los nacionalistas y ex izquierdistas, la aplauden.
¿Qué tiene que ver eso con el
Podemos español? No en todos los puntos, pero sí en algunos políticamente
vitales, las visiones de ambos partidos se cruzan. Por de pronto, los dos
cultivan un anti-norteamericanismo radical. Bajo la forma de antiimperialismo,
Podemos. Bajo la forma de ultra-nacionalismo, FN. Los dos proponen desertar de
la OTAN y de la UE. Los dos se declaran enemigos de la Alemania de Angela
Merkel (con argumentos patrioteros, FN, y "anticapitalistas", Podemos).
Y no por último, ambos apoyan a la Rusia de Putin.
Marine no oculta su admiración
por el líder ruso. Si ella alcanza el gobierno, la alianza entre putinismo y
lepenismo será realidad. La visión anti-alemana, anti-norteamericana, anti- UE
y anti-OTAN de Podemos, también coincide con la estrategia geopolítica del
Kremlin.
Tanto Podemos como FN traen
peligros, si no para la política, por lo menos para la democracia. ¿Ha llegado
la hora en la cual los demócratas deberán abandonar las butacas, salir a las
calles y buscar alianzas defensivas entre sí? Evidentemente, ha llegado. Las
democracias no han entrado todavía a la fase post-política, ni en Europa ni en
ninguna parte. Para que esa utopía se cumpla falta aún mucho tiempo.
Vía Tal Cual
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