Luis Vicente León
La situación económica venezolana se
complica exponencialmente cuando se une un desequilibrio causado por la
aplicación de un modelo de control ineficiente (que desató inflación y
desabastecimiento teniendo altos precios del petróleo), sumado a una
caída del precio del petróleo que viene a complicar las cuentas fiscales
de la Nación.
Es como si estuvieras enfermo de dengue
en la cama y te picara un mosquito con Chicungunya… pero, además,
resulta que la medicina para cada enfermedad está contraindicada para la
otra.
Es evidente que el margen de maniobra del gobierno para mantener la estrategia del statu quo,
sin asumir el reto de ajustar la economía (con todos los costos
políticos que están involucrados y son inevitables), está prácticamente
destruido. Las acciones encubiertas de control de daños que han aplicado
no son suficientes y la presión para “hacer algo” será gigante. Así que
pueden irse por una estrategia de ajuste sin anuncios más agresivo que
el visto hasta ahora. Aunque la reacción natural que se esperaría sería
liberar el tema cambiario para las empresas productoras privadas del
sector petrolero y eliminar los nudos que impiden que 11 de los 12
convenios de producción petrolera mixta estén funcionando hoy. Y el
gobierno sabe que la OPEP no los acompañará en una estrategia de
reducción de la producción (por el interés saudí de evitar inversiones
en EE.UU.), así que no le queda más remedio que aumentar la producción
interna para compensar algo de los ingresos caídos por el descenso del
precio.
El problema es que esto ni es rápido ni es suficiente.
La segunda opción de discusión seria ir a default
de deuda externa y tratar de cubrir su hueco con la plata que requiere
para pagar los vencimientos de su deuda. El problema es que un default
de Venezuela sólo se traduciría en un desastre interno todavía peor,
pues el país ni produce suficiente internamente para vivir (quedaría
aislado) ni podría evitar que el mundo entero fuera contra sus activos
externos (barcos de petróleo, cuentas por cobrar, refinerías, etcétera),
algo que colapsaría el sistema, dejando en evidencia el falso dilema de
comida o deuda, porque sin pagar la deuda, por definición, no habrá comida.
Este contexto sólo les dejaría la opción de hacer los ajustes dentro del pentágono de acción tradicional:
1. Devaluar la moneda, para cerrar el déficit y bajar la demanda de divisas.
2. Aumentar el precio de la gasolina, para eliminar un desagüe de recursos de casi 10 billones de dolares.
3. Reducir los apoyos internacionales con el objetivo de bajar el gasto.
4. Vender algunos activos externos, como una medida cortoplacista pero muy útil para cubrir el hueco fiscal.
5. Reducción del déficit controlando la ineficiencia del Estado, producida por el incremento descomunal de empleados que sostiene y por el crecimiento de importaciones públicas, las cuales ya son 4 veces más ineficientes que las del sector privado y explotan la demanda de divisas, con ineficiencia y corrupción.
2. Aumentar el precio de la gasolina, para eliminar un desagüe de recursos de casi 10 billones de dolares.
3. Reducir los apoyos internacionales con el objetivo de bajar el gasto.
4. Vender algunos activos externos, como una medida cortoplacista pero muy útil para cubrir el hueco fiscal.
5. Reducción del déficit controlando la ineficiencia del Estado, producida por el incremento descomunal de empleados que sostiene y por el crecimiento de importaciones públicas, las cuales ya son 4 veces más ineficientes que las del sector privado y explotan la demanda de divisas, con ineficiencia y corrupción.
La única otra opción sería radicalizar
el modelo. Comunicar la economía y controlar todos los factores de
producción, pero no a través de expropiaciones sino del control total de
las importaciones. En resumen: que en definitiva toman el control
empírico de las empresas. Todo esto bajo la tesis de que si el Estado lo
controla, puede vender en bolívares al precio que quiera, sin que el
tipo de cambio sea un valor relevante. Y por supuesto que ésa es una
tesis primitiva y probadamente ineficiente, pero que tiene un asidero
ideológico en los radicales del oficialismo (y en quienes hacen negocios
directos con la distorsión que eso genera).
El tema es que en cualquiera de esos escenarios la inflación en 2015 será muy elevada en 2015.
Si el gobierno escoge la acción “menos
mala” de las descritas (e incluso si aplicará la mejor posible), luego
de tantos años de rezago en las medidas será imposible evitar ajustes
severos de los precios para poder garantizar abastecimiento. Y esto no
se refiere a inflación continua, pues sabemos que este modelo tendería a
estabilizar los precios en el mediano plazo. Mientras que, por otra
parte, la devaluación cerraría el déficit de PDVSA y el financiamiento
inorgánico del Banco Central de Venezuela (ese gran motor de la
inflación) se desaceleraría, con lo que existirían compensadores que
hacen prever que los aumentos serán menos que los proporcionales a la
devaluación. Pero sin duda el mercado tendría ajustes de tres dígitos
que, por lo menos para un año, serían una proyección muy probable.
Pero si el gobierno escoge la otra
opción, la de la radicalización, es posible que la data de inflación
pueda verse en números inferiores en corto plazo, pero no por factores
reales sino por excesos de control. El problema inicial estará,
entonces, en la escasez y el desabastecimiento, que sin duda explotarán
de una manera que hará palidecer a lo que se vive en este momento. Y ya
sabemos que en un mercado con estas características se conseguirán
productos a precios regulados entregados por el gobierno (que serán los
que usarán para calcular inflación), pero que no estarán flexibles en el
mercado. Y eso llevará a grandes colas y escasez (que se considera inflación infinita)
y, finalmente, a la necesidad de abastecimiento en el mercado negro a
precios muy superiores a los que se llegaría en el otro escenario.
Algo más: no se trata de una inflación
que veremos publicada por el Banco Central de Venezuela. Incluso es
posible que el BCV finalmente prefiera eliminar el indicador. Pero el
impacto real de los precios y la escasez de este escenario no sólo es
mucho peor (ya en los tres dígitos claramente), sino además permanente y
de tendencia negativa. Así las cosas.
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Contraste la respuesta de LUIS VICENTE LEÓN con las de ASDRÚBAL OLIVEROS, Director de Ecoanalítica, y RONALD BALZA GUANIPA, profesor de la Universidad Católica Andrés Bello
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