OSCAR ARNAL
| EL UNIVERSAL
sábado 15 de noviembre de 2014 12:00 AM
En el siglo XIX José Tadeo
Monagas fue depuesto al intentar perpetuarse como presidente. Páez firmó
el tratado de Coche para terminar con la "Guerra Larga" y se despidió
para siempre del poder. Andueza Palacios al violentar las formas de la
Constitución para alargar el periodo fue expulsado por una revolución.
En cambio Guzmán Blanco, entendió que culminar un tercer periodo, aunque
fuera de dos años era demasiado y se fue para siempre a París. Había
pronunciado aquella lapidaria frase: "Venezuela es un cuero seco, cuando
se pisa por un lado se levanta por el otro".
En el siglo XX, Medina Angarita no avanzó en el clamor que significaba el voto universal, se reservó la designación del sucesor y también fue depuesto. Medina ha podido resistir, pero para evitar un baño de sangre entre compatriotas prefirió "tirar la toalla". Pérez Jiménez se dio cuenta que más valía irse con vida que permanecer por la vía de facto en medio de descontentos y salió aprovechando la nocturnidad.
A partir de la separación de Venezuela de "La Gran Colombia", los militares han sido quienes por más tiempo han gobernado. En el siglo XIX apenas Vargas, Tovar, Rojas Paúl y Andueza. Con la excepción de Rojas Paúl todos fueron derrocados o renunciaron, y ninguno gobernó más de dos años. En el ocaso decimonónico se sintió el estribillo: "Ya basta de tanta guerra, porque esta tierra se va a acabar, generales, coroneles, no la dejan descansar".
En el siglo XX el rumbo militar era el mismo: Castro, Gómez, López Contreras, Medina, Delgado Chalbault y Pérez Jiménez. La excepción fue el trienio de la revolución de octubre. Hasta que apareció la llamada "República Civil" donde se eligieron sin interrupción los presidentes civiles desde 1958 con Betancourt hasta 1998 con Caldera. Nunca antes se habían alternado por décadas, a través del voto popular los civiles en el poder. Los avances democráticos se vieron afectados por la "montaña rusa" de los precios petroleros. Sin embargo, el país por fin eligió a sus gobernantes de manera ininterrumpida hasta hoy, cuando siguen gobernando los militares de una u otra manera.
La amenaza golpista siempre está latente en América Latina. En la mayoría de nuestros países los militares se dieron golpes entre ellos. Lo mismo sucedió en Venezuela, el mejor ejemplo el de Gómez contra Castro. Herrera Luque antes de morir pronosticó que la bota castrense volvería a pisar duro la institucionalidad.
La familia militar no es ajena al mundo civil, aunque como cualquier grupo se prefieran entre ellos. Hoy los militares que juran ser leales a la Constitución, saben que la misma, si es irrespetada exige ser repuesta. La crisis económica también es caldo de cultivo para producir una insurrección y fue sobre todo lo que tumbó a Salvador Allende. El desorden, la corrupción y la anarquía son otras de las excusas preferidas, junto a las pugnas partidistas estériles. El nacionalismo expresado en pérdida de territorio o injerencia extranjera otro argumento para actuar. Para el extremismo cualquier argumento es bueno. Una de las reformas introducidas en la Constitución de 1999 es un arma de doble filo. Antes, en la de 1961, los ascensos militares de los altos oficiales dependían de la aprobación de un cuerpo colegiado como el Parlamento, ahora solo del presidente de la República. Un error que desconozca méritos puede provocar reacciones. Un comandante receloso es más peligroso "que mono con hojilla".
Cuando se cierran los caminos de acceso legítimo al poder y se coarta la alternancia comienzan también las conspiraciones civiles. Cuando se llenan las cárceles de estudiantes, presos políticos o líderes emblemáticos pasa lo mismo. Cuando se secuestran los poderes públicos también.
En el pasado la América Latina estuvo gobernada sobre todo por "gorilas" que violentaron los derechos humanos y cercenaron las libertades. No respetaron nada. Lo peor es que para ganar popularidad muchos enfrentaron a nuestros países por luchas limítrofes fratricidas. Fue la ley de la selva donde el más fuerte se impuso. En Venezuela Juan Vicente Gómez tuvo como lema: "unión, paz y trabajo". La disidencia corrió el rumor: "la unión es en las cárceles, la paz en los cementerios y el trabajo en las carreteras".
Con la revolución tecnológica, la interconexión mundial, las redes sociales y la inmediatez de las comunicaciones se ha reducido la posibilidad de que algún hecho que cause estupor por violentar derechos pase de largo. Los organismos internacionales, las ONG, medios de comunicación y todos los factores de presión en una sociedad están alertas para denunciar atropellos. Si en Venezuela recrudece la violencia o las violaciones al Estado de derecho el gobierno tiene mucho más que perder. Cualquier aventurero podría aprovechar tamaña oportunidad.
@OscarArnal
osarnalg@ucab.edu.ve
En el siglo XX, Medina Angarita no avanzó en el clamor que significaba el voto universal, se reservó la designación del sucesor y también fue depuesto. Medina ha podido resistir, pero para evitar un baño de sangre entre compatriotas prefirió "tirar la toalla". Pérez Jiménez se dio cuenta que más valía irse con vida que permanecer por la vía de facto en medio de descontentos y salió aprovechando la nocturnidad.
A partir de la separación de Venezuela de "La Gran Colombia", los militares han sido quienes por más tiempo han gobernado. En el siglo XIX apenas Vargas, Tovar, Rojas Paúl y Andueza. Con la excepción de Rojas Paúl todos fueron derrocados o renunciaron, y ninguno gobernó más de dos años. En el ocaso decimonónico se sintió el estribillo: "Ya basta de tanta guerra, porque esta tierra se va a acabar, generales, coroneles, no la dejan descansar".
En el siglo XX el rumbo militar era el mismo: Castro, Gómez, López Contreras, Medina, Delgado Chalbault y Pérez Jiménez. La excepción fue el trienio de la revolución de octubre. Hasta que apareció la llamada "República Civil" donde se eligieron sin interrupción los presidentes civiles desde 1958 con Betancourt hasta 1998 con Caldera. Nunca antes se habían alternado por décadas, a través del voto popular los civiles en el poder. Los avances democráticos se vieron afectados por la "montaña rusa" de los precios petroleros. Sin embargo, el país por fin eligió a sus gobernantes de manera ininterrumpida hasta hoy, cuando siguen gobernando los militares de una u otra manera.
La amenaza golpista siempre está latente en América Latina. En la mayoría de nuestros países los militares se dieron golpes entre ellos. Lo mismo sucedió en Venezuela, el mejor ejemplo el de Gómez contra Castro. Herrera Luque antes de morir pronosticó que la bota castrense volvería a pisar duro la institucionalidad.
La familia militar no es ajena al mundo civil, aunque como cualquier grupo se prefieran entre ellos. Hoy los militares que juran ser leales a la Constitución, saben que la misma, si es irrespetada exige ser repuesta. La crisis económica también es caldo de cultivo para producir una insurrección y fue sobre todo lo que tumbó a Salvador Allende. El desorden, la corrupción y la anarquía son otras de las excusas preferidas, junto a las pugnas partidistas estériles. El nacionalismo expresado en pérdida de territorio o injerencia extranjera otro argumento para actuar. Para el extremismo cualquier argumento es bueno. Una de las reformas introducidas en la Constitución de 1999 es un arma de doble filo. Antes, en la de 1961, los ascensos militares de los altos oficiales dependían de la aprobación de un cuerpo colegiado como el Parlamento, ahora solo del presidente de la República. Un error que desconozca méritos puede provocar reacciones. Un comandante receloso es más peligroso "que mono con hojilla".
Cuando se cierran los caminos de acceso legítimo al poder y se coarta la alternancia comienzan también las conspiraciones civiles. Cuando se llenan las cárceles de estudiantes, presos políticos o líderes emblemáticos pasa lo mismo. Cuando se secuestran los poderes públicos también.
En el pasado la América Latina estuvo gobernada sobre todo por "gorilas" que violentaron los derechos humanos y cercenaron las libertades. No respetaron nada. Lo peor es que para ganar popularidad muchos enfrentaron a nuestros países por luchas limítrofes fratricidas. Fue la ley de la selva donde el más fuerte se impuso. En Venezuela Juan Vicente Gómez tuvo como lema: "unión, paz y trabajo". La disidencia corrió el rumor: "la unión es en las cárceles, la paz en los cementerios y el trabajo en las carreteras".
Con la revolución tecnológica, la interconexión mundial, las redes sociales y la inmediatez de las comunicaciones se ha reducido la posibilidad de que algún hecho que cause estupor por violentar derechos pase de largo. Los organismos internacionales, las ONG, medios de comunicación y todos los factores de presión en una sociedad están alertas para denunciar atropellos. Si en Venezuela recrudece la violencia o las violaciones al Estado de derecho el gobierno tiene mucho más que perder. Cualquier aventurero podría aprovechar tamaña oportunidad.
@OscarArnal
osarnalg@ucab.edu.ve
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