Tienen unas cuantas vidas, los gatos: siete o nueve, dicen. Creo que he
aprendido, no a quererlos como para convivir con ellos, pero sí a hacerme la
vista gorda en su presencia, pues leí que quien los odia reencarna como ratón;
por si fuera poco, hay dualidad de pareceres respecto a sus extremidades. Levé,
por eso, anclas para navegar por Internet a fin de encontrar un diccionario
razonado de paremias y atraqué en el portal de la Fundación de la Lengua
Española. Aquí constaté qué hay quienes buscan tres pies al gato y no cinco
como estipula la lógica, pues encontrar un trío en un cuarteto es una bolsería,
mientras que hallar un quinteto sí que sería rizar el rizo o cuadrar el
círculo. No averigüé si las diferencias numéricas eran sustantivas o formales;
pero, la verdad no importa, porque sean tres o cinco, esta gente (como la
denomina Francisco Suniaga), que dice gobernar y lo que hace es segregar y
excluir, no atina a dar con una extremidad que garantice equilibrio y
trastabilla en su afán de demostrar lo imposible o certificar lo improbable
mediante falaces argumentos y engañosos razonamientos.
Eso de “buscarle tres pies al gato” se lo debemos a Miguel de Cervantes,
y hay hipótesis que postulan que el escritor complutense aludía a los pies
métricos de la palabra gato, que son dos, y no a félido viviente alguno;
Covarrubias –contemporáneo del príncipe de los ingenios – sostiene, sin
embargo, que lo indicado es tratar de hallar la quinta pata, esa que alguno
podría confundir con el rabo – esto no lo dice el lexicógrafo toledano, pero
insinúa que en tiempos anteriores a él era factible que tal cosa sucediera. En
todo caso, no importa en procura de cuál pata se lanzó el chavismo cuando, en
su delirio comunal y buscando lo que no se le había perdido, comenzó a fomentar
la multiplicación de formaciones parainstitucionales, capaces de imponer su
anárquica agenda a los poderes públicos, para desembocar en una crisis de
gobernabilidad que socava la precaria estabilidad de la República. Y no es esta
una afirmación exagerada, sino una conclusión que se desprende de los
acontecimientos que han colocado al Ejecutivo entre la espada y la pared al
punto de que, sin saber de cuál palo guindarse, ensaya una reorganización de
los cuerpos represivos que no se traducirá en mejoras, porque entre las
credenciales de los responsables de adelantarla sobresale su probada ineptitud
en materia de seguridad.
El país, después de 15 años de desvarío populista, ha pasado a ser
administrado abiertamente por una cúpula verde oliva, que enrojece cuando le
conviene y tiene bajo su férula a un puñado de civiles que marchan al ritmo de
las marciales notas que entona la Fuerza Armada Nacional Bolivariana; y ésta,
cabe deducir más que especular – estaría bailando al son que tocan en La
Habana. ¿Por qué tales afirmaciones? Porque aunque el Ejecutivo ha traspasado
casi por completo la toma de decisiones a Fuerte Tiuna, buena parte del
monopolio de la violencia legítima ha ido a parar a esa felina extremidad,
faltante o sobrante, representada por los colectivos.
Esa anomalía es lo que nos hace sospechar que hay una especie de plan
maestro – diseñado a instancias de los Castro, y con la anuencia del eterno que
aún no era muerto sino moribundo, para asegurar la terca supervivencia, no ya
de una caduca ideología que más bien estorba, sino de una satrapía
gerontocrática y de un confuso proyecto absolutista a contracorriente de la
modernidad– sustentados en el parcelamiento restringido del poder, la
polarización extrema de la sociedad y la exaltación del líder o, en nuestro
caso, de su espectral omnipresencia.
Para
romper ese perverso esquema, que se traduce en una morbosa y sadomasoquista
relación con el gobierno, no es aconsejable hurgar entre las piernas del
enigmático cuadrúpedo –de ello debería estar consciente el liderazgo opositor–,
sino contraponer una oferta que dignifique al individuo y no lo haga
dependiente de la caridad pública en vez del trabajo estable y bien remunerado,
como condición indispensable para reconocerse como ser social. De este modo sepultaremos
de una vez por todas a Bolívar y a su funesta secuela de sedicentes legatarios
–Guzmán, Gómez, Pérez Jiménez, Chávez– y exorcizaremos los fantasmas de un ayer
sin fin aparente. De lo contrario seguiremos siendo, como diría Borges, unos
presocráticos con todo el pasado por delante.
Vía El Nacional
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