Fernando Mires
El imperio soviético parecía ser una de
las formaciones geopolíticas más estables de la historia universal. Por
lo menos para las ciencias sociales modernas. Y de pronto, toda esa
estabilidad monolítica demostró que sólo era pura apariencia,
derrumbándose como castillo de naipes en un lapso que duró menos de un
año.
¿Por qué ni los más destacados sovietólogos pudieron predecir el derrumbe? La pregunta es importante pues si hay un hecho histórico que obliga a pensar que las ciencias sociales y políticas contemporáneas han fracasado, por lo menos en su capacidad de predicción, ese es precisamente el derrumbe del comunismo.
Ni siquiera ese derrumbe fue el producto
de una derrota militar o por lo menos de una capitulación frente a un
enemigo todopoderoso. En ese sentido resulta interesante destacar que
los únicos que hablan de “la victoria del capitalismo” son sectores
intelectuales que provienen de una tradición socialista. Los
partidarios del “mundo libre” se cuidan de ver en el derrumbe del
comunismo una victoria propia, pues ellos también fueron sorprendidos
con los acontecimientos que se desataron en 1989.
¿Por qué esa incapacidad de los expertos políticos para por lo menos prever parte de los acontecimientos?
Para la ideología del socialismo-real el
fenómeno es en cierto modo explicable. De acuerdo a la visión
progresiva de la historia que prima en ella, el socialismo, incluso en
su monstruosa versión staliniana, era parte de un orden genético
superior al capitalismo, no tanto por ser socialismo, sino por no ser capitalismo.
Por lo tanto, ese socialismo, al representar -hipoteticamente- una
etapa histórica más avanzada que el capitalismo, tenía un sentido
“irreversible”. De acuerdo a esa concepción naturalista de la historia
era más fácil que el ser humano volviera a ser mono a que el socialismo
volviera al capitalismo .
Más problemático es en todo caso
explicar esa incapacidad de predicción entre los intelectuales llamados
“burgueses” quienes al representar intereses más concretos parecían
estar dotados de un sentido más práctico que el de sus
sobreideologizados colegas “socialistas”. Una razón es quizás que muchos
de ellos eran anticomunistas. Y un anticomunista necesita, obviamente,
del comunismo, tanto o más que los comunistas.
Después del comunismo hay una cantidad
de ideólogos anticomunistas despojados de “su oscuro objeto del deseo”.
Pero hay además otra razón tanto o más importante. Los ideólogos
anticomunistas, como los comunistas, habían construído sus instrumentos
conceptuales en un marco histórico común determinado por la
contradicción de bloques, o era bipolar. De acuerdo a los
conceptos propios a ese tiempo, el poderío de una nación se mide por el
crecimiento económico bruto y por su potencialidad militar. Y en ninguno
de esos campos el mundo socialista, pese a la crisis que vivía en el
período Breschnew, era de despreciar.
Hay que convenir entonces que los expertos de ambos bandos operaban en base a criterios puramente cuantitativos y por lo mismo no estaban en condiciones de analizar los profundos cambios culturales producidos en la mayoría de los países del área. Para ellos los procesos culturales no tenían ninguna significación. Sólo importaba el poderío económico y el militar. Lo demás era prosa. Incluso, para algunos políticos occidentales -Kissinger antes que nadie- se hacía necesario no apoyar a los movimientos políticos disidentes de los llamados países socialistas a fin de no “desestabilizar” las relaciones internacionales.
Así se explica que el término más en
boga para designar el derrumbe de los regímenes comunistas, tanto por
los enemigos, como por los amigos del comunismo, haya sido el de colapso.
El término es ideológico. Con ello se quiere significar que el
comunismo era algo así como una maquinaria que funcionaba perfectamente
hasta que de pronto alguna de sus piezas comenzaron a fallar. Me temo
que en el futuro los niños en las escuelas aprenderan de memoria una
versión de los hechos que dice más o menos así:
A fines del
siglo XX se produjeron en el “sistema capitalista” innovaciones
tecnológicas en los terrenos de la computación y de la producción
energética que aumentaron notablemente la productividad. El régimen
soviético, para poder seguir compitiendo con el capitalismo, se vió en
la obligación de introducir tales innovaciones en su economía.
Gorbachov y la Perestroika intentaron crear las condiciones
institucionales para que eso fuera posible. Pero el régimen de la URSS
no estaba preparado para ese tipo de innovaciones, por lo cual se
produjeron desajustes que llevaron al colapso total. Como consecuencia
del colapso de la URSS las naciones dependientes se liberaron, adoptando
todas un régimen de producción basado en la libre economía de mercado.
Punto.
Esa interpretación histórica ligeramente
caricaturizada no es formalmente, falsa. El problema es que es
tautológica y, sobre todo, incompleta. Es tautológica, porque pretende
explicar al colapso por el colapso. Es incompleta, porque intenta
interpretar un hecho histórico haciendo abstracción de su historicidad.
De acuerdo a esa versión todavía dominante, Gorbachov y la Perestroika
aparecen como el hecho determinante en las revoluciones de la periferia
socialista europea las que a su vez son reducidas a simples objetos que
resultan de una causa externa. En términos simples: tal interpretación
pasa por alto una larga historia de negación y resistencia que desde
hacía muchísimos años veníase gestando en los países “socialistas”,
incluyendo a la propia URSS.
¿Qué pasaría en cambio si damos vuelta
esa argumentación, haciendo una lectura exactamente al revés de la que
hoy día parece predominar? De acuerdo a esa nueva lectura podría
afirmarse:
Desde 1956, en
diversos países socialistas venían articulándose formas de protestas,
culturales, sociales y políticas, las que en determinados momentos
fueron sangrientamente aplastadas. Frente a esa realidad, la URSS se vió
inducida a hacer valer su primacía no politica sino que represiva en
los países de su área, esto es, a no ejercer hegemonía, sino dominación.
Precisamente la existencia del llamado bloque socialista era prueba de
que la expansión política del socialismo era imposible, por lo menos en
Europa. Tal imposibilidad de expansión se traduce en un sistema que al
funcionar de acuerdo a mecanismos represivos, no puede competir con el
otro bloque en condiciones ventajosas. En ese sentido cualquiera grieta
al interior del aparato de dominación, debía transformarse en una crisis
del conjunto del imperio. Gorbachov debe ser por lo tanto considerado
como lógica consecuencia del largo proceso de resistencia que tenía
lugar en el mundo socialista, o si se prefiere: como el intento por
introducir la primacía de la política por sobre la de la represión en
las relaciones políticas interimperiales, antes de que fuera demasiado
tarde. El problema es que Gorbachov llegó demasiado tarde, y como el
mismo dijo, quien llega tarde, deberá ser castigado por la vida.
Una interpretación como la expuesta no niega la tesis del colapso. Pero sí la contextualiza,
remitiéndola a un marco de relaciones en donde no existen causas
absolutas. Gorbachov y Perestroika fueron por cierto causas. Pero
también fueron consecuencias de un largo proceso que erosionó las bases
políticas y las relaciones de legitimidad que hasta el imperio más
burocratizado y militar necesita para ejercer su dominación.
La teoría del puro colapso pasa por alto las revoluciones húngaras y polacas de 1956; el levantamiento nacional-popular de Praga en 1968; el nacimiento del KOR y de Solidarnosc en Polonia; los movimientos religiosos de Polonia y de la RDA; Carta 77 en Checoeslovaquia; la gente en las calles; los heridos y muertos caídos bajo los tanques rusos; las protestas nacionalistas y ecologistas en la URSS; los disidentes en la clandestinidad, redactando cada día un panfleto distinto; a Kuron, Mischnik, Havel, Bahro, Solschinizyn y Sacharow, etc; a los que fueron a las cárceles, o a los destierros de frío y hielo; o a las clínicas psiquiátricas, gritando por la libertad con una dignidad que produce escalofríos-
Dicho en síntesis, la reducción de la historia a la pura teoría del colapso, pasa por alto la historia de las revoluciones democráticas de Europa Oriental. Esa es la razón por la que aquí defiendo la tesis contraria. Esa tesis dice así: no fue el colapso lo que produjo la revolución. Fue la revolución la que produjo el colapo.
Para los actores de las revoluciones de
los países de Europa Oriental en cambio, los acontecimientos que
llevaron al “colapso” fueron leídos en directa continuidad con su
propia historia y puede decirse que, aún si esperar que el régimen
cayera tan rápido, y en las formas en que cayó, no fueron tan
sorprendidos con ese derrumbe como ocurrió con los especialistas
occidentales. Para dichos actores, 1989-1991 fue la culminación de una
larga revolución que venía arrastrándose desde decenios. Quizás desde
el momento en que el levantamiento popular húngaro de 1956 fue
sangrientamento aplastado.
De la misma manera como ocurría en la
URSS, las Nomenklaturas de los demás países socialistas pretendían
extraer su legitimidad de una suerte de racionalismo histórico cuyo
punto de realización se encontraba, paradojalmente, en el futuro: en la
construcción final del comunismo, de aquella “sociedad perfecta” en
función de cuya realización todos los sacrificios y expiaciones estaban
permitidos.
Los comunistas en el poder se entendían
como depositarios de una razón histórica de la cual ellos eran sus
mediadores terrenales. La política en ese sentido fue siempre concebida
por ellos como un medio para la realización de esa historia final.
Siendo la historia no determinada por hechos concretos, sino por su
supuesta meta-realidad, el pasado debía ser siempre reescrito de acuerdo
a las distintas estrategias que la Nomenklatura elaboraba para
alcanzar la meta asignada. El marxismo-leninismo, ideología de la clase
dominante en Europa del Este, era radicalmente metafísico.
Los regímenes de tipo orweliano, como
fueron los comunistas, al no poder encontrar su legitimidad en el
presente buscan encontrarlo en el futuro. La gran ventaja que de ahí se
deriva es que, a diferencias del presente, el futuro sólo lo conocen sus
supuestos depositarios, esto es, el Partido y sus bonzos. De este modo
la política era historizada y la historia era politizada. Historia y
Política se legitimaban mutuamente extrayendo sus valores la una de la
otra. No puede extrañar entonces que uno de los proyectos de los
sectores intelectuales disidentes hubiera sido el de despojar a los
diversos regímenes de esa legitimidad histórica que ellos se habían
autoasignado. Pero para que eso fuera posible era necesario separar a la
política oficial de la historia, empresa que requería no sólo revisar
la historia oficial, como ocurrió en la URSS durante Gorbachov, sino,
además, oponer la otra historia.
Podría decirse que en los países
socialistas competían dos historias: la oficial, que tenía su lugar de
residencia en un futuro ignoto, y la verdadera, que se había constituído
precisamente como negación a las diversas dictaduras. La una era una
historia escrita desde el poder. La otra fue escrita desde la
clandestinidad y la resistencia, o desde la práctica de los movimientos
populares que cada cierto tiempo irrumpían en las capitales del Este
europeo. La una vivía en el futuro. La otra en un presente que se
alimentaba del pasado. La una habitaba en el “super ego” del
Partido. La otra latía en el inconciente de los disidentes.
En cierto modo 1989-1990 devolvió a la historia a ese lugar al que siempre debe permanecer: al pasado. Esa fecha señala, en fin, una rebelión de la historia en contra de un “historismo” que en nombre de la historia consumaba su absoluta negación.
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