Estamos ante una sorda competencia entre Diosdado y Maduro para ver quién militariza más el poder. Quién de ellos logra, con mayor rapidez, hacer del país un gran cuartel.
Cada día, Nicolás Maduro parece más un Presidente “asimilado” a las Fuerzas Armadas que aquél fracasado “Presidente Obrero”, slogan con el que trataron de volverlo simpático y asequible a la masa dura chavista. Cada día, Maduro nos recuerda a esos civiles – médicos, odontólogos, ingenieros-, que ofrecen sus servicios a la institución castrense y terminan uniformados, cuadrándose ante los generales y, cómo no, gozando de los privilegios que siempre han acompañado al estamento militar.
Y si al principio de su mandato se vestía con aquellas chaquetas que recordaban al militar Hugo Chávez disfrazado de civil – vaya ironía-, de un tiempo a esta parte el Presidente ha arreciado en sus ambiciones y entonces vemos cómo su lenguaje, su postura y lo que decreta para tratar de salir del Metrobus sin frenos en que ha convertido a Venezuela, pareciera dictado al oído por su otro yo, el Presidente de facto Diosdado Cabello, quien se le ha ido colando entre los palos y ahora manda y ordena y decreta, con mucha más fuerza y ganas que el mismísimo presidente civil.
Y si bien Maduro se percató finalmente de que en el jueguito de la silla de caudillo, Diosdado se la arrebató sin problemas, el Presidente se ha visto ahora en la necesidad de imitar a Cabello, montando una silla de poder paralela, más o menos la misma estrategia que desplegó cuando no pudo habitar La Casona y, sin decir ni ñe, se retiró a La Viñeta o Fuerte Tiuna ( o adonde sea que vive con Cilita), en una muestra de debilidad inaudita que funcionó para imaginar, desde un inicio, por dónde venían los tiros.
El asunto es que mientras Diosdado y Nicolás compiten por ver quién tiene tiene la tropa más grande para ganar la Guerra Económica – que visto los resultados la perdieron hace rato frente a un enemigo que ellos mismos se inventaron y no les conviene derrotar-, ocurre que, como dijo Napoleón Bonaparte, el único General que gana todas las batallas es el General Hambre “porque un ejército se mueve por su estómago”.
Así que para la Guerra Económica, los Presidentes de Venezuela deberán ir muy bien pertrechados para mantener contento al ejército civil, ese que lleva tiempo atrincherado pero frente a los abastos, mercales, farmatodos y pedevales y su estrategia la está dirigiendo el General Hambre, ése que no pierde ni un juego de chapita
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