Friday, November 11, 2016

Música y literatura en 1856

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Para Mariantonia Palacios y Juan Francisco Sans
(Y viceversa)

Para la década de 1850 los venezolanos se lamentaban porque no había plazas dónde caminar en compañía de los amigos. Tampoco había alamedas que les permitieran estar tranquilamente en las tardes, en paseos de recreación. Extrañaban las tertulias, pues necesitaban lugares para "gozar los encantos de la buena sociedad", de acuerdo con un comentarista del momento.
En relación con esta última demanda, no se trataba de las tertulias que ya estaban de moda, aquellas en las cuales un grupo de jóvenes de uno y otro sexo se reunían en alguna casa particular para sostener conversaciones banales y escuchar música improvisada. Por el contrario, el segmento de población que me ocupa estaba pensando en música académica y en literatura.
Este binomio estético era frecuente en el siglo XIX, porque no se hizo extraño que un escritor también fuera músico de elevadas dotes. Se cuenta, por ejemplo, que Fermín Toro manejó con excelencia el violín, y es sabido que en la prolífica familia de los Calcaño hubo familiaridad con la instrumentación y composición musicales así como con la poesía, narrativa, teatro y ensayística.
Sucedió que en esa década de los cincuenta, un emigrado nacido en La Coruña quien, con el paso de los años, llegó a ser el director-fundador del diario La Opinión Nacional, tomó la iniciativa de establecer en Caracas el "Café Español". En el nuevo local se expendía hielo y helados. El éxito fue inmediato, a tal punto que muy pronto el propietario se vio obligado a ampliar el local. Esta nueva sala la concibió con características particulares, pues en ella "se hallan periódicos nacionales y extranjeros, culta y elegante sociedad, servicio esmerado y diligente, abundancia de platos exquisitos, ricos vinos y aromático chocolate". Como dato curioso, en la publicidad no mencionaban el café. Quizás por esa razón, los caraqueños preferían identificar el establecimiento de Fausto Teodoro de Aldrey como "Chocolatería Española".
Esa "culta y elegante sociedad" fue determinante para que, al poco tiempo, se ejecutaran conciertos. Pero, sin lugar a dudas, la actividad que tuvo mayor repercusión fue la que se realizó el domingo 23 de marzo de 1856. Ese día estaban presentes los profesores de música Famiere y Toledo, y varios de sus alumnos. También estaba el barítono Ramón Sánchez.
Un silencio expectante entre los asistentes no permitía saber qué iban a escuchar. De pronto, se oyeron los acordes de Nabucco, de Giuseppe Verdi. Pero la partitura venía con acento venezolano, pues traía arreglos de Eduardo Calcaño para corneta de pistón, clarinete, flauta, violonchelo y piano. Los aplausos fueron atronadores. De seguidas, Eloy González "leyó un fragmento, en octavas, de un poema que está escribiendo".
A continuación el barítono Sánchez, con acompañamiento de piano, cantó el aria de Beatrice di Tenda, de Vincenzo Bellini. Nuevamente tuvo protagonismo Eduardo Calcaño, esta vez para leer unas quintillas jocosas, tituladas “El poder de la ilusión”, de Francisco Guaicaipuro Pardo, quien no pudo asistir al encuentro. La reacción de los presentes no se hizo de rogar: "Alegres carcajadas y ruidosos aplausos interrumpían de cuando en cuando, y una salva general de palmadas manifestó al fin la satisfacción del auditorio".
Las manifestaciones humorísticas dieron lugar a Lucia de Lammermoor (una de las piezas preferidas de los venezolanos), de Gaetano Donizetti, que sirvió de apoyo a una fantasía con violonchelo, violín, flauta y piano. Siguió el intermedio, momento en el cual, sin dudas, continuaron las libaciones de oporto.
La segunda parte del programa tocó el turno a Romeo y Julieta. Aunque no mencionan el autor, con seguridad se trató de la propuesta ofrecida por el francés Héctor Berlioz. Nuevamente se dio lugar a la literatura, en esta oportunidad se oyó por boca de Simón Calcaño cuando leyó "una brillante y sentida invocación a la poesía, escrita en octavas por nuestro amigo Arístides Calcaño". Quizás sea innecesario acotar que los mencionados eran hermanos.
Nuevamente surge el nombre de otro Calcaño, Eduardo, lector a su vez de una oda original de Heraclio Martín de la Guardia. Era avanzada la noche cuando Sánchez entonó una barcarola de Giovanni Tadolini.
Intensa jornada, sin dudas, en la cual se deja ver la armónica convivencia de la música y la literatura. No faltaron las invitaciones para que los pintores concurrieran a futuras reuniones de similar naturaleza.
Llama la atención en la extensa crónica que vengo comentando la ausencia de nombres femeninos. No se las menciona. El comentarista nunca dice si alguna de ellas estaba en el público. La razón es sencilla, no lo dice porque ninguna mujer fue convocada. Las venezolanas todavía no podían concurrir a ese tipo de encuentros intelectuales.
Hay que esperar algún tiempo todavía para que ese hecho se concretara. Todavía asistimos a espacios de exclusivo dominio masculino. ¿Cuándo comenzaron las venezolanas a dejarse ver u oír en público? Pronto lo sabremos.


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