Gustavo Coronel
¿Se
imaginan ustedes, compatriotas venezolanos, a la familia Maduro, a la
familia Chávez, a
los narco-generales, a los gerentes de la PDVSA gojita, a Pedro
Carreño, Rafael Ramírez, Iris Varela, Delcy Rodríguez, Isaías, Roy, a
toda esa gentuza chavista que ha saqueado y arruinado al país absuelta
por una sociedad más interesada en llevar a cabo una
transición negociada que en la aplicación de la justicia? Hay una
intención en marcha de alguna gente de la oposición para que eso sea
así. Gente como la del Nuevo Tiempo de Manuel Rosales, como Henri Falcón
y sus asesores, como algunos miembros de Primero
Justicia. Hay una oposición que se está acostumbrando a coexistir
pacíficamente con la podredumbre chavista. Henrique Capriles dice algo
similar pero no nombra nombres, lo cual es injusto.
¿Cuál
es su razonamiento de estos pacifistas a ultranza? Argumentan que ello
permitiría una
transición “pacífica” en Venezuela, donde todos sigamos siendo
“hermanos”. Dicen que no se quiere una “guerra civil”, que no se quiere
“sangre entre compatriotas”. A quienes hablamos de rebelión ciudadana
se nos tilda de extremistas con deseos de “venganza”,
confundiendo venganza con justicia. A esa gente les digo que si la
justicia no se aplica, se aplicará la venganza, que llega cuando la
gente se cansa de pedir justicia sin ser oída. Por ello es que pido
justicia con vehemencia.
Quienes
piden borrón y cuenta nueva han tenido tanto éxito que han podido
captar a miembros
de la opinión pública internacional. Basados en la farsa que es la paz
en Colombia, hay quienes dicen que hay que darle a los criminales
venezolanos un puente de plata para que se vayan tranquilos, pero que se
vayan.
Y
yo no tengo dudas de que cuando se les dé a los criminales chavistas el
puente de plata, ese
mismo puente de plata será utilizado por ellos para regresar al poder y
llevar a cabo una segunda versión de la pesadilla venezolana.
Venezuela
no aguanta una segunda pesadilla. Probablemente no aguanta ni siquiera
la primera,
la que no se ha terminado, la que ha prostituido y embrutecido a
nuestro pueblo, la que ha creado millones de limosneros y miles de
jinetero (a) s morales.
No
digo que Venezuela no pueda curarse de esta herida sufrida en lo que va
de siglo XXI, pero
esa cura no será posible si se permite que quienes la llevaron a cabo
puedan salir intactos de la tragedia. Permitirlo no sería caridad
cristiana sino vulgar complicidad.
Hay
toda una presión para que los venezolanos barramos la basura debajo de
la alfombra y los
que vengan detrás que arreen. Es una muestra más de esa maldición
cómplice compartida por los líderes políticos, económicos y sociales de
la Venezuela que confunde solidaridad con conchupancia. He visto
funcionar esta complicidad desde que tengo uso de razón,
alimentada por el mito de que los venezolanos somos solidarios y todos
somos hermanos.
Esa
solidaridad mal entendida llevó a Caldera a escuchar los pedidos de
docenas de “demócratas”
venezolanos para que soltaran a Chávez, con los resultados que ya
conocemos. Algunos de quienes pidieron esa libertad para el golpista
fueron victimizados después por él. Hay se repite la historia:
guerrilleros que trataron de terminar con gobiernos democráticos,
piden hoy coexistencia pacífica con un régimen forajido.
Ya
estoy cansado de ver este juego que perpetua la tragedia venezolana.
Para mí no hay sino un camino válido: la rebelión en contra de la
dictadura,
cueste lo que cueste. Diálogo es colaboracionismo. No me queda la menor
duda. Así lo digo, a riesgo de ser catalogado como sediento de sangre.
Uno mira la historia y no hay pueblo que se haya liberado de sus cadenas
tratando de sonreírle a sus victimarios
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