Alejandro Oliveros
Algún efecto surtieron los Macallan de ayer en le tarde porque dormí bien y amanecí de buen ánimo. Caminé un rato por el parque, me tomé uno de los insuperables “café au lait” de E. y terminé con una copa de Rioja. Esto fue lo que más me impresionó durante mi primera visita a Francia durante la Navidad de 1979. Estábamos con unos amigos venezolanos en un “Hotel particulier” en Bayeux, cuyos dueños, unos odontólogos se iban a París el día siguiente y nos dejaban con sus hijos. Antes de irse, nos invitaron a desayunar. Con el condumio rutinario, quesos, pan croissants, más dos o tres botellas de vino tinto que habían quedado de la noche anterior. Eran todavía tiempos heroicos en los cuales el agua mineral no había extendido su insípido imperio sobre las mesas del mundo. Agua había ciertamente en aquella mesa normanda, pero nadie pensó desplazar las bondades de aquellos burdeos por las dudosas espumas de una Perrier. Hay un poco de aburrido en estas costumbres adultas contemporáneas.
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En uno de los mejores libros que se ha escrito en lengua inglesa (The Decline and Fall of the Roman Empire) Edward Gibbon, su autor, reconoce cuatro causas esenciales en la desaparición del imperio romano: 1. Los estragos del tiempo y la naturaleza: “Con sus habilidades, el hombre es capaz de construir monumentos más permanentes que el estrecho lapso de vida de su propia existencia; sin embargo, estos movimientos, como él mismo, son perecederos y frágiles, y en los ilimitados anales del tiempo, su vida, como sus obras, deben ser asimismo consideradas un fugaz momento; 2. Los hostiles ataques de bárbaros y cristianos. El efecto destructor de los primeros fue, para el príncipe de los historiadores modernos, menos definitivo que el de los cristianos. Al fin y al cabo, “los godos evacuaron Roma al sexto día y los vándalos después de quince”. En cambio para los cristianos, “las estatuas, altares y casas de los demonios, era considerados algo abominable y, en comando absoluto de la ciudad, trabajaron con celo y perseverancia para borrar la idolatría de sus antepasados; 3) El uso y abuso de los materiales. Se refiere Gibbon a la deconstrucción que los cristianos hicieron del urbanismo romano (templos, termas, teatros, circos) para transformarlos en iglesias, basílicas y otras construcciones de la nueva religión, y 4) Las luchas domesticas de los romanos. Al análisis de estos factores es que el gran historiador dedica las casi 3000 páginas de su admirable crónica.
En su brillante ensayo publicado recientemente en Foreign Affairs (“Complexity and Collapse Empires on the edge of Chaos”) Naill Ferguson prefiere dejar para el final de su trabajo el análisis de las tesis de Gibbon, y no es difícil entender por qué. Es conocida la inclinación del profesor de Harvard hacia las explicaciones nuevas de cuestiones viejas. Como la guerra, el imperio británico o las causas de la supremacía de las potencias europeas sobre las del Lejano Oriente.
En el trabajo de Foreign Affairs, Ferguson se propone cuestionar la teoría tradicional del auge y caída de los imperios, a la cual la “mayoría de las personas se mantiene aferrada”, y que consiste en enmarcar la historia de los imperios en una concepción cíclica de la historia. “En los ilimitados anales del tiempo, su vida, como su obra, etc. Su primera cita es de Henry St. John, el influyente historiador británico, que ingenió la teoría la según la cual incluso los mejores gobiernos, cargan en ellos las “semillas de su propia destrucción, y aunque crezcan y mejoren por un tiempo, rápidamente tienden a la disolución. Cada hora que viven es una hora menos que tienen de vida”. A pesar de lo convincente de la dramática afirmación, el profesor Ferguson piensa que algo tiene de falaz. Su propósito es desconstruir lo que parece irrefutable. Entre líneas, se lee su aspiración a establecer un nuevo paradigma en los estudios históricos sobre los imperios. Nada menos.
La segunda autoridad a la que acude Ferguson es el napolitano Gianbattista Vico, quien, en su inquietante Principios de una esencia nueva (1725), cuestionó la noción aceptada por la Ilustración de una historia de desarrollo horizontal y propuso algo inesperado: una concepción cíclica de la historia, más cerca de las hipótesis orientales y órficas que de las de Descartes. Buen hijo del Siglo de las Luces, a pesar de sus ideas frecuentemente heterodoxas la razón priva en el tercer estadio evolutivo, la racionalidad se impone a la barbarie. Para Vico, el desarrollo de la humanidad pasó por tres tapas de organización. La primera, es la etapa divina, regida por una “teología mística”; la segunda, en un orden trinario, perfectamente aristotélico, corresponde a la etapa heroica, es la era de las repúblicas aristocráticas, en ellas el poder no radica en el cielo, desde donde Júpiter ordenaba con sus truenos y relámpagos, y ejercía el poder a través de los sacerdotes y reyes-sacerdotes, sino en los líderes de las familias principales en la creencia de que estaban allí por derecho divino. La tercera, surge de la duda racional de este supuesto origen divino por parte de la plebe y de la conciencia recién adquirida de la igualdad, lo cual da origen a las democracias. El esquema de Vico es circular y recurrente. Después de alcanzado el nivel donde priva la racionalidad, la decadencia es inevitable y se vuelve al barbarismo, de donde se sale siguiendo el mismo esquema divino, heroico, humano.
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Después de referirse a Henry St. John y a Vico, Ferguson se refiere a dos comentaristas de la fisiología imperial. Ambos, Paul Kennedy y Jared Diamond, de acuerdo con el catedrático de Harvard, habrían incurrido en el mismo de error de Vico. Esto es, considerar que la evolución de los imperios sigue a la de los hombres: nacimiento, ascenso, decadencia y muerte. Ni siquiera los historiadores franceses de la Escuela de “Anales” (Bloch, Braudel, Lefevre) escapan a la crítica de Ferguson. Fueron ellos, con su desviada tesis de “la longue durée”, los que han causado la moderna falacia de observar el desarrollo de las culturas en largos períodos de tiempo, con lo cual no han hecho sino revisar y actualizar las tesis cíclicas de la Ciencia Nueva. Ferguson plantea una pregunta por demás inquietante, cuya respuesta es el objeto del ensayo: “¿Y si, a pesar de todo, la historia no fuera cíclica y lenta, sino arrítmica, en ocasiones casi estacionaria pero también capaz de acelerarse velozmente, como un carro deportivo? ¿O si el colapso no se presentara después de siglos sino que se presentara de repente, como un ladrón en el medio de la noche?”.
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Ferguson entiende los imperios como “sistemas complejos”, integrados por gran número de componentes interconectados que se organizan de manera asimétrica, más parecidas a un nido de termitas que a una pirámide egipcia. Funcionando entre el orden y el desorden, “al borde del caos” (Christopher Langton). Los “sistemas complejos” en apariencia pueden funcionar de manera estable, en perpetuo equilibrio. Pero, en realidad, viven un proceso constante de adaptación. Así, se puede presentar un momento en el cual el sistema entra en crisis. Un pequeño estímulo puede poner en marcha una “fase de transición”, que va del benigno equilibrio a la crisis, “una mariposa bate sus alas en el Amazonas y provoca un huracán en el sureste de Inglaterra”, dice, acudiendo a la reveladora imagen primero usada por Ray Bradbury y luego adaptada por Edward Lorenz para ilustrar su teoría del caos.
Los argumentos de Ferguson son tan interesantes como cuestionables. Lo que no se le puede negar es el apasionamiento con el que expone sus tesis, ni el brillo de sus citas. Después de la mariposa de Bradbury-Lorenz, el docente de Harvard recuerda una de las más inquietantes explicaciones que se han publicado recientemente sobre el tema de lo previsible. Es la imagen del “cisne negro” de Nassim Taleb el mismo que dio nombre a la más recientes de las falacias, “the narrative fallacy”. Para designar la tendencia de historiadores tradicionales a explicar los procesos de acuerdo a un modelo “acumulativo”, como los de Annales, en sus conferencias de 1977 en John Hopkins, recogidos en La dynamique du capitalisme, uno de los padres de este modelo acumulativo, Fernand Braudel, sintetizaba su manera de entender la historia. Se trataría de la “enumeración de fuerzas oscuras que trabajan y empujan hacia delante el conjunto de la vida natural, y más allá o por encima, la entera historia de los hombres”. A esto, precisamente, es lo que Taleb, citado por Ferguson, llama la “falacia narrativa”. Lo más probable es que un “sistema complejo”, colapse no porque le “llegó la hora”, después de un largo período de decadencia, sino debido a algo imprevisto e impredecible. Como la aparición del “cisne negro”, cuando durante siglos y siglos se creyó que sólo eran blancos. El mundo de los sistemas complejos es apasionante por muchas cosas, una de ellas es que no se sabe cómo se comportan y cuál será su destino. Conocer su funcionamiento “es parte esencial de una estrategia que pueda anticipar y postergar su caída”. El problema es que los sistemas complejos son completamente “no deterministas “, lo que hace “imposible cualquier predicción sobre su futura conducta basada en la información conocida”.
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En la última sección de su ensayo, Ferguson reitera su tesis: que los imperios se parecen mucho a los “sistemas complejos”, incluyendo la “tendencia a desplazarse de la estabilidad a la inestabilidad de manera violenta”. Es decir, su decadencia no es resultado, como se ha venido aceptando, de una evolución cíclica, casi aristotélica con sus tres edades bien definidas, surgimiento, desarrollo y colapso. Aquí es donde formula su esperado comentario al libro de Gibbon. Y el resultado es decepcionante. Apenas un párrafo donde nos dice lo que ya sabíamos, o debíamos saber. Que La historia de la decadencia y caída del imperio romano fue publicada originalmente en seis tomos, entre 1776 y 1788, y que cubre un período de 1400 años, desde el 180 al 1590. Ferguson se niega a reconocer que el imperio romano presentaba síntomas de disolución irreversible después de la muerte de Marco Aurelio en 180, con sus recurrentes crisis políticas y económicas, el acoso cada vez más cerrado de viejas y nuevas tribus bárbaras como los hunos, o el crecimiento poblacional con sus riesgos malthusianos, de mayor población para una misma producción de alimentos.
Ferguson nos pide que consideremos los siglos finales del imperio como un “sistema complejo”, adaptativo que funcionaba “normalmente” a pesar de las guerras civiles, las invasiones y migraciones bárbaras, el ascenso de la clase pretoriana y la disolución de la unidad religiosa. El autor de El triunfo del dinero no está sólo en su proyecto de imponer un nuevo paradigma que nos sea útil para la comprensión de los procesos históricos. Desde hace unos años el tema de la caída de Roma ha ejercido una fascinación especial entre las academias y público de Occidente. La inestabilidad del orden mundial después de la caída de la Unión Soviética es una de las causas. Otra es la percepción, después de las reiteradas crisis económicas de que también el “otro” imperio, el de los Estados Unidos, está a punto de disolverse. El crecimiento indetenible de las exportaciones chinas e hindúes no ha hecho sino agudizar esta sensación. Como siempre, Hollywood ha entendido esta preocupación primero que las universidades y partidos políticos y ha producido, con éxito previsible películas como Gladiador, en las cuales el tema de la decadencia romana lleva al espectador a pensar en la decadencia de su propia organización social.
De los historiadores que han aportado nuevas teorías sobre la caída del imperio (el alemán Alexander Dernandt propuso 210 de ellas en su difundido libro), Ferguson destaca los nombres de dos profesores de Oxford: Peter Heather (The fall of the Roman Empire, 2005 y Fall of Rome and the birth of Europe, 2010) y Bryan Ward-Perhins (The fall of Rome and the end of Civilization,2005). Pero también ha podido referirse a otros como Joseph Tainter (The Collapse of Complex Societies, 1988) o J.B. Bury (History of the later Roman Empire). En una síntesis interpretativa de las tesis de Heather y Ward-Perhins, Ferguson muestra su acuerdo con la teoría de que la caída de Roma no fue lenta y prolongada, como lo entendió Gibbon, sino más bien “súbita y dramática, como puede esperarse cuando un sistema complejo se hace crítico”. Con más entusiasmo que capacidad de convicción, Ferguson continua en su defensa de lo que podríamos llamar, utilizando una expresión desacreditada, la implosión de Roma: “Lo que es más impresionante es la rapidez del colapso del imperio romano. Apenas en cinco décadas la población se redujo en 3/4 partes… Lo que Ward-Perhins llama ‘el fin de la civilización’ se presentó en el curso de una sola generación”. Para otra oportunidad dejó mis observaciones a la intención del profesor Ferguson de establecer un nuevo paradigma para explicar el colapso de los imperios, incluyendo, y esto es lo más inquietante, el norteamericano.
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