Pedro Luis Echeverría
La primera reflexión que habría que hacer sobre la fuerte ofensiva desplegada por el gobierno contra la disidencia es que demostró nuestra vulnerabilidad ante acciones decididas y preparadas concienzudamente. El gobierno y sus organizaciones de inteligencia llevan una década formulando planes e hipótesis sobre cómo subyugar a la nación para imponer la dictadura comunista. De esta forma han concentrado su atención en atacar los puntos débiles y más emblemáticos del entramado social e institucional venezolano, utilizando metodologías sofisticadas y de eficiencia comprobada ante diversas situaciones. Por eso se persigue y se acosa a los medios de comunicación no alineados. Por eso se radicaliza la hegemonía y se establece una institucionalidad paralela. Por eso se estrangula y desmantela a la propiedad privada. Por eso se amedrenta y reprime al movimiento sindical. Por eso se ataca a la universidad, a la Iglesia Católica y, en general, a todos los opositores.
El gobierno se ha centrado en prepararse para el asalto final contra lo que aún perdura del sistema democrático venezolano. A tal efecto, mediante la dotación de importantes recursos financieros, ha reactivado los grupos violentos con los que opera y de los que se sirve para amedrentar y agredir a la población disidente y a sus dirigentes. No son casuales los hechos de violencia que a diario reportan los medios de comunicación que evidencian la plena participación de los grupos irregulares oficialistas auspiciados, financiados y tolerados por el gobierno.
La oposición, por su parte, está completamente inmersa en los eventos por venir, a pesar de que la situación política del país no augura nada diferente de lo que hemos conocido hasta ahora. Las cándidas actitudes y la mala lectura de la dinámica política actual pueden ser muy negativas frente a la escalada de agresión gubernamental. Ello resulta una trágica paradoja: los disidentes hemos desarrollado todos los medios para protegernos de eventuales agresiones y omisiones de la MUD y los partidos políticos y ninguna forma de evitar atentados por parte de los grupos violentos gubernamentales que, por lo contrario, no piensan en otra cosa.
La lección principal que se desprende de los acontecimientos de los últimos tiempos es que no hacen falta métodos exóticos y de alta tecnología para producir resultados devastadores sobre el ánimo de la sociedad civil. Basta con hacer correr rumores, agredir, perseguir, encarcelar, reprimir y amenazar a objetivos muy bien escogidos para hacer cundir la angustia entre las masas y paralizar las acciones de la mayor parte de las organizaciones sociales opositoras en los centros más importantes del país.
Las consecuencias políticas y psicológicas de la estrategia gubernamental no se miden por el número de víctimas que puedan causar, sino por lo perverso del ataque y el obsceno ventajismo del que se vale. Mientras los atacantes tengan el poder y el apoyo del gobierno y sus instituciones, el miedo y la sensación de impotencia se intensifican. El efecto buscado por este tipo de acciones gubernamentales consiste en demostrar la vulnerabilidad del objetivo y la permanente vulnerabilidad de los que podrían ser un objetivo la próxima vez. También, demostrar que las defensas pueden ser penetradas utilizando métodos sencillos y que no existe ninguna defensa real contra un ataque del gobierno. La única defensa real y verdadera contra esas acciones es la resistencia seria, continuada y valiente.
El año 2017 será crucial para la suerte de Venezuela; no basta con expresar lo que no queremos para nuestro país. Debemos luchar con todos los medios disponibles para evitar que se nos imponga. La presencia activa y valiente en las calles y en los medios de comunicación es un primer y decisivo paso en pro de nuestra causa. Una masiva concurrencia de gente en las protestas contra el régimen será un mensaje importante que la oposición unida le dará al gobierno que nuestra unidad es real y que estamos dispuestos a mantenerla, porque entendemos que esa es nuestra mejor opción de triunfo para lograr los cambios que el país exige a gritos. Nuestro destino, por lo pronto, está en nuestras manos; no bajemos la guardia que el gobierno nos acecha y espera una muestra de debilidad para atacarnos. Podemos ganar, debemos ganar y vamos a hacerlo.
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