sábado, 14 de enero de 2017
Edgardo Rodriguez Juliá
En “Mr. Smith goes to Washington”, película estrenada en 1939, el director Frank Capra crea un personaje que pretende irrumpir en la complacencia e intrigas políticas de Washington. Mr. Smith resulta el anti Trump, es decir, es humilde e irresoluto, algo tímido y con corazón puro; la interpretación que logró Jimmy Stewart del personaje está matizada por esa mitología muy norteamericana, antes expuesta en “Mr. Deeds goes to town”, del alma noble de un “outsider”, un “maverick” que pretende enderezar los cínicos entuertos de la gran ciudad, en un caso, y del supremo centro del poder político en el otro. Mientras Donald Trump se inserta en la mitología yanqui con toda su vulgaridad y fanfarronería, Smith-Stewart nos seduce con su inocencia. El punto culminante de la película, su filibusterismo en el Congreso, resulta cómico y a la vez trágico. Trump es la perversión de ese mito norteamericano; la substancia de su triunfo es un fenómeno más cultural que político.
Tuve
la certeza de que ganaría y me revolvía el estómago la posibilidad de
que ganase. Era como contemplar la posibilidad de un 911 de la condición
ética y espiritual del pueblo norteamericano, esta vez una desgracia
autoinfligida, y con poca simpatía del mundo.
Que
esta nueva manifestación del etnocentrismo paranoide norteamericano, a
la manera del senador Joseph McCarthy, se haya convertido en presidente
de la nación más poderosa del mundo, aterra, también a muchos que
votaron por él. Sabemos, por estudios serios, que el público elector
norteamericano es uno de los más ignorantes del mundo, tanto en política
interna como exterior. Sólo son superados por los italianos, que ya
tuvieron la pesadilla de su Berlusconi. Otro candidato a la presidencia,
Gary Johnson, los retrató: “Aleppo?... What’s Aleppo?”.
Trump
siguió la máxima de Goebbels de que una mentira repetida muchas veces
se convierte en verdad. Su desparpajo y descaro jamás se había visto en
la política reciente norteamericana: “I know about ISIS more than the
generals, believe me.” Uno se pregunta qué será del proyecto guerrerista
insinuado por esa aseveración, aventurerismo que hoy por hoy no
admitiría la posibilidad de un servicio militar obligatorio. ¿A qué
precio se mantendrá el Imperio, ese “respeto” internacional que tanto
reclama Trump como perdido? Hay algo perturbador en un hombre que
dirigirá un Imperio y su propia mujer considera un “boy”, un muchacho
travieso que “tuitea” a todas horas. Nos tranquiliza que estén ahí los
generales que saben menos que él. Asombra que se burle ante sus
seguidores de su propia demagogia, ahora pasadas las elecciones: “Lock
her up! We had great fun with that, great fun!” Asusta la impunidad.
Más
que la garantía de estabilidad en el mundo, Calígula-Trump quisiera
garantizar, para el blanco norteamericano, la recuperación de su país.
Cuando proclamaba “We will have back the White House”, insinuaba lo que
siempre manifestó desde el comienzo del mandato de Obama, es decir, su
ilegitimidad como usurpador de un poderío que se identifica con el
blanco, rubio y de ojos azules, combinación esta que fascinó a la
mismísima Sarah Palin cuando le dio su respaldo. Obama, un hombre
elocuente, brillante y discreto, íntegro, aunque con una tendencia a la
arrogancia ?como en el caso de Oscar López?, era el intruso, el
Presidente fraudulento, nacido supuestamente en Kenia. Todo el legado de
Obama ?antes que nada, el Obamacare? será su blanco al llegar a Casa
Blanca. Como los buenos revisionistas de la antigua Unión Soviética, se
trata de borrar a Obama de la historia estadounidense, si posible dejar
un hueco en el sitial del presidente cuarenta y cuatro.
La
coalición de negros, latinos, mujeres educadas, jóvenes y gays no bastó
para detenerlo. Una clase obrera blanca, descuidada por el Partido
Demócrata, salió a votar por él en cruzada. Un deseo de cambio doméstico
se da de bruces contra una posible estabilidad internacional. La
diferencia entre la política Imperial y la doméstica no existe para el
etnocentrismo yanqui, con su siempre latente tendencia al aislacionismo.
En
el antiguo Imperio Romano nacer en provincia no descalificaba al
ciudadano para llegar a ser Emperador. Adriano y Trajano nacieron en
Hispania, flaca esperanza ésta para algunos penepés de Guaynabo. Haber
nacido en Hawái, de padre negro y madre blanca, convertía a Obama no
solo en “outsider” sino en alguien doblemente dañado: para el
fundamentalismo cristiano sería fruto de un pecado original ?la mezcla
de razas? que la esclavitud jamás perdonó; esta es la otra obsesión de
la derecha de Trump, con su fuerte resentimiento racista. Ese
resentimiento cultivado por el Partido Republicano, durante ocho años,
dio sus resultados. Trump simplemente recogió la cosecha. El Presidente
Trump no es siquiera una buena persona; eso lo sabemos. Pero ¿cuándo la
más elemental decencia ha podido más que el nacionalismo y el racismo?
Mucho se ha hablado de ese voto que sirvió para capturar el voto de la
clase media obrera norteamericana, tan golpeada por la globalización, la
última variedad de un capitalismo que siempre ha marginado y dejado
atrás a muchos. Pero más que una argumentación sobre la economía, esta
elección fue un referéndum sobre la cultura, la identidad, cada vez más
problemática, de la nación estadounidense. Dos cuatrienios ganados por
un negro, la continuidad de esos dos por una mujer presidente, de gran
inteligencia y experiencia política, resultó demasiado para un país
conservador y todavía racista. Lección esta para Jenniffer González y
Ricky Rosselló ?un adepto de Trump tildó a los puertorriqueños de
“invaders”?, y que aprenderán tan pronto ejecuten el Plan Tennessee y
Trump construya su muro, porque la estadidad solo tendrá tufo y ambiente
malsano en esta recién comenzada nueva era de la supremacía blanca
yanqui.
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