Mis abuelos me cuentan sobre una ciudad imponente, aquella Maracaibo tierra del sol amada, de calles antañonas y casitas coloniales, donde se vivía con la puerta abierta y se gozaba en cada parrandón. Aquella Maracaibo de extensas avenidas, innovación, arte y gentilicio único. Aquella Maracaibo de bonanza, de industrialización, de progreso, de fe y un calor tan grande como la fuerza de su gente.
Aquella Maracaibo de grandes universidades y avanzada investigación, de deporte en cada cancha, de buques, ferrys y lanchas navegando por aquel esplendoroso lago y siendo iluminados por un Relámpago del Catatumbo que vestía de esplendor el cielo de nuestra ciudad. Aquella Maracaibo que cada 18 de noviembre se convertía en una marea de devoción hacia su Chinita amada.
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