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Cada vez que algún chavista resultó sancionado por EE.UU., decía que era un honor, un reconocimiento que recibía con gusto por su lealtad al régimen.
Maduro, de paso, los condecoraba en actos de desagravio, regalándoles réplicas de sables y espadas para premiar la abyección.
A Jorge lo sancionaron en 2018 junto a su hermana, en una ronda de la OFAC donde, por cierto, también figuró Cilia Flores.
Y mientras Delcy y Jorge ya están libres de sanciones, a Cilia y a Maduro les viene un calvario adicional, cuando el juez les lea hoy la cartilla de los nuevos cargos en su contra, que en los hechos suponen una cadena perpetua.
Atrás quedó entonces la época en la que ser sancionado era un orgullo y no serlo, un motivo de sospecha.
De aquel orgullo revolucionario, no queda ni una miga.
Es el “nuevo momento” señores, ¡y vaya que aún falta agua por correr bajo este puente!