Por Gloria M. Bastidas.-

Tom Wolfe ideó un personaje en La hoguera de las vanidades que, en alguna medida, sirve para entender lo que ocurre en el chavismo. Para comprender la profunda división que ha estallado en su seno. El protagonista de la novela es un tipo con aspecto de amo del universo: mide un metro 85; es egresado de Yale; vive en Park Avenue; pasea a su perrito todos los días y, mientras lo hace, cae presa de éxtasis al ver los tulipanes que han sembrado en el jardín de su edificio; su apartamento, que le costó dos millones y medio de dólares, ha aparecido en la revista Architectural Digest. La criatura engendrada por Wolfe es un típico yuppie. Se llama Sherman McCoy. Ha amasado su pequeña fortuna en Wall Street como bróker. Compra y vende bonos. Mezcla la adrenalina con los negocios. ¿Qué tiene que ver McCoy con la revolución chavista? Mucho, al menos como arquetipo. El gran drama que viven los hijos de Chávez –en realidad, una parte de ellos– es que han pasado a convertirse en los hijos de Tom Wolfe.

La verdad es que resultaba muy difícil no cambiar de padre cuando los chicos de la revolución han tenido que administrar nada más y nada menos que un millón de millones de dólares. Había que hacer negocios. Había que comprar yates. Había que adquirir aviones. Había que comprar caballos pura sangre. Había que hacerse de testaferros –palabra clave en la era chavista. Giordani, en esa jungla depredadora, lucía como un dinosaurio demodé. Un planificador arcaico que estaba más pendiente de expropiar y de controlar precios que de hacer fortuna. Los hijos putativos de Tom Wolfe, no. Ellos vieron la gran oportunidad. Y construyeron su fortuna pujando en Cadivi y en el Sitme. Su sueño dorado dejó de ser transformar las relaciones de producción. Ahora el sueño dorado de los “boliyuppies” es el atractivo mundo global. El mundo que permite colocar dinero en paraísos fiscales y comprar lujosos apartamentos en Nueva York. El mundo a lo McCoy. Y esto creó un cisma. Una fractura: no todos los hijos de Chávez quieren ser hijos de Tom Wolfe. Los hay químicamente puros. Los que creen en el catecismo revolucionario a pie juntillas. Y no roban.
La primera cosa que fractura la unidad del chavismo en este momento es que hay un grupo que se convirtió al yuppismo corrupto, que sucumbió ante las tentaciones del capital, que hizo grandes negocios a la sombra del Estado, y hay otro bloque que se siente asqueado ante tanta orgía dolosa. Ante tanto McCkoy. La pregunta que se hace este último grupo es la de rigor: ¿Qué ha pasado con las empresas de maletín? ¿Cómo es posible que se hayan perdido más de 20 mil millones de dólares? Por eso, la diputada Ana Elisa Osorio, miembro de la Dirección Nacional del PSUV, pidió vía twitter que se desempolvara la Ley Anticorrupción. Por eso, y por reconcomio, la carta-bomba de Giordani. Por eso, la epístola de Héctor Navarro. Por eso, el chavismo de base cruje: porque en medio de una inflación voraz, la más alta del planeta, la información que circula en torno a las fortunas mal habidas en el alto gobierno es una puñalada a El manifiesto comunista, cuyo epígrafe, acuñado por los hijos de Tom Wolfe, ahora parece ser: “¡Boliyuppies del mundo, uníos!”.
Pero hay un segundo aspecto que fractura la unidad del chavismo y cuyo desenlace nadie puede prever. Tiene que ver también con el arquetipo yuppie. Y es tan importante como el tema de la corrupción: el paquetazo que viene. Los hijos fieles de Chávez saben que los hijos de Tom Wolfe cocinan, con ayuda internacional (Heinz Dieterich habla de los franceses, porque, a su juicio, sería humillante que el gobierno recurriera al Fondo Monetario internacional), un plan de ajuste de la economía. Aumento de la gasolina. Unificación del tipo de cambio, lo que equivale a una megadevaluación. Liberación de precios. Recorte del gasto público. En fin: la misma cartilla del FMI, pero puesta en boca de los asesores galos. Para los chavistas ortodoxos, éste sería un camino directo al neoliberalismo y la muerte del legado de Chávez. Y no es que Chávez no hubiera adoptado, durante sus largos años de gestión, medidas salvajes en materia económica (también devaluó, también subió los impuestos), sino que ahora las medidas vendrían en forma articulada. Un plan de salvamento con todas sus letras. Casi que con la insignia de la Cruz Roja.
La pregunta capital es si Nicolás Maduro –que se debate entre ser nieto de Castro, hijo de Chávez e hijo putativo de Wolfe (el vínculo con La hoguera de las vanidades no obedece, necesariamente, a que haya cometido actos dolosos, sino porque le tocaría ponerse al frente del odioso plan de ajuste)– contará con el piso político que requiere para llevar adelante el electroshok. No pareciera: el país grita en las encuestas que Maduro no debe terminar su mandato y, encima, el PSUV se ha convertido en un pandemónium. La carta de Giordani destapó una caja de Pandora. Es cierto que el ex ministro de Planificación respira por la herida, pero su testimonio ante la historia, como pomposamente lo llama, recoge dos aspectos fundamentales para esta hora que vive la revolución: el tema de la corrupción y el tema de la “entrega” de la agenda económica al gran capital financiero mundial. Y esos son los temas que escinden al chavismo en dos: los hijos de Chávez y los hijos de Tom Wolfe. Y la posición que unos y otros han tomado es lo que explica las purgas que ya comenzamos a observar. Sí, porque los herederos de Tom Wolfe también tienen en su genoma partículas de ADN marca Stalin.
Abrazarse al arquetipo Wolfe le puede salir muy caro al gobierno: si no cuenta con respaldo político para llevar a cabo el gran viraje, tendría que apelar a la represión. Y la represión, aunada a la quimioterapia que implica un plan de rescate económico, dará lugar a un cuadro sumamente complejo. La represión, además, entraría por casa. ¿Cómo va a hacer el chavismo para contener a sus propias bases y a sus partidos aliados, empezando por el PCV, que pegará el grito al cielo cuando constate que la revolución se fue por el despeñadero de Wall Street? ¿Cuántas protestas más se producirán en el país, si en estos quince años ha habido más de 30 mil? ¿A cuánto escalará la inflación cuando pasen el suiche? ¿Qué forma cobrará la resistencia? ¿Seguirá siendo resistencia o simplemente protesta callejera como la que vimos en los 80? Pero desechar el arquetipo de Wolfe también supone una seria amenaza para el Gobierno, que está contra las cuerdas. ¿Pueden los hijos de Tom Wolfe correr la arruga y aguantar su conversión? Ese tampoco luce como un escenario amable. ¿Arriesgarse a un default? ¿Continuar con la escasez? ¿Mantener el dólar en la estratósfera? ¿Darle largas al asunto mientras la inflación escala más? ¿Tener que bajar la cabeza y hacer un pacto con el FMI para apuntalar las reservas? ¿Exponerse a que los tumben?
Ha llegado la hora de las definiciones. Y no será nada fácil. Los dinosaurios se han convertido en animales incómodos dentro de la jungla del poder chavista. Maduro, que seguramente deshoja la margarita, pero que sabe que no le queda más remedio que aplicar el programa porque la crisis apremia, lo soltó en una frase que no tiene desperdicio: “La izquierda trasnochada no va a maniatarme”. ¿Esta expresión es propia de un hijo de Chávez, de un nieto de Fidel Castro o más bien es propia de un hijo (en este caso legítimo) de Tom Wolfe? El lenguaje delata. Por eso es un insumo tan importante para el psicoanálisis. Ya Maduro se asume en otra posición, la del tipo que se sabe cerca  del plan de ajuste y prepara el terreno a punta de semántica. Y lo primero que hace es marcar distancia de aquellos que pudiéramos catalogar, también, como los hijos de Spielberg: esas criaturas jurásicas que osan escribir en Aporrea para levantar banderas raídas y hablar de un valor del pleistoceno: la honestidad.
Los descendientes de Chávez se matan a cuchillada limpia. El árbol genealógico se parte en dos. Una parte del linaje –con Rafael Ramírez a la cabeza– se vuelca hacia el mercado y la otra  –con un Giordani que ni siquiera es miembro de la dirección del PSUV, pero cuya carta se ha convertido en un portaaviones del chavismo ortodoxo– mira con nostalgia hacia Las venas abiertas de América Latina. Del dakazo al electroshock. De las expropiaciones al capitalismo salvaje. Quizás Maduro, Diosdado y Ramírez subestimaron el efecto que tendría al interior del partido de gobierno el despido de Giordani. El ex ministro de Planificación ha demostrado que sabe administrar la cicuta. Además, desde hace tiempo, el chavismo crítico viene debatiendo en las redes sociales –y sobre todo en ese foco subversivo que ahora es Aporrea– el tema de la corrupción en Cadivi, de los negociados y de la desviación del proceso revolucionario. Por lo que esta pugna entre los hijos de Chávez y los que eran hijos de Chávez y ahora lo son de Tom Wolfe era previsible. Giordani lo que hizo fue apretar un botoncito, diestro como es en el manejo de la intriga. La puja ha comenzado. Hay varios Sherman McCkoy en el proceso. ¿Quién da más?




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"La rodilla del hombre libre sólo se dobla ante Dios". Adagio Latino