MOREL
RODRÍGUEZ ÁVILA
Nada más ni nada
menos, suficientes recursos para que Venezuela, a dieciséis años de revolución
transcurridos, estuviese de verdad desarrollada. Con todos los servicios
públicos eficientemente modernizados y ampliados. La salud figurando entre las
mejores atendidas del mundo. No hubiese regresado el sarampión y el dengue se
hubiese erradicado. Solucionado ya el déficit habitacional, la inflación a
niveles tan bajos como los de Colombia y Chile. Abundancia de alimentos
producidos en nuestros campos en bodegas y supermercados.
No habría colas
mortificantes y vergonzosas para buscar comida ni papel higiénico, por ejemplo.
La inseguridad a su mínima expresión porque la policía, tecnificada, exigente
cumplidora de la ley, con su tarea impediría el aumento de delitos y
delincuentes. El gobierno, con tanto dinero recibido por la venta de nuestro
petróleo, también habría construido todas las escuelas, liceos, tecnológicos y
universidades necesarias, así como la red de acueductos y de cloacas hasta en
la más pequeña aldea en nuestra selva, en nuestros páramos, en nuestros llanos
y, claro está, aquí en Nueva Esparta.
Autopistas,
carreteras, calles y hasta veredas en pueblos y ciudades. Un parque automotor
suficiente y moderno, que por la vía del crédito –o hasta regalados tal cual lo
hizo con Bolivia y Cuba- hubiese sustituido las chatarras ambulantes que ponen
en riesgo la vida de los usuarios del transporte público.
Está bien, el país se
apertrechó de toda clase de armamento y a los militares se les subió, en este
último año, hasta un 95 por ciento su salario, pero los restantes pobres
funcionarios de la administración públicas, con esa billonaria suma de dólares
que el gobierno revolucionario recibió y gastó en no se sabe dónde, habrían
dejado de ser pobres.
Por otra parte,
Venezuela y los venezolanos serían evidencia de una nación bien administrada,
adelantada hacia el futuro pero con los pies puestos sobre la tierra; no un
país que está arruinado porque su economía fue destruida, su agricultura
abandonada, su industria bajando santamarías en vez de acrecentarse, expandirse
y multiplicarse. No seríamos un pueblo sacrificado, obligado a pasar hambre,
toda clase de sacrificios y, lo peor, cada día más limitadas sus libertades. La
cifra arriba señalada puesta, billete sobre billete, le daría varias veces la
vuelta al globo terráqueo.
Dieciséis años
después, el Gobierno admite haber cometido errores, siendo necesario buscar el
diálogo, okey. Pero no dialoga, impone, no corrige repite, aumenta y profundiza
sus peligrosas equivocaciones. Es decir, sigue sordo y ciego, pero no mudo para
ofrecer puro populismo, demagogia y mentiras.
Vía La Hora / Prensa MRA
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