Tuesday, November 11, 2014

Entusiasmo y tiranía

En: Recibido por email. Publicado en Tal Cual

Paula Vasquez Lezama


En su último libro, El espíritu democrático de las leyes (Gallimard, 2014), Dominique Schnapper, estudiosa de la democracia, habla de la paradoja actual: en las sociedades democráticas nunca había habido tanta libertad y riqueza como hoy y también nunca había habido tanto malestar con respecto al sistema político que ha permitido llegar a ese estado. Según Schnapper, esto se debería a una especie de exageración, de exceso de los principios democráticos.

El orden democrático reposa en la inclusión fundamental: la razón es común a los hombres y la libertad es una aspiración de todos. Las sociedades occidentales son cada vez más tolerantes, ricas y menos desiguales. Y al mismo tiempo la gente está insatisfecha con la democracia. Como dice Gisela Kozak viendo el castigo de los votantes a Obama, cuando sus políticas han hecho despegar a los Estados Unidos de nuevo: la gente es muy malcriada.

El principio de la democracia es la virtud, el respeto por el interés público. Pero la tentación de los beneficios ilimitados ha hecho que se corrompa la vida pública.

Schanpper habla de una corrupción intelectual, una corrupción distinta a la moral, para describir ese exceso, ese extremo que hace que la democracia ceda a las emociones del momento. Ese exceso que corrompe a la democracia se da cuando lo jurídico se vuelve político y lo político jurídico. Se confunden esos órdenes y empiezan por ejemplo, las retaliaciones jurídicas para hacer caer a un líder. Algo no marcha bien cuando se llega a estos casos.

Y sin embargo, es un signo de avance democrático el hecho de que la gente se pueda indignar, pueda salir a la calle y manifieste, critique, demande y esté molesta.

Ese respeto por la calentera colectiva sólo es posible en democracia. Pablo Iglesias, por ejemplo, es fruto de la democracia representativa, aunque su proyecto sea acabarla.

Pocos se dicen que, con todos sus defectos, la democracia es el régimen que menos desvaríos provoca. Su superioridad consiste en que es el régimen que se puede criticar a sí mismo, que puede corregir los errores, que puede rectificar, reconocer, juzgar. La cosa está en cómo hacer para que el exceso de democracia ­la malcriadez, la exigencia de lo extremono la aniquile. Estos excesos ocurren cuando la emoción domina al espacio público.

El presidente Chávez fue un caso ejemplar de sacar de si misma, literalmente, a la sociedad venezolana, a punta de emotividad. Como dice Schnapper: los regímenes tiránicos están fundamentados en el entusiasmo, todo son masas que le gritan vivas a un líder. Esta emotividad fue el cemento del camino del quiebre de la democracia.

Los individuos perdieron su condición de igualdad y se crearon diferencias hoy insoslayables. La democracia venezolana está viviendo las consecuencias de los desmanes emotivos del chavismo de la manera más brutal y siniestra. Se construyó una sociedad basada en el principio de la desigualdad: los que no son chavistas no merecen ser venezolanos.

Vía Tal Cual

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