Paula Vasquez Lezama
En su último libro, El espíritu
democrático de las leyes (Gallimard, 2014), Dominique Schnapper, estudiosa de
la democracia, habla de la paradoja actual: en las sociedades democráticas
nunca había habido tanta libertad y riqueza como hoy y también nunca había
habido tanto malestar con respecto al sistema político que ha permitido llegar
a ese estado. Según Schnapper, esto se debería a una especie de exageración, de
exceso de los principios democráticos.
El orden democrático reposa en la
inclusión fundamental: la razón es común a los hombres y la libertad es una
aspiración de todos. Las sociedades occidentales son cada vez más tolerantes,
ricas y menos desiguales. Y al mismo tiempo la gente está insatisfecha con la
democracia. Como dice Gisela Kozak viendo el castigo de los votantes a Obama,
cuando sus políticas han hecho despegar a los Estados Unidos de nuevo: la gente
es muy malcriada.
El principio de la democracia es
la virtud, el respeto por el interés público. Pero la tentación de los
beneficios ilimitados ha hecho que se corrompa la vida pública.
Schanpper habla de una corrupción
intelectual, una corrupción distinta a la moral, para describir ese exceso, ese
extremo que hace que la democracia ceda a las emociones del momento. Ese exceso
que corrompe a la democracia se da cuando lo jurídico se vuelve político y lo
político jurídico. Se confunden esos órdenes y empiezan por ejemplo, las
retaliaciones jurídicas para hacer caer a un líder. Algo no marcha bien cuando
se llega a estos casos.
Y sin embargo, es un signo de
avance democrático el hecho de que la gente se pueda indignar, pueda salir a la
calle y manifieste, critique, demande y esté molesta.
Ese respeto por la calentera
colectiva sólo es posible en democracia. Pablo Iglesias, por ejemplo, es fruto
de la democracia representativa, aunque su proyecto sea acabarla.
Pocos se dicen que, con todos sus
defectos, la democracia es el régimen que menos desvaríos provoca. Su
superioridad consiste en que es el régimen que se puede criticar a sí mismo,
que puede corregir los errores, que puede rectificar, reconocer, juzgar. La
cosa está en cómo hacer para que el exceso de democracia la malcriadez, la
exigencia de lo extremono la aniquile. Estos excesos ocurren cuando la emoción
domina al espacio público.
El presidente Chávez fue un caso
ejemplar de sacar de si misma, literalmente, a la sociedad venezolana, a punta
de emotividad. Como dice Schnapper: los regímenes tiránicos están fundamentados
en el entusiasmo, todo son masas que le gritan vivas a un líder. Esta
emotividad fue el cemento del camino del quiebre de la democracia.
Los individuos perdieron su condición
de igualdad y se crearon diferencias hoy insoslayables. La democracia
venezolana está viviendo las consecuencias de los desmanes emotivos del
chavismo de la manera más brutal y siniestra. Se construyó una sociedad basada
en el principio de la desigualdad: los que no son chavistas no merecen ser
venezolanos.
Vía Tal Cual
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