Por Gloria M. Bastidas @gloriabastidas.-
Sigue la novela negra. El nuevo capítulo lo ha escrito el embajador de Colombia en Venezuela, Luis Eladio Pérez. El diplomático ha dicho —para enorme decepción del gobierno revolucionario— que el presunto autor material del asesinato del diputado Robert Serra (Leiva Padilla, apodado El Colombia) posee nacionalidad venezolana. Y, para completar, Pérez ha incurrido en la osadía de deslizar que no cree que en el crimen estén involucrados paramilitares colombianos. La cólera de Diosdado Cabello fue peor que la de Aquiles. Desde luego, la afirmación del diplomático (que como diplomático sabe muy bien lo que dice y cómo lo dice: allí no hay improvisación alguna) desmonta la hipótesis que esbozó aquel Maduro devenido en un clon pirata de Sherlock Holmes cuando dijo, por todo el cañón, que detrás del homicidio estaban las manos de Álvaro Uribe Vélez y de la extrema derecha. Las palabras del embajador son importantes en la medida en que refuerzan la tesis, cada vez más verosímil, de que el asesinato de Serra pareciera ser o una factura personal que le pasaron o un asunto interno del chavismo.
Eso es lo que no soporta Diosdado Cabello: que la hipótesis que el Gobierno ha elaborado se venga a pique por la intrepidez de Pérez. Y por eso, en su programa Con el mazo dando, se preguntó en tono irónico, refiriéndose al diplomático: “¿A quién defiende ese señor?”. Y aquí viene lo clave: el punto es que en Venezuela no hay gobernantes en el poder, sino detectives. Aquí no se gobierna, aquí se hacen pesquisas. Diosdado Cabello no es el presidente de la Asamblea Nacional (no es un hijo dilecto de Montesquieu y su separación de poderes) sino un Hércules Poirot, el detective creado por Agatha Christie. Uno hasta podría pensar que envidiaba a Rodríguez Torres cuando éste ejercía su rol de ministro del Interior. O que el diputado Cabello querría estar al frente del Sebin. Parece más un hombre de la policía secreta que un hombre encargado de llevar la batuta del parlamento.
Y es así porque ni Cabello, ni Maduro, ni la nomenklatura revolucionaria pueden permitirse que la verdad salga a flote, que el guión brote de manera original, tal cual lo dicta la realidad. La élite chavista necesita a toda costa construir su propio relato. La novela negra, en consecuencia, es un asunto de Estado para el chavismo. A Serra no lo mata alguien de su entorno: a Serra lo mata la rancia derecha. Punto.
Y así vale para todo. Ese espíritu policial que impregna a los chavistas, esa urgente necesidad de hacer de Hércules Poirot, se expresa hasta en los territorios más sagrados. Por ejemplo: el de la enfermedad de Hugo Chávez. Es inaceptable que un superhéroe como el comandante, un hombre que hizo que las masas se prosternaran ante él, fuese atacado, como son atacados millones de mortales, por el cáncer, la enfermedad más común del mundo. No, señor. Ese cáncer fue inoculado. Ese cáncer es una fabricación del imperio. Chávez no pudo morir de cáncer. No, Chávez fue víctima de una conspiración bacteriológica. De una guerra química. No, a Chávez no pudo darle cáncer espontáneamente porque los superhombres no se deprimen. Su sistema inmunológico es infalible. Alguien perpetró ese crimen. Sus linfocitos no podían traicionarlo. Alguien le inoculó la enfermedad. Lo mismo que ocurre con el rey Hamlet: su hermano le inyecta veneno por la oreja mientras el soberano duerme. Los superhéroes no mueren de cáncer sino de magnicidio.
El magnicidio es una coartada profundamente revolucionaria. Toda revolución que se precie de tal debe tenerla en su stock. El magnicidio es tan importante para el repertorio revolucionario que da pie para decir que el ídolo no murió por causas naturales sino que lo asesinaron. El magnicidio sirve para mantener vivo el arquetipo del superhéroe y la cercanía de éste con los dioses. Por supuesto: Bolívar tampoco murió de muerte natural. No fue la tuberculosis la que lo fulminó. No, Bolívar fue asesinado. El guión no es el que dicta la realidad. El guión es el que nosotros los revolucionarios —y según lo que nos convenga de cara a la Historia— escribimos para las futuras generaciones. Y para las presentes. La revolución tiene mucho de ficción. No sólo es capaz de fabricar una causa de muerte para su tótem: también para los adláteres. Así, Serra no fue víctima de su entorno. No, Serra fue despachado por la ultra derecha.
No es en los laboratorios de La Habana donde se cocina la trama de lo que ocurre en Venezuela: es en los laboratorios de la literatura. Diosdado Cabello es una copia degradada de Poirot. Maduro es una versión tapa amarilla de Sherlock Holmes. Nosotros no podemos delegar la función Poirot. Nosotros mismos somos Poirot. Nosotros no podemos delegar la función Sherlock Holmes. Nosotros mismos somos Sherlock Holmes. Ese es el himno de la nomenklatura chavista. Y por eso aparecen en sus cadenas o en sus programas de televisión dando sus versiones interesadas del crimen de Serra. Porque la historia real —la única, la inapelable: sin derecho a la duda— es la que ellos cuentan.
Esta vocación Poirot de los revolucionarios deja en un segundo plano las políticas públicas. No importa si hay pan o medicinas. Para los revolucionarios es mucho más trascendental seguir los hilos de un crimen (real o inventado o maquillado) que atajar la inflación que se devora los salarios. La manipulación de la variable Sherlock Holmes es una tarea mucho más elevada que llenar los anaqueles de comida. En eso, en acomodar los crímenes, en tejer su propia versión de la historia, en decir que el cáncer es algo sobrenatural y contrarrevolucionario, en hacerse los locos con la cadena de muertos que ha habido en las filas de los colectivos chavistas este año, en echarle tierrita al asesinato del ex fiscal Danilo Anderson, en maquillar el móvil del homicidio de Serra, se les va la vida a los hijos de Chávez.
Ya la consigna no es la de Luis XIV: el Estado soy yo; ahora la consigna pasa a ser: la policía soy yo. Pero siempre hay alguien que le agua la fiesta al poder. Siempre hay otro que conoce elementos del crimen. Y se rompe el monopolio de la información que la élite gobernante cree tener. La verdad brota por una rendija. Ya se sabe, al menos, que El Colombia es venezolano. Y eso dice mucho. Eso hace añicos la versión de que unos paracos aterrizaron en la Pastora para liquidar a Serra. De allí la cólera de Diosdado Cabello. El diputado no tiene la cabeza fría de Auguste Dupin, el detective creado por Edgar Allan Poe. La bilis lo delata. La realidad es más poderosa que la ficción.
Sigue la novela negra. El nuevo capítulo lo ha escrito el embajador de Colombia en Venezuela, Luis Eladio Pérez. El diplomático ha dicho —para enorme decepción del gobierno revolucionario— que el presunto autor material del asesinato del diputado Robert Serra (Leiva Padilla, apodado El Colombia) posee nacionalidad venezolana. Y, para completar, Pérez ha incurrido en la osadía de deslizar que no cree que en el crimen estén involucrados paramilitares colombianos. La cólera de Diosdado Cabello fue peor que la de Aquiles. Desde luego, la afirmación del diplomático (que como diplomático sabe muy bien lo que dice y cómo lo dice: allí no hay improvisación alguna) desmonta la hipótesis que esbozó aquel Maduro devenido en un clon pirata de Sherlock Holmes cuando dijo, por todo el cañón, que detrás del homicidio estaban las manos de Álvaro Uribe Vélez y de la extrema derecha. Las palabras del embajador son importantes en la medida en que refuerzan la tesis, cada vez más verosímil, de que el asesinato de Serra pareciera ser o una factura personal que le pasaron o un asunto interno del chavismo.
Eso es lo que no soporta Diosdado Cabello: que la hipótesis que el Gobierno ha elaborado se venga a pique por la intrepidez de Pérez. Y por eso, en su programa Con el mazo dando, se preguntó en tono irónico, refiriéndose al diplomático: “¿A quién defiende ese señor?”. Y aquí viene lo clave: el punto es que en Venezuela no hay gobernantes en el poder, sino detectives. Aquí no se gobierna, aquí se hacen pesquisas. Diosdado Cabello no es el presidente de la Asamblea Nacional (no es un hijo dilecto de Montesquieu y su separación de poderes) sino un Hércules Poirot, el detective creado por Agatha Christie. Uno hasta podría pensar que envidiaba a Rodríguez Torres cuando éste ejercía su rol de ministro del Interior. O que el diputado Cabello querría estar al frente del Sebin. Parece más un hombre de la policía secreta que un hombre encargado de llevar la batuta del parlamento.
Y es así porque ni Cabello, ni Maduro, ni la nomenklatura revolucionaria pueden permitirse que la verdad salga a flote, que el guión brote de manera original, tal cual lo dicta la realidad. La élite chavista necesita a toda costa construir su propio relato. La novela negra, en consecuencia, es un asunto de Estado para el chavismo. A Serra no lo mata alguien de su entorno: a Serra lo mata la rancia derecha. Punto.
Y así vale para todo. Ese espíritu policial que impregna a los chavistas, esa urgente necesidad de hacer de Hércules Poirot, se expresa hasta en los territorios más sagrados. Por ejemplo: el de la enfermedad de Hugo Chávez. Es inaceptable que un superhéroe como el comandante, un hombre que hizo que las masas se prosternaran ante él, fuese atacado, como son atacados millones de mortales, por el cáncer, la enfermedad más común del mundo. No, señor. Ese cáncer fue inoculado. Ese cáncer es una fabricación del imperio. Chávez no pudo morir de cáncer. No, Chávez fue víctima de una conspiración bacteriológica. De una guerra química. No, a Chávez no pudo darle cáncer espontáneamente porque los superhombres no se deprimen. Su sistema inmunológico es infalible. Alguien perpetró ese crimen. Sus linfocitos no podían traicionarlo. Alguien le inoculó la enfermedad. Lo mismo que ocurre con el rey Hamlet: su hermano le inyecta veneno por la oreja mientras el soberano duerme. Los superhéroes no mueren de cáncer sino de magnicidio.
El magnicidio es una coartada profundamente revolucionaria. Toda revolución que se precie de tal debe tenerla en su stock. El magnicidio es tan importante para el repertorio revolucionario que da pie para decir que el ídolo no murió por causas naturales sino que lo asesinaron. El magnicidio sirve para mantener vivo el arquetipo del superhéroe y la cercanía de éste con los dioses. Por supuesto: Bolívar tampoco murió de muerte natural. No fue la tuberculosis la que lo fulminó. No, Bolívar fue asesinado. El guión no es el que dicta la realidad. El guión es el que nosotros los revolucionarios —y según lo que nos convenga de cara a la Historia— escribimos para las futuras generaciones. Y para las presentes. La revolución tiene mucho de ficción. No sólo es capaz de fabricar una causa de muerte para su tótem: también para los adláteres. Así, Serra no fue víctima de su entorno. No, Serra fue despachado por la ultra derecha.
No es en los laboratorios de La Habana donde se cocina la trama de lo que ocurre en Venezuela: es en los laboratorios de la literatura. Diosdado Cabello es una copia degradada de Poirot. Maduro es una versión tapa amarilla de Sherlock Holmes. Nosotros no podemos delegar la función Poirot. Nosotros mismos somos Poirot. Nosotros no podemos delegar la función Sherlock Holmes. Nosotros mismos somos Sherlock Holmes. Ese es el himno de la nomenklatura chavista. Y por eso aparecen en sus cadenas o en sus programas de televisión dando sus versiones interesadas del crimen de Serra. Porque la historia real —la única, la inapelable: sin derecho a la duda— es la que ellos cuentan.
Esta vocación Poirot de los revolucionarios deja en un segundo plano las políticas públicas. No importa si hay pan o medicinas. Para los revolucionarios es mucho más trascendental seguir los hilos de un crimen (real o inventado o maquillado) que atajar la inflación que se devora los salarios. La manipulación de la variable Sherlock Holmes es una tarea mucho más elevada que llenar los anaqueles de comida. En eso, en acomodar los crímenes, en tejer su propia versión de la historia, en decir que el cáncer es algo sobrenatural y contrarrevolucionario, en hacerse los locos con la cadena de muertos que ha habido en las filas de los colectivos chavistas este año, en echarle tierrita al asesinato del ex fiscal Danilo Anderson, en maquillar el móvil del homicidio de Serra, se les va la vida a los hijos de Chávez.
Ya la consigna no es la de Luis XIV: el Estado soy yo; ahora la consigna pasa a ser: la policía soy yo. Pero siempre hay alguien que le agua la fiesta al poder. Siempre hay otro que conoce elementos del crimen. Y se rompe el monopolio de la información que la élite gobernante cree tener. La verdad brota por una rendija. Ya se sabe, al menos, que El Colombia es venezolano. Y eso dice mucho. Eso hace añicos la versión de que unos paracos aterrizaron en la Pastora para liquidar a Serra. De allí la cólera de Diosdado Cabello. El diputado no tiene la cabeza fría de Auguste Dupin, el detective creado por Edgar Allan Poe. La bilis lo delata. La realidad es más poderosa que la ficción.
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