En: http://www.lapatilla.com/site/2014/11/07/laureano-marquez-los-guardianes-de-la-esperanza/
Laureano Márquez
En el aeropuerto, en uno de esos días en los que el abuso te rebasa,
en los que te apetece abandonar tus convicciones y lanzarte al
estercolero nacional de la viveza, al estilo de las colitas de PDVSA tan
cuestionadas en otros tiempos; cuando los que saben moverse como pez
carroñero en el agua turbia se te colean sin pudor alguno y toman el
vuelo en el que tú tendrías que estar, las colas se convierten en
terapia colectiva donde se organiza la resistencia de la honestidad,
cada vez más acorralada en la tierra de Bolívar. Hablamos de todo: de
los negocios milmillonarios que se hacen con la reventa de cemento, a
pesar de que el Banco Mundial dice que este no es un país para hacer
negocios; hablamos de los raspacupos, no ya individuales, sino de las
grandes corporaciones de raspacupos (mayoristas del raspado, pues);
hablamos de que en Venezuela cada descalabro, cada metida de pata
oficial genera un negocio floreciente que se nutre de la incompetencia;
de que es muy complicado adecentar el país, porque ya es demasiada la
gente que vive de la indecencia y que perdería su chamba de dinero fácil
y no trabajado a la que se ha venido acostumbrando durante todo este
tiempo; nos reconfortamos en hacer lo correcto, pero con la inevitable
sensación de sentirnos profundamente pendejos, al ver al vivo exitoso y
triunfante y en algunos casos, incluso, haciendo mofa de tu compromiso
con lo que es justo y bueno.
Hablamos de la gente que se va. Me encuentro en inmigración (¡nunca
tan bien dicho!) a un querido amigo, una eminencia médica venezolana que
se irá el año próximo. Lo llaman de Estados Unidos, quieren su talento
allá, le facilitan la vida para que se vaya, le garantizan hasta la
universidad de sus hijos. Este gobierno que tanto critica al imperio le
ha entregado en bandeja de plata la flor y nata de nuestra formación
profesional. La UCV llena de médicos al mundo desarrollado y, la USB, de
ingenieros petroleros a Noruega, Canadá y Escocia. La UC le da un
rector al MIT. Nuestro país está exportando su inteligencia.
Ya son dos horas de cola; estoy desde las dos de la mañana para el
vuelo de las seis. Se me ocurre que podríamos fundar la Universidad de
la Cola. Aprovechar las colas cotidianas para formar gente. Todos
estamos en alguna cola en este momento. Sería una extraordinaria
oportunidad de llevar cultura a la gente. Teoría política en la cola del
supermercado; introducción a la economía en Farmatodo; principios
básicos de derecho en el aeropuerto. El dilema de la perfectibilidad de
la democracia solo tiene una salida: compartir cultura, elevar la
inteligencia de nuestros hermanos, salvarlos del que los quiere
embrutecidos para dominarlos.
Un compañero de infortunio me pregunta: ¿y usted tiene alguna
esperanza? Sí, le respondo: el otro día fui a San Cristóbal y el señor
que me hizo el servicio de transporte me contó que le regaló un carro a
su hijo, estudiante universitario y le dijo: “Hijo, si yo me llego a
entrar de que usted está vendiendo su cupo de gasolina yo le quito el
carro ¿oyó? Porque si usted quiere ganar dinero, hágalo decentemente,
trabajando, pero nunca de manera deshonesta”.
Ese hombre modesto, solitario y anónimo se rebela contra la
mediocridad imperante. Cuando todos a su alrededor se corrompen, él le
dice a su hijo, como el evangelio de Mateo: Etiam si omnes, ego non:
aunque todos lo hagan yo no y tú tampoco, hijo mío. Son este hombre y
muchos como él los que, quizá sin saberlo, le dan forma a la Venezuela
que va a venir (porque va a venir). Son los guardianes de la esperanza.
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