En: http://www.lapatilla.com/site/2014/12/10/trino-marquez-el-odio-se-viste-de-rojo/
En la época navideña no se estila tocar esta clase de temas, pero no
queda más remedio. Para entender el comportamiento del gobierno rojo hay
que volver sobre el Príncipe de Maquiavelo o leer las reflexiones de
Baltasar Grasián o de Shakespeare, pensadores que desentrañaron la
estructura del Poder hasta radiografiar sus raíces más escondidas. En
Las 48 leyes del poder, Robert Greene señala abundantes ejemplos de cómo
actúan los políticos exitosos y qué hacen para conservar el mando una
vez obtenido. Aunque es un libro que coquetea con el cinismo y la
inmoralidad, sería injusto decir que exalta la deshonestidad o los actos
bastardos. Queda claro que la política se mueve en un terreno sinuoso
donde los principios morales no pueden ser tan rígidos como el acero. La
Política y la Moral, aunque no están reñidas, se mueven en rieles
diferentes.
Lo que estamos viendo en Venezuela no puede entenderse a partir de
las categorías de quienes convirtieron la Política en una ciencia o, más
exactamente, en una ciencia combinada con el Arte: su objetivo consiste
en sumar fuerzas, derrotar enemigos, neutralizar competidores en un
ambiente civilizado e incluso respetuoso. Para comprender a los rojos
venezolanos hay que andar por otros caminos. Hay que leer mucho a Freud,
a Erich Fromm y Raymond Aron, quienes trataron de comprender las
personalidades autoritarias a partir de sus relaciones enfermizas con el
Poder.
La dosis de maldad, resentimiento y odio que destila la nomenclatura
roja contra la oposición venezolana y los sectores que no comparten su
proyecto hegemónico demencial, no está contemplada en ningún texto serio
de teoría política, sino en el Catecismo del revolucionario, panfleto
escrito por Sergei Nechaev (1847-1882), que tuvo amplia difusión entre
los anarquistas y nihilistas rusos de la segunda mitad del siglo XIX, y
que fue adoptado por Lenin y Stalin. Más tarde, Ernesto Guevara elaboró
su propia doctrina fundada en la crueldad. Refiriéndose a la Revolución
Cubana, Guevara decía “¡esta es una revolución! Y un revolucionario
debe convertirse en una fría máquina de matar motivado por odio puro.”
Así era su visión de la lucha política: antediluviana.
Los rojos vernáculos no han llegado a los extremos demenciales de los
comunistas cubanos, chinos o camboyanos. No creo que sea porque sean
mejores que los extremistas caribeños o asiáticos, sino porque las
condiciones internacionales cambiaron después del fin de la Guerra Fría.
Dentro de los límites en los que están obligados a actuar, se comportan
como unos déspotas carentes de todo límite moral. No hay maniobra
artera a la que no recurran con el propósito de aniquilar política,
personal y moralmente a sus oponentes.
La hegemonía comunicacional que han impuesto solo les ha servido
para intentar destruir a los adversarios mediante calumnias e injurias. A
Leopoldo López, Enzo Scarano, Daniel Ceballos y Richard Mardo, les han
construido expedientes falsos. Se han valido de jueces corruptos o
sumisos para mantener presos a dirigentes que disfrutan de un inmenso
apoyo popular. Scarano y Ceballos fueron electos alcaldes por amplias
mayorías. Contra María Corina Machado no se han ahorrado insultos y
acusaciones que caen en el campo de la ridiculez. Si hay algún personaje
público sometido a constante escrutinio de los medios de comunicación,
esa es María Corina. Su trayectoria puede seguirse con la precisión de
un radar. Los rojos le atribuyen conspiraciones, conjuras y sabotajes
fantasiosos que buscan desacreditarla. Mucho de misoginia destila ese
comportamiento de unos personajes que hablan de “ciudadanos y
ciudadanas” para maquillar su machismo.
Diosdado Cabello acusó a Leopoldo de “lavado de dinero” en Con el
mazo dando. Fue una imputación no solo calumniosa, sino cobarde. López
no tiene derecho a réplica, ni puede hacerlo. Este es el estilo de los
comunistas: son pandilleros que se coaligan para abusar del poder contra
gente indefensa. Esas prácticas se vieron en la Unión Soviética, en los
países satélites de Rusia, en China. Son comunes en Cuba, desde luego.
Los comunistas fomentan el odio porque de otra manera no pueden
perpetuarse en el poder. Su ineptitud y corrupción se caracterizan por
ser proverbiales. Ganan la primera elección, las que los catapulta al
poder. Luego lo conservan reprimiendo y destruyendo la democracia y la
diversidad.
@trinomarquezc
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