Unos 80.000 funcionarios han sido
castigados en menos de dos años
Automóviles
llenos de lingotes de oro. Millones en efectivo dentro del cajón. Escrituras de
propiedades inmobiliarias por docenas. Son algunos de los excesos de los
funcionarios investigados dentro de la campaña contra la corrupción del
Gobierno chino. El presidente del país, Xi Jinping, aseguró al llegar al poder en
2012 que el problema estaba tan extendido que ponía en peligro la mera
supervivencia del sistema. Su campaña, que dura ya dos años y en la que se han
visto castigadas decenas de miles de personas, se está demostrando como la más
larga y dura de la historia reciente. Y como un instrumento muy efectivo para
que Xi acapare poder.
Tan solo
en la última semana, tras el anuncio el pasado día 5 de la detención del exresponsable de los servicios chinos de seguridad Zhou
Yongkang —otrora uno de los nueve hombres más poderosos del país y por ende
considerado intocable—, se ha dado a conocer la condena a cadena perpetua del
exresponsable del sector de la energía, Liu Tienan, y la condena a muerte, la
primera por cargos de corrupción en tres años, del ex director general de la
empresa estatal Baiyun, Zhang Xinhua.
Las
cifras de la Comisión Central para la Investigación y la Disciplina (CCID), el
órgano del Partido Comunista encargado de la supervisión interna, hablan de
80.000 funcionarios castigados en la campaña contra la corrupción de “moscas” y
“tigres” (personas de todos los niveles) desde enero de 2013 y hasta el 31 de
octubre de este año. Además, hay decenas de miles de investigados.
En parte,
se trata de una maniobra auténtica para mejorar la gobernabilidad y la
legitimidad del régimen, donde la corrupción ha socavado la confianza de los
ciudadanos. La campaña —y Xi como su promotor— es inmensamente popular entre
los ciudadanos.
Mediante la limpieza en el Ejército, Xi facilita el camino para
crear unas fuerzas armadas modernas y profesionales. Los relevos al frente de
las empresas estatales permiten poner en marcha una serie de reformas en el
sector muy necesarias para reactivar una economía que empieza a dar señales de
desgaste.
"Xi
está utilizando la lucha contra la corrupción como una poderosa arma política
para castigar a sus enemigos"
El analista Willy Lam
“La lucha
contra la corrupción está creando un entorno sano para la reforma y la
apertura. La lucha contra la corrupción y la acometida de reformas son dos
pilares que se apoyan mutuamente. La profundización en las reformas también
facilita la lucha contra la corrupción”, señala el profesor Li Chengyan, del
Centro de Estudios sobre Gobierno Limpio de la Universidad de Pekín.
Pero la
iniciativa también ha servido para consolidar la autoridad del presidente
chino, que ya acapara más poder que ningún otro líder del país desde la época
de Deng Xiaoping (en los años ochenta del pasado siglo). Al limpiar sectores
como los servicios secretos, el estamento militar —donde no quisieron meterse
sus predecesores Hu Jintao o Jiang Zemin— y las empresas estatales, y colocar a
sus aliados, se asegura la lealtad de sectores clave para el control del país.
Y se quita de encima a enemigos y posibles rivales.
Según
apunta el analista político de la Universidad China de Hong Kong Willy Lam, Xi
Jinping en parte “está utilizando la lucha contra la corrupción como una
poderosa arma política para castigar a sus enemigos”. Dados los ingentes
niveles de corrupción en el país, “la pregunta es ¿cuál es el criterio?, ¿a por
qué funcionario ir primero? La respuesta es ir en primer lugar a por los
enemigos políticos... Desde los años de Mao Zedong las acusaciones de
corrupción se han empleado como un arma contra los enemigos políticos”,
prosigue.
Bo Xilai,
condenado a cadena perpetua por corrupción el año pasado y que hasta su caída
en desgracia en 2012 estuvo considerado un potencial rival de Xi, puede dar fe
de esta táctica.
Han sido
significativas las primeras reacciones oficiales tras la detención de Zhou. El
Ejército, que ha visto detenido a su antiguo número dos, el general Xu Caihou,
ha expresado su apoyo a Xi en un seminario al que fueron convocados los
principales mandos el pasado lunes. El Comité Central del Partido Comunista en
Sichuan, una de las bases de poder de Zhou, emitió un comunicado para
comprometerse a “salvaguardar conscientemente la unidad del partido”.
Una gran
incógnita es hasta qué punto podrá el presidente chino mitigar la corrupción de
modo que deje de amenazar la legitimidad del partido. Pese a la campaña, China
ha caído en el último año 20 puestos en la clasificación que elabora anualmente
Transparencia Internacional, y se encuentra ahora en el número 100 de un total
de 175.
También
está por ver si Xi quiere llegar hasta el fondo, dado lo extenso del problema
en el régimen. El jueves se anunció que la Comisión Central para la
Investigación y la Disciplina examinaría, por primera vez, los departamentos
centrales del Gobierno y del Partido Comunista; incluido el Comité Central.
Pero la CCID, después de todo, no deja de ser un mecanismo interno por el que
el partido se vigila a sí mismo. Y activistas como Xu Zhiyong, del Movimiento
Nuevo Ciudadano, han sido condenados en 2014 a años de cárcel por solicitar más
transparencia y la divulgación de los bienes propiedad de los líderes. “El
Gobierno no tiene voluntad de acometer ninguna reforma política y de permitir
que los medios o el Legislativo desarrollen un papel significativo en la
supervisión de la burocracia. No creo que una campaña sin estos elementos pueda
sostenerse”, afirma el profesor Joseph Cheng, de la City University de Hong
Kong.
Con un plan de cinco años contra
la corrupción lanzado a finales del año pasado, la campaña contra esta lacra
aún tiene por delante un largo camino. Caerán aún más “moscas” y algunos
“tigres”. Pero que nadie pida las cuentas de los líderes.
Vía El País.
España
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